La casa del desierto Capítulo 2. Anne #2
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Capítulo 2. Anne #2

Anne se despidió y subió a la segunda planta en el ascensor minúsculo.

Le sorprendió encontrar una habitación bastante más moderna de lo que prometía el edificio por fuera.

La golpeó enseguida el aroma de un ambientador de gama alta, algo dulce, que se le quedó en la nariz.

Cabecero de diseño, luz cálida, cuadros con fotografías brutales del desierto.

Los artículos de cortesía estaban muy bien elegidos, etiquetas de diseño.

Y el jabón —algo importantísimo para ella, lo primero que revisaba siempre nada más entrar a una habitación de hotel, además del ambientador— era francamente idóneo.

Después de sorprenderse a sí misma inspeccionándolo todo con ojo crítico y de darle un aprobado bastante alto, se puso cómoda.

Uf, qué sábanas tan suaves. Justo lo que necesitaba.

Y el colchón tenía el mullido en su punto.

¿La almohada? Un poco más densa y alta de lo que ella acostumbraba, pero se las apañaría.

Lo primero, estiramientos después del viaje.

Lo segundo, las listas: pasó a papel lo que llevaba apuntado en la cabeza.

No comió: todo el orden que desplegaba en el trabajo se le convertía en caos en la vida personal.

Picó de las bolsas de patatas y las chocolatinas mientras abría el portátil y repasaba, uno a uno, todos los emails —joder, esos emails, le costaba hasta leerlos sin empezar a sudar—, todos los documentos, cada página de la presentación y de las hojas de cálculo que había construido para lo que esperaba que fuera el antes y el después de su carrera.

Visitó y revisitó el plan exacto de días y actividades, escrito en dos páginas.

Tenía pocos días y necesitaba exprimirlos.

No descartaba pedir una prórroga si la cosa lo requería.

O… lo que surgiera —una posibilidad remota que no terminaba de desechar del todo, por inadecuada que fuese—.

De momento solo habían contratado un proyecto de consultoría, pero confiaba en que fuera una especie de preventa, la puerta para hacerse con la gestión completa de la cuenta.

Era lo «semihablado». Y, sin duda, su objetivo.

Cuando empezó a caer el día, encendió la luz y siguió un rato más. Bonita iluminación. Suficiente sin abrasarte los ojos. Íntima. Perfecta para un hotel que quiere vender calidez.

No podía evitar fijarse en estas cosas. Detalles que delatan la mano de gente que se toma en serio su trabajo. Justo lo que ella más respeta en el mundo.

Una hora después desistió. Se lo sabía todo de memoria.

Basta, Anne.

Decidió dar una vuelta por el pueblo antes de que se fuera la luz, para evitar, entre otras cosas, que los nervios terminaran por comerla viva.

Pero cuando bajó a la calle la luz ya se había ido del todo, y el pueblo estaba iluminado por unas farolas tenues que, al trasluz, dibujaban el polvo en suspensión.

Parecía niebla, pero era la calima, que a esa altura de la región empezaba a espesarse.

Paseó sin rumbo exacto mientras hablaba con Marcos por WhatsApp.

«¿Ya has llegado?»

«Sííí.»

«Anda que avisas.»

«Estoy trabajando, no estoy pendiente del móvil.»

«Que te den. Pásalo bien, zorra. ¿Tendrás cobertura en el desierto?»

«Claro. O eso creo. Estaré al borde del desierto, no dentro.»

«Por si acaso. Si no, te sales a la civilización a llamar y a decirme que sigues viva. Porque teléfono fijo en ese sitio ni lo hablamos, ¿no? Tengo otra cita hoy, por cierto.»

«¿No tuviste una antes de ayer?», preguntó Anne.

«También. Nada. Otro que quería “algo informal”. Estoy hasta el gorro de lo informal, te lo juro.»

«Pues… ¿suerte?»

«Gracias. La necesito.»

«Cuéntame luego. Estaré pendiente, que no tengo nada que hacer.»

«Tú sal y disfruta un poco», insistió Marcos.

«¿Sola?»

«Sí, joder. Sola. Qué más da.»

