La casa del desierto Capítulo 2. Anne
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Capítulo 2. Anne

El GPS marcaba veinte malditos minutos hasta el pueblo. Todavía. Anne apretó el volante y miró el paisaje: rojo, ocre, infinito, nada. Ni un brote verde. Solo tierra y roca y cielo.

Llevaba tres horas conduciendo. Le dolía la espalda. Y necesitaba un café de verdad, no el termo frío que había dejado en el asiento del copiloto.

El coche hizo ese ruido otra vez. Un clic metálico que no debería estar ahí. Mierda. Tendría que haberlo llevado al taller antes de salir. Pero tenía prisa, claro. Siempre tenía prisa. Y cuando no tenía prisa tenía nervios, que para ella, y para el caso, era lo mismo.

Añadió a la lista: llevar el coche al taller. Cuanto antes.

Diez minutos más tarde, la carretera hizo una curva suave y a lo lejos apareció Carrizo: casas blancas pegadas a la ladera, una iglesia, tejados de terracota. Más grande de lo que recordaba. Más bonito, también.

Paró un momento en la gasolinera que había antes de la entrada, lo justo para dejar el depósito a mitad.

Tenía la estúpida manía de repostar hasta arriba antes de empezar el viaje «largo», o sea, mañana, cuando saliera hacia el desierto, y no hoy.

Hoy, lo justo para asegurarse de que no se quedaría tirada con el coche.

La mujer que parecía regentar el sitio le echó una mirada de curiosidad teñida de bordería.

Le pasaba a menudo en lugares como ese. Y eso que ella también se crió en un sitio parecido a este: el mismo polvo, el mismo calor seco.

Lo que pasaba era que llevaba veinte años sin volver más allá de lo justo y ya no lo parecía.

Si hubiera tenido más tiempo y algo más de calma, quizá se habría parado a charlar dos minutos con esa mujer y explicarle que las chicas de ciudad , como ella, también sabían manejarse en entornos tan… ásperos. Pero no tenía ni lo uno ni lo otro.

Qué más daba. Que pensaran lo que quisieran. Estaba harta de tener que pensar y medir y volver a pensar y volver a medir las reacciones de los demás, y actuar en consecuencia. Milena agotó todas sus reservas en ese sentido y, desde entonces, se había propuesto ir por libre.

Aprovechó para abrir el capó, a ver si descubría qué provocaba ese ruido insistente. Por supuesto, no encontró nada. El interior del coche era un maldito puzzle sin sentido.

—En la vía de servicio que hay detrás tienes varios talleres. Pueden echarle un ojo —le sugirió la dependienta, con un tono cercano a la burla. ¿Es que aquello le estaba resultando divertido? Anne puso los ojos en blanco y cerró el capó.

Que sí, que sí. Que no valgo para esto. Joderrrr.

Se le salían las erres por la garganta y casi se las escupió a la cara a esa mujer de campo.

Añadió a la lista: repostar mañana. Nota: en otra gasolinera.

Por un momento se sintió tentada de coger un café de la máquina. Al final pasó. Mejor un poco de combustible en forma de fritos y chocolate, su dieta de lujo para el estrés. A tomar por culo.

Salió de allí con la irritación al máximo.

Todo la ponía nerviosa: el viaje, el coche, el ruido del coche.

Volver a su tierra siempre tenía un efecto desestabilizador.

Y a eso había que sumarle que: uno, estaba a punto de jugársela con un proyecto que podía darle, esta vez sí, un salto profesional brillante; dos, estaba a punto de conocer en persona a la propietaria de ese proyecto; y tres, que esa misma persona, sin hacer nada del otro mundo, le generaba una cosa rara en el pecho que prefería no mirar muy de frente ahora mismo.

Anne cerró los ojos y se apretó los párpados un momento. Todo mal. Fatal. Para sus nervios.

Su madre siempre se lo decía. Que era como un animalillo inquieto, que no paraba nunca, de aquí para allá, siempre con algo entre manos, siempre nerviosa, siempre en desplazamiento.

«¿Es que no te puedes estar quieta ni un momento?

», le preguntaba mientras intentaba cepillarle el pelo para hacerle la coleta.

«¡Que me haces daño!», chillaba ella como respuesta habitual.

No, mamá. No puedo estarme quieta ni un momento. Casi treinta años después y sigo igual.

«De verdad, hija, me pones los nervios a flor de piel», le soltaba su madre desde el sofá mientras miraba la tele.

No, mamá. Eres tú la que me los pones a mí.

Así era ella. Anne Morales, licenciada en Administración de Empresas con especialización en Explotación Hostelera, capaz de llevar la gestión de más de veinte establecimientos a la vez sin morirse en el intento.

Capaz de calcular los metros cuadrados de toalla que necesita un hotel con una fórmula propia que se inventó ella.

Fanática de organizarlo absolutamente todo en listas.

Porque lo que está en una lista se puede cumplir. ¿Lo demás? Puro aire.

