Capítulo 1. Sara #2
La casi pelirroja la siguió dentro para cobrar.
Añadió un par de bolsas de patatas pequeñas y unas chocolatinas que eligió rápidamente de los expositores del mostrador.
Sara levantó las cejas antes de poder evitarlo.
Ajá. Encima eso. Menuda dieta. Ya querría ella poder triturar así esas patatas fritas con los dientes sin sentir después oleadas de culpabilidad.
—Veintiocho con treinta —anunció.
En ese momento, la chica se quitó las gafas y dejó ver unos ojos claros francamente impresionantes. Sara no consiguió procesar el color exactamente. Solo notó que tenía que apartar la vista y no lo hacía.
—Con tarjeta, por favor.
Joder. Con gafas era guapa, pero sin ellas… Su belleza se le agarró a la garganta y le estranguló un poco. Justo lo que necesitaba para terminar de destrozar sus nervios. Buscó el datáfono sin saber muy bien cuándo había dejado de mirarla a la cara.
¿Pero qué cojones me pasa?
Era fácil. Vino para poco tiempo, se quedó varada, y en cinco años no había visto unos ojos tan claros por allí. Eso era. Una losa que pesaba día tras día y que, de vez en cuando, alguien pasaba y te la recordaba.
—Gracias.
Y pecas, también. No muchas. Dispersas, coloreando suavemente las mejillas blanquecinas.
La mujer volvió a ponerse las gafas. Sara abrió la boca, dispuesta a soltar un triste «adiós» o «hasta nunca».
O a lanzar algo ingenioso, o una excusa rápida para estirar la conversación y ver si…
en fin… por si acaso, ya sabes, ¿no? O, ya puestos, a regalarle un puto pato.
Pero cuando ya había conseguido coger aire y despegar los labios para formar una palabra, la mujer ya había salido por la puerta.
Sin más.
La vio alejarse con pasos cortos, seguros, precisos. Hasta estéticos, a juego con el conjunto. Luego se miró las manos —uñas cortas, sin pintar— y el mono azul de trabajar.
Mundos diferentes.
Se metió en el coche y arrancó con prisa y nervio, aunque a Sara le dio tiempo a distinguir, por el rabillo del ojo, lo que parecía una bandera arcoíris pegada en la luna trasera.
Y no consiguió contener una sonrisa triste y desvaída mientras se le subían a la cabeza unos cuantos recuerdos, ya demasiado lejanos.
De cuando ella también pegaba banderas. De cuando el mundo parecía eterno y nada le daba tanto miedo.
Se quedó mirando el polvo que había dejado el coche hasta que se asentó. Luego tardó más de lo normal en volver a los papeles.
Intentó aparcar en su cabeza el proyecto, y la imagen mental que se había hecho de J.
y que esos últimos días la asediaba continuamente.
¿Qué aspecto tendría? ¿Sería así, como ella la imaginaba?
No había logrado encontrar ni una imagen suya en todo Internet; solo usaba logotipos de empresa.
En su imaginación se pintaba una mujer madura, fuerte, quizá con pelo oscuro, largo y rizado, buenas manos, ropa arreglada pero funcional.
No tan despampanante como esa turista, pero muy atractiva.
Qué ganas de conocerla. Qué ganas de enseñarle la casa, cada rincón del desierto, y ver su reacción pintada en la cara.
A la menor ocasión le diría que había sido un placer conversar con ella esas semanas, que sentía que compartían una sensibilidad parecida en muchas cosas, que tenía clarísimo que podría ayudarla a hacer funcionar el proyecto.
El problema era que, ahora, la imagen de la turista se interponía en su proyección mental de J.
Intentó sacar el recuerdo de esos ojos claros —verdes, eran verdes— con pecas cercanas, y la amarga sensación que le había instalado su paso por allí en la base de la garganta, pero no conseguía sacársela del todo.
Se sentía tan frágil últimamente que cualquier cosa mínima hacía que su mundo interior se doblase sobre sus propios cimientos.
Sara oyó entrar otro coche, pero esta vez no se levantó del asiento: dejó que el señor de pelo canoso que lo conducía repostara solo.
Pues no. No era capaz de quitarse del todo a la turista de la cabeza.
De esas chicas había cientos en la ciudad.
Conoció a unas cuantas del estilo. Con alguna incluso tuvo algo.
Pero allí, en el pueblo, lo único interesante que pasaba eran las plantas rodantes del desierto cruzando las calles y colándose de vez en cuando en un bar.
Como mucho, Diane —que ni siquiera vivía allí—, con la que mantenía «eso» a lo que ninguna de las dos ponía nombre a propósito porque realmente no lo tenía, ni tenían intención de que lo tuviera: verse y acostarse cada dos, tres o cuatro semanas, según.
Dos tías aburridas en mitad de la nada: ni frío ni calor, ni riesgo ni pérdida.
Aquella mujer de ojos claros le había recordado lo difícil que era ser lesbiana en un pueblo en mitad del desierto. Volvió a sentir ese picor que ya reconocía en el fondo de la tripa: las ganas de irse de allí.
—Setenta con treinta y cinco. —Depósito lleno, tabaco, dos cajas de chicles.