«Voy a ver qué tal el “ambiente” por aquí.»

«Jajaja. Perdón que me ría.»

Anne paseó por la calle principal, ancha, llena de tiendas: algunas antiguas, muchas nuevas.

La zona se estaba regenerando a toda velocidad.

Le sorprendió ver sucursales de marcas conocidas, y lo apuntó mentalmente como señal positiva para su «negocio».

En la plaza del ayuntamiento, bares llenos de vida pese al lunes, gente mayor en los bancos.

Personas migrantes: oferta de empleo creciente, buenos precios todavía para instalarse.

¿Debería plantearse comprar alguna propiedad en la zona?

Si se deshacía de su piso en la ciudad cuando se mudara.

Pero su piso en la ciudad también valía su peso en oro.

Se olvidó del paseo. No hacía más que registrar y analizar, que se le daba mucho mejor que sentarse en un banco a mirar el horizonte.

Farmacias abiertas a las nueve, tiendas de ropa, cafés de especialidad cerrados a esas horas pero existentes, perros, niños.

Todo vivo a pesar de ser febrero y de que el frío, a esas horas, ya no se discutía.

Tomó algo rápido —más que comer, masticó— en una terraza con calefactor de exterior.

Un bocadillo de… algo. Apenas lo saboreó: estaba demasiado tensa.

Quedaban unas horas. Ojalá consiguiera dormir.

Cuando estaba así solo comía para alimentarse; si pudiera, no metería nada en el estómago.

La digestión nunca la había ayudado a conseguir nada, aunque era favorable a las comidas de trabajo.

Al volver al hotel descubrió que el bar de abajo se había disfrazado de discoteca. La música estaba demasiado alta y unas luces estroboscópicas horribles se escapaban girando por la puerta de cristal abierta de par en par. Qué horror. Ojalá la dejen dormir. Maldita sea, ¡que es lunes!

La recepción estaba a oscuras, pero justo cuando enfilaba hacia el ascensor apareció de la nada la recepcionista de esa mañana.

—Perdona, es el cumpleaños de un amigo del pueblo y lo celebra en el bar. No molestaremos mucho. A las doce cortamos.

—No hay problema —respondió, rápida, cortante. No pudo evitar que se le escapara una mueca.

La mujer se le acercó. Anne olió su perfume. Por un momento creyó que iba a cogerla del brazo.

—¿Por qué no entras a tomar algo?

Anne entornó los ojos, fijándose un poco más en ella, dejando ahora sí que aquel perfume le calara.

—No, no. No quiero… ¿molestar? No conozco a nadie.

Obvio que no conocía a nadie. En realidad no quería ir en absoluto y no sabía cómo decirlo. Nunca había sabido rechazar nada sin sentir que estaba ofendiendo a alguien.

Aunque también era verdad que…

—Que no molestas, mujer. El bar está abierto a todo el mundo. Y me conoces a mí. Ahora te presento a gente y, si te apetece, charlas. Y si no, te tomas tu copa y te vas.

—Ya, pero… —rápido, una excusa, ¡una excusa, ya!

Pero no le dio tiempo.

—Que no. Venga. Una y te marchas.

Y la chica insistió tanto, y le pareció tan mona, que Anne desistió de seguir rechazando y se plantó en aquel maldito bar en penumbra, con sus filas de botellas fingiendo que pertenecían a una coctelería de lujo.

No sabía cuánta gente había. Era pequeño. Había gente. No tanta. Le dijeron nombres. La gente sonreía. No se quedó con ninguno.

Se acercó a la barra. Un chico le puso una copa delante antes de que le diera tiempo a pedir.

—Cortesía de la casa.

La probó. No era su estilo, pero valía. Lo que fuera, y se iba. Una y se va. Una y me voy . Al menos, estaba refrescante.

¿Qué hago aquí? En un bar miserable —o sea, en un bar de hotel nada miserable, en realidad— a las… ¿nueve? de la noche. Entre desconocidos. Marcos fliparía. Y luego le daría una palmadita en el hombro. Venga, tía. Gózatelo.

No puedo beber mucho —se justificó ante la voz imaginaria de Marcos—. Que mañana conduzco.