La casa del desierto
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Capítulo 1. Sara
Ya era finales de febrero otra vez en aquella tierra desolada y febril. Un día llegabas allí, pensando que te quedabas tres meses y, de pronto, habían pasado cinco años.
Sara reprimió un bostezo y mató el rato —no: lo invirtió , se obligó a corregirse— colocando el expositor de los chicles, girando las botellas hasta dejar todas las etiquetas al frente y revolviendo el cajón de los peluches en oferta para colgar del retrovisor.
Su favorito era el pato. Por ninguna razón en particular.
Desde que trabajaba en la gasolinera se había hecho una experta en matar las horas.
Sostenía uno de aquellos patos blandurrios entre los dedos, mirándolo a los ojos de plástico, cuando entró una furgoneta de reparto.
Cómo no: Cali. Se recogió el pelo castaño oscuro veteado de canas en una coleta alta que le tiraba un poco de la cabeza y salió.
—Qué pasa, Cali.
Cali, medio dormido, le pidió el depósito lleno y un café rápido de máquina.
Era amigo de su primo Bruno; y, de no serlo, lo conocería igual, porque allí todos sabían quién era cada cual.
Agradeció que se tomara el café acodado en el mostrador y le diera algo de conversación.
Le contó que ese día llevaba un paquete así de grande, se quejó mientras trataba de simularlo en el aire.
Y otro que pesaba lo menos diez kilos; a ver cómo lo sacaba de la furgoneta y lo arrastraba hasta la casa.
Tan solo rezaba por no tener que subirlo escaleras arriba.
—No te quejes tanto, hombre. Así te ahorras el gimnasio.
—Eso. Y me lo gasto en los fisios del pueblo.
Cuando Cali se fue, se llevó con él el único ruido que había roto la monotonía del lunes por la mañana, que era sin duda el peor día de la semana.
El más silencioso, el más abandonado de todos.
El resto de días el pueblo solía animarse poco a poco hasta que los fines de semana se cargaba de turistas, sobre todo en temporada alta.
Pero ahora era temporada baja para todo. Para el turismo, para los turnos compartidos, para los planes en el pueblo.
Para ella también.
Un día se iba a llevar uno de esos patos. Aunque detestaba los peluches: el pelo falso siempre le había dado grima.
Volvió a hojear los papeles que tenía discretamente desplegados detrás del mostrador. Pasaba las hojas deprisa, sin decidirse por dónde seguir, porque había pensado tanto lo que tenía delante que ya no le quedaba un rincón del hotel por replantear ni pulir.
Así era ella. Sara Mason, arquitecta con dieciocho años de experiencia, experta en delinear sobre papel vegetal y enamorada de las maderas cálidas para los acabados. «Casi» encargada de la gasolinera del pueblo. Y, sin discusión posible, la mejor vendedora de patos de peluche del mundo.
Empezaba a concentrarse cuando oyó entrar otro coche, con un poco de fuerza de más, casi derrapando, dejando una estela de polvo flotando en el aire. Sara frunció el ceño; madre mía, ¿quién entraba así en una gasolinera?
Soltó el boceto sobre el mostrador —la fachada del hotel vista desde el sur, con las montañas al fondo— y salió.
Otra vez el calor seco y terroso, esculpiéndole las arrugas en la cara. Febrero en el desierto era así: las mañanas cálidas, las tardes decentes, las noches heladas. Te acostabas con dos mantas y calcetines y, aun así, te despertabas muerta de frío a las cuatro de la mañana.
El coche seguía parado. Sara se cruzó de brazos y esperó hasta que, por fin, se oyó el clac seco de la puerta y alguien puso los pies en el suelo de la gasolinera.
Sara se descruzó en el acto al ver a la mujer que acababa de bajar. Vaya. Eso no lo vio venir.
Era el tipo de mujer que vestía ese tipo de look imposible: chándal gris, deportivas blancas y, por encima, un abrigo de paño camel de buena factura que no tenía ningún sentido.
Una combinación improbable en aquella zona.
Turista, obviamente. Una chica de ciudad.
¿Allí? ¿Un lunes de febrero? Treinta y muchos años, le calculó a ojo.
Gafas de sol grandes. Media melena lacia recogida en una coleta minúscula.
Pelo claro, cobrizo con un matiz pelirrojo.
Boca apretada en un gesto de preocupación o de fastidio, vete a saber.
Y rabiosamente bien proporcionada.
Sara puso los ojos en blanco y se preguntó qué se le habría perdido por ahí. Y entonces notó algo que no esperaba notar ese día. Un pellizco, en el pecho. Como cuando pisas un escalón que no sabías que estaba.
Porque sí, ella también vivió en la ciudad.
Salía con chicas como esa, las mismas que ahora la miraban como si fuera transparente —normal: estaba allí, en mitad de la nada—.
Y no era que la otra vida se le hubiera escapado por descuido.
La dejó ir ella, con la mano abierta, el día que tocó elegir entre lo que quería y lo que estaba bien, y eligió quedarse a cuidar.