Dejó atrás la vía de servicio y se adentró en el pueblo reduciendo la velocidad, cosa que añadió otro clic amenazante a la lista de clics del coche.

Le vino un recuerdo vago: ella muy pequeña, paseando por allí con sus padres. Hacía años que no volvía. Le apetecía echar un vistazo, ver qué tenía que ofrecer el sitio.

Encontró el hotel que había reservado en la calle principal.

Tres plantas, fachada blanca, flores en las ventanas.

Sonrió. Le recordaba al turismo de antes, al de verdad: un hotelito con encanto regentado por una familia de la zona.

Nada que ver con las cadenas y los apartamentos fingiendo un alma que no tenían a base de mobiliario comprado al mismo proveedor que todos los demás.

Justamente el tipo de sitios que gestionaba.

Aparcó en un hueco que encontró de milagro a pocos metros de la entrada y bajó a hacer el check-in.

Llegaba con tiempo: era al día siguiente cuando tenía que estar en El Vado, no ese mismo día.

Quería repasar las notas —¡las listas!—, preparar la semana y, sobre todo, la conversación .

O las conversaciones, múltiples, que esperaba tener.

Las que llevaba días ensayando para que todo terminara exactamente como ella quería.

Se jugaba mucho con aquello. Muchísimo. Era el momento de hacer algo grande, de dar un paso más. Si salía bien, podría multiplicar los números y las oportunidades. Pasar de ser la «independiente microscópica» a alguien capaz de manejar grandes cuentas con solvencia y autonomía.

Y, de paso, mudarse por fin a la región. Volver a casa.

Lo pensó así, a casa , y notó que la palabra le tiraba de algún sitio.

No era por el trabajo. Es que estaba cansada de vivir en la gran ciudad, cada vez más incómoda, cada vez más pesada, cada vez más intensa.

Veinte años allí y todavía se sentía como una invitada que no terminara de quitarse el abrigo.

Quería un lugar donde el polvo le sonara. Quería…

Vale. Para . Añadió a la lista: dejar de ponerte intensa y revisar la presentación. Y se agarró a eso, que era lo que sabía hacer cuando algo empezaba a apretar un poco: convertirlo en una tarea.

Tomó aire antes de entrar. El aire olía distinto allí: más seco, más terroso, más… amarillo. Si es que eso era posible. Tenía algo aquel polvo del desierto suspendido.

Mientras la chica del mostrador le hacía la ficha, Anne analizó la recepción: madera clara y azulejos antiguos con un toque.

Una combinación que jamás habría cabido en su cabeza pero que, por alguna lógica extraña, funcionaba.

Y lo hacía muy bien: le daba un toque muy especial al sitio, entre lo tradicional y lo moderno.

Antiguo pero acogedor. Sencillo y muy limpio.

Le encontró un par de puntos de mejora que, por supuesto, no pensaba decir. Por el momento.

—Bonita reforma —dijo, terminando de escanear la sala.

—Gracias. Una noche, ¿no?

—Sí.

La oyó teclear. Pelo rizado oscuro, unos pendientes de diseño en cerámica bonitos que parecían comprados a muchos kilómetros de allí, una camisa blanca con estilo que probablemente había comprado en algún sitio caro.

Bastante mona. Muy de la zona. No como ella, que definitivamente parecía adoptada si se comparaba con los rasgos más frecuentes de la zona.

—Toma, tu llave. Aquí la clave del wifi —le fue enumerando—.

Tienes agua de cortesía, café y té en la habitación.

Desayunos en esta temporada no servimos, pero tienes como veinte bares en la misma calle.

Lo que más hay en el pueblo: bares. Y una iglesia.

Te recomiendo la pastelería de Anya, en la acera de enfrente, a veinte metros.

Lo que sí abrimos es el bar de abajo esta noche.

—Gracias —respondió, francamente desinteresada—. He dejado el coche ahí, ¿se puede?

La recepcionista se asomó a la puerta a mirar. Y Anne no pudo evitar fijarse en su cuerpo esbelto, en lo bien que le quedaban los pantalones.

¿En serio, tía? Hacía tiempo que no se fijaba en estas… ¿cosas? Perdón: detalles . Hacía tiempo que no estaba tan… así . Dios, no. O sea. Vale. Lo que sea.

Todo esto era culpa de esa mujer. La propietaria, como la llamaba en su cabeza —evitaba pensar su nombre para no hacerla más real—.

La persona que, de forma imprevista y bastante abstracta, había empezado a ocupar sus fantasías.

Una mujer que, por cierto, no había hecho nada del otro mundo.

Solo hablar con ella. Ser simpática, amable, atenta. Lo mínimo. Lo básico.

Pero, después de Milena, cualquier comportamiento correcto y atento le parecía algo anormal. Y le resultaba realmente agradable.

—Sí, déjalo ahí. En febrero no es problema. Aunque, si lo prefieres, tenemos parking privado a la vuelta. Vamos, no es más que un solar de tierra. De todas formas, no le va a pasar nada al coche ahí fuera —razonó la mujer.