Hacía dos años que había muerto su abuela, y cada día le picaban un poco más las ganas de volver a la ciudad.
Al principio las rascaba con gracia, convencida de que aquello no estaba tan mal, y con eso bastaba.
Ahora se rascaba hasta doler, y sabía que, si no lo arreglaba pronto, acabaría haciéndose sangre.
—Veintidós con noventa y nueve. —Seis latas de cerveza, galletas saladas, un libro de bolsillo.
Al menos tenía un plan, que era más de lo que tenía un año atrás. Miró los papeles desplegados delante de ella: su propuesta para convertir la casa de su abuela en un hotel boutique. La clave de todo estaba ahí. Tenía que estar ahí.
—Treinta con sesenta. —Garrafa de aceite, artículos de limpieza para el coche.
Ya había trabajado bastante el proyecto.
Por más que mirara los planos, nada iba a cambiar.
Solo le quedaba lo difícil: hacerlo realidad.
Y, con eso, dejar de ahogarse. No permitir que aquel sitio la fuera haciendo más y más pequeña, recordándole un día tras otro todos los sueños que no llegó a cumplir.
Porque esa era la pregunta que de verdad le quitaba el sueño, la que no se atrevía a formular ni delante de los patos: si aquel desierto era una etapa o era una condena.
Y, peor todavía, si el plan —la casa, el hotel, todo aquel papeleo precioso— era de verdad su salida o solo una forma elegante de seguir atada al mismo sitio.
El móvil vibró. Un mensaje de su prima Lauren.
«¿Sigues viva o te has fundido con el paisaje?»
Sara sonrió.
«Viva. ¿Cervezas hoy?»
«Siempre. Te veo en el hotel. Hay no sé qué movida. Un cumpleaños, creo.»
Su prima siempre la arrastraba a cualquier plan disponible.
A Lauren, propietaria de uno de los hoteles familiares del pueblo, aquella vida le cabía perfectamente; no entendía las ganas de Sara de salir corriendo, y se lo decía sin maldad.
Le encantaba escaparse de vez en cuando a la ciudad, y de hecho la visitaba mucho cuando Sara vivía allí; pero tenía claro que su sitio en el mundo era aquella tierra seca.
«¿Estamos invitadas?», preguntó Sara.
«El hotel es mío. Estamos invitadas.»
Dejó el móvil y volvió al boceto. Los balcones de la planta superior. Las habitaciones. El comedor con amplios ventanales al desierto. Llevaba meses dibujando versiones de aquello. Versiones que funcionaban, versiones imposibles, versiones que le gustaban y versiones que odiaba.
Su abuela estaría orgullosa.
O decepcionada, según se mirara. De que siguiera allí, en aquella gasolinera, a los cuarenta y cinco años, con un título de Arquitectura y un máster en Diseño de Interiores guardados en un cajón y las manos oliendo a grasa, a diésel y al metal de las monedas en lugar de a la madera de sus lápices favoritos.
Las dos cosas podían ser ciertas.
Estaba recogiendo las hojas para meterlas en la carpeta cuando llegó Miriam a darle el relevo.
—¿Qué tal? Oye, tengo que pedirte un favor —dijo, apurada.
—Hola. Dime.
—¿Mañana empiezas las vacaciones?
—Sí, ¿por?
—¿Podrías cubrirme las dos o tres primeras horas? Tengo que llevar a la niña al médico, se me había olvidado por completo.
Sara evitó que se le escapara una exhalación más larga de lo normal.
Le subieron otra vez los nervios de golpe, todos juntos; los mismos que llevaba días sin poder controlar y que ya le sonaban como una guitarra desafinada.
Pensó en los días que tenía por delante.
En el plan. En el proyecto. En que no quería llegar tarde ni por un minuto.
Pensó en J., sobre todo.
Evaluó sus opciones, buscó maneras de decir que no y no encontró ninguna, como siempre.
—Claro. Pero que sean solo dos horas —imploró—. Tengo que salir temprano.
—Intento llegar lo antes posible.
Otra vez la primera en arremangarse, la última en irse. Cómo no.
Cogió el móvil para avisar a J. de que al día siguiente saldría un poco más tarde de lo previsto. Ella respondió enseguida:
«Sin problema, hago tiempo. ¡Pensaba que estarías ya en la casa!»
Sara sonrió. Pues no: gestiones de última hora.
«¿Cuándo llegas tú?», preguntó.
«Mañana me tienes en Los Médanos.»
J. había nacido en una ciudad un poco más al norte de Mesa, en Cobre, y le pillaba de paso. Podía entrar desde allí fácilmente. Le dijo que se cogería un par de días libres antes, y se descubrió preguntándose dónde estaría exactamente su casa familiar.
Terminó de recoger sus cosas —su carpeta—, le cedió el sitio a Miriam y se metió en el coche con la intención de conducir hasta casa, pegarse una ducha eterna y refugiarse en el salón con las persianas bajadas, contando las horas que le quedaban para marcharse.
Los nervios no daban tregua. Los notaba acomodarse en algún punto entre las costillas, cada vez más anchos, ocupando más sitio. Y es que el día siguiente tenía que ser el día.
El día en que por fin pondría en marcha su plan.