Eso era lo que aquella mujer venía a restregarle en la cara sin saberlo, plantada junto al surtidor con su abrigo de otra galaxia: todo lo que Sara dejó atrás.
O, más bien, todo lo que cedió el día que hizo las maletas después de dejar el mejor trabajo de su vida y se vino aquí.
—Hola. ¿Cuánto? —preguntó Sara a aquella cara seria y marmórea, señalando el surtidor.
La mujer destapó el depósito y formó en su boca una sonrisa fría, amable y profesional, que desentonaba con todo el olor a combustible que las rodeaba. Ella entera desentonaba.
—Gracias. Veinte, por favor —respondió, sin dedicarle ni una mísera mirada.
Sara cogió la manguera.
—¿Vas a moverte por la zona? —preguntó, con tono seco y la cara girada hacia un punto cualquiera del horizonte, por encima del techo del coche.
Le habían entrado unas ganas absurdas de hablar con ella. De que la mirara, más bien. De demostrarle que puede que ella fuera la reina en su ciudad, pero que también las que vivían en los pueblos sabían un par de cosas.
Brillante, Sara. Llevas meses —¿año?— sin querer impresionar a nadie, y vas a estrenarte con la primera turista que pasa; una que ni se digna a mirarte.
—Sí, ¿por qué? —replicó la mujer, hurgando en aquel bolso de cuero beige, sin hacer el más mínimo esfuerzo por levantar la vista.
—No hay muchas gasolineras por aquí. Te recomiendo que lo llenes.
En ese momento se le cayó un bolígrafo al suelo.
La mujer suspiró, entre angustiada y agotada, se agachó a recogerlo antes de que Sara pudiera reaccionar y lo guardó en el bolso como si fuera el bien más preciado del mundo.
A Sara le entraron unas ganas terribles de abrazarla por culpa de ese gesto tan… mínimo.
Genial, Sara. Estás fatal.
—Veinte está bien —sentenció la mujer.
Sara se encogió de hombros mientras la mujer volvía al coche y tiraba de la palanca que abría el capó. Notó la vibración del líquido recorriendo la manguera y, mientras tanto, observó el reflejo del coche en la superficie de aquellas gafas de sol.
Definitivamente, tenía que calmarse. Estaba más alterada de lo normal, a la defensiva por…
absolutamente nada. El proyecto de la casa la tenía en un estado de excitación excepcional, con el cuerpo tenso y el sueño malo.
Y, para rematar, la perspectiva de ir a conocer, por fin, a J.
, le subió la tensión otro tanto más a pesar de todos los esfuerzos que hacía por no darle importancia.
Pero la tenía. Vaya que sí.
Su estómago se dio la vuelta un momento al pensar en ella, como llevaba haciendo varias veces desde hacía unos días.
Para tranquilizarse, apoyó el brazo en el coche como si fuera suyo y se recostó sobre él con cierta chulería que, por supuesto, nadie más que ella estaba observando.
En serio. Ese era el nivel. Podía ver perfectamente a su crisis vital saludándola con la mano desde la ventanilla de un coche que pasaba a toda velocidad por la carretera justo en ese momento.
La humillación que casi por acto reflejo sentía en ese momento se le subió al cuello y le ardió un poco.
Y sí, también estaba apretando los dientes, otro gesto que últimamente repetía más de la cuenta.
¿Por qué estaba tan molesta? Si esa turista no había hecho nada.
Más allá de estar ahí, recordándole, sin mover un dedo, una versión de sí misma que ya no existía.
Cuando terminó, sacó la manguera y cerró la tapa del depósito, de la que colgaban las llaves del coche. Se acercó y le puso las llaves delante de la cara —la mujer seguía concentrada en algo de las tripas del coche que no se veía a primera vista—; la turista se las cogió sin mirar.
—¿Le pasa algo al coche?
—Sí, no sé… Hace algo raro. Un sonido. Quiero ver si es el nivel del aceite, pero… —Señaló el interior con un gesto vago—. No sé por qué los fabricantes lo ponen todo en sitios imposibles.
Sara se habría apostado el sueldo del mes a que la mujer no tenía ni idea de lo que estaba mirando. Se le escapó una risita por la nariz, demasiado rápida para retenerla, y le señaló dónde estaba la varilla del aceite.
Y se habría apostado el sueldo del mes siguiente a que no tenía el valor de mancharse aquellas manos ni aquel abriguito pijo.
Sintió la tentación de ayudarla, claro que la sintió; era lo que habría hecho cualquier otro día, porque ayudar era lo único que de verdad se le daba bien y porque esa mujer tenía toda la pinta de necesitar que alguien le sostuviera el mundo cinco minutos.
Pero ese día no. Ese día estaba muy harta de ser la primera en arremangarse por los demás.
Que se manchara ella las manos, para variar.
—En la vía de servicio que hay detrás tienes varios talleres. Pueden echarle un ojo —dijo, y dio su propia apuesta por ganada cuando la mujer soltó un suspiro desesperado y cerró el capó sin tocar nada.
—Sí, mejor. Ya me ocuparé, ahora tengo que llegar al pueblo.