La casa del árbol Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Siempre concentrada en el cerrojo, Erika entreabrió las pesadas compuertas de su boca sin tener la menor idea de lo que iba a salir de ahí:

—Nos abandonaste… para que muriésemos.

Su mandíbula volvió a cerrarse bruscamente, y Erika estuvo segura de que ya no se volvería a abrir más.

Un elocuente silencio se interpuso entre los dos como un telón de acero. Al cabo de un tiempo indefinido, Alonso comenzó a balbucear penosamente:

—Pero… ¿qué estás diciendo? ¿Recuerdas que… tenía concierto ? ¿Acaso te has olvidado de que tenía concierto? ¿Por qué dices eso?

Y añadió, con asombrosa, admirable condescendencia:

—Eri…, ¿te encuentras bien?

Erika volvió a sonreír del mismo modo pétreo , y, para su sorpresa, la plataforma articulada de su boca volvió a abrirse toscamente.

Su tono era inexpresivo, inerte:

—Porque te dejaste las flores.

Nuevo silencio elocuente; nueva cavilación.

Entre tanto, Walden se consumía.

Entonces Alonso comenzó a hablar, y lo hizo en un tono de profunda sinceridad, de inequívoca franqueza, lleno de integridad y de sencilla humildad.

Era el sonido de la verdad, era su sonido pianístico, y Erika conocía bien cómo de convincente podía llegar a ser ese sonido.

Su resonancia se introducía en el albedrío de quien lo escuchaba modificándolo a su antojo, como el canto de las sirenas sobre el temperamento de los marinos.

Pero ella se sentía invulnerable a esa voz…

Ella se sentía… hermética .

Y contemplaba caer las palabras de su marido como la lluvia cae sobre la superficie del océano.

—Erika, si lo que dices es cierto, yo no tengo ni idea de lo que estás hablando.

No tengo constancia de ello, no recuerdo nada.

Lo que sí sé es que el final de temporada ha sido una locura.

Quizá tenga algo que ver, no lo sé, o hasta puede que ese sea el único motivo, y yo ni siquiera sea consciente de él.

Pero es que no te haces a la idea de la presión que he tenido que soportar…

«Si quieres saber lo que es presión, deberías probar a descolgarte desde un tejado a nueve metros del suelo, agarrado a una hamaca peruana».

Pero su conciencia regresaba enseguida a su cantinela , por pura inercia.

«… nos dejó para que muriésemos…, nos dejó para que muriésemos…».

Alonso hizo una ligerísima pausa, llena de honestidad, de bonhomía. Y continuó:

—Lo que pasó con tu padre… quizá fue demasiado para todos. Ya sabes cómo es la sensibilidad de los artistas. Tal vez trastocó mi equilibrio más de lo que me había imaginado…

En realidad aquel sonido no era del todo desagradable…, solo que, en lugar de relajarla, la tensaba más. Y sus manos se cerraban cada vez con más fuerza sobre el mango del hacha.

—… una presión insoportable, inhumana. Para un artista todo eso es terrible, demoledor. Así es como me siento desde hace ya muchos días…

«Ahora que lo dices, yo también llevo unos días algo traspuesta».

«… nos dejó para que muriésemos…, nos dejó para que muriésemos…».

El tono de voz de su marido se hacía cada vez más suave, más tenue, y parecía zumbar como un enjambre de avispas bajo su meloso matiz de humanidad.

—Esa es la verdad, Eri…, yo no recuerdo nada. Si dices que las flores estaban ahí, pues será que estuve. Supongo que no hay otra explicación. Pero yo no recuerdo nada. Mi cabeza está en blanco. Pero necesito que me abras, cariño. Lo necesitamos los dos.

«En blanco…, hermética…, como una puerta corredera».

La sabandija seguía trasteando frente a ella, afanándose por abrir el cerrojo a través del hueco de la puerta, y ella supo que lo conseguiría.

La habilidad de esa mano era extraordinaria , prodigiosa.

Eran dos entes perfectamente diferenciados, su marido y sus manos, pero juntos formaban un buen equipo. Un equipazo .

Quizá fuese su tono de voz, solícito y lleno de compasión hacia sí mismo, dando a entender en todo momento que, aunque estuviese siendo tratado con sorprendente injusticia, estaba dispuesto a poner la otra mejilla; o la avidez de aquella mano trasteando sobre su cerrojo, aquella mano atrevida, impúdica , que ya casi había logrado separar el pivote del pestillo de su tirador, esa mano hábil y ladina, de uñas impecables, que había sido capaz de cerrar esa misma puerta hacía solo un par de días, dejando a su mujer y a su hijo pequeño agonizando sobre el suelo…

Quizá fuese todo eso al mismo tiempo o nada en absoluto, salvo el infalible instinto de una madre que percibía a su cría en peligro, junto con el infinito desprecio que sentía hacia el asesino que imploraba al otro lado de la puerta…

, lo que finalmente indujo a Erika a levantar el hacha por encima de su cabeza.

«… nos dejó para que muriésemos…, nos dejó para que muriésemos…».

—Por favor , cariño, apaguemos ese fuego lo primero y luego hablamos de todo esto. Está claro que no te encuentras bien…

Erika descargó el hacha sobre la mano de Alonso en el preciso momento en que esta conseguía separar la cadena de su tirador, y lo hizo con deliberada pulcritud, casi cuidadosamente, como cuando cortaba un ligamento en sus clases de prácticas de la universidad, pero aplicando al mismo tiempo toda la fuerza de su brazo.

El displicente sonido que siguió a su gesto le evocó con sorprendente precisión al pollero de su barrio, cuando le separaba las alitas.

Whousssh…

TAC .

El hacha se clavó con solidez sobre el marco de la puerta… justo después de amputar limpiamente media mano de Alonso, a la altura de los nudillos.

El interior de la mano de Alonso, de un blanco sorprendente, se tiñó de rojo de inmediato, como esos neones de Navidad que cambiaban de color en un segundo.

El tiempo pareció congelarse, y Erika creyó identificar muchas cosas al otro lado de la puerta en ese breve intervalo de tiempo: sorpre sa, incredulidad…

y, finalmente, comprensión, una comprensión abominable.

El grito que siguió a aquel silencio fue descomunal, inhumano, y a Erika le pareció que, con él, todos los cimientos de Walden se estremecían bajo sus pies.

—¡¡¡¡¡¡ NOOOOOOOOO !!!!!!

El extremo correspondiente a sus dedos quedó colgando de una sola tira blanquecina de músculo, a la altura del meñique, como una suerte de mano bífida, y se escurrió por el mismo lugar por el que había entrado seguida de sus dedos , como en esos vídeos retardados de los ochenta en los que la rapidez de los movimientos parecía crear un halo difuminado detrás, una estela.

«“Beat it”, nena. Michael Jackson. Pedazo de tema».

—¡¡¡¡¡¡ ME HAS CORTADO LA MANO !!!!!! ¡¡¡¡¡¡ ME HAS CORTADO LA MANO , HIJA DE PUTA !!!!!!

Erika nunca había oído gritar a su marido y aun menos insultarla, y el incontrolado terror que sintió en ese momento la dejó por unos instantes completamente inutilizada .

Sus brazos se desmayaron y sus piernas se aflojaron, y comenzó a encogerse sobre sí misma, como si se desmoronase .

Pero, antes de derretirse allí mismo, logró cargar con su hombro sobre la puerta de Walden y cerrarla.

Al otro lado, Alonso comenzó a aullar y a intercalar palabras incoherentes , lo que llevó el terror de Erika al borde del paroxismo. Aunque aún tuvo tiempo de preguntarse a sí misma : «¿Y ahora cómo vamos a salir de aquí?».

Erika comenzó a retroceder paso a paso de aquella voz, haciendo un infinito esfuerzo para no desparramarse allí mismo como un flan demasiado cocido.

Hasta que su espalda se topó con algo, algo duro y metálico: el extintor.

Una nueva idea relampagueó en su cabeza y se aferró a ella como buenamente pudo, mientras que Alonso, redoblando sus aullidos, comenzaba a cargar contra la puerta como un bisonte enloquecido.

Estaba tan fuera de sí que no se daba cuenta de que lo único que tenía que hacer era volver a girar la llave en su cerradura, pero Erika sabía que en cualquier momento lo haría.

Así que se apresuró a descolgar el extintor y , a trompicones, consiguió llevarlo con ella hasta la hendidura de la puerta corredera y salir al exterior.

Walden ya estaba decididamente en llamas, y ni un escuadrón de bomberos podría apagarlo.

Erika se aproximó a toda velocidad a su ángulo de la terraza, apoyó el extintor sobre el suelo y , tras retirar su argolla de seguridad, apuntó directamente a la base del fuego.

Una nube de polvo blanco la cegó durante unos instantes, pero soportó estoicamente el retroceso de la manguera apuntando arriba y abajo y a los dos lados del ángulo, hasta vaciar por completo el contenido del extintor .

Las llamas se apagaron, y, antes de que el humo invadiese de nuevo su campo de visión, Erika pudo ver que la pared de Walden estaba prácticamente derruida.

Alonso había dejado de gritar, y ese silencio la inquietaba mucho más que sus gritos. Dejó el extintor allí mismo y corrió a por su hijo sin perder un solo segundo.

Dani no se había movido del lugar en el que lo había dejado. Permanecía ausente y desorientado pero aparentemente estable. Le asustó que no mostrase reacción alguna al verla , pero ahora no podía ocuparse de eso.

—Tranquilo, mi niño . Nos vamos. Nos vamos a casa.

Lo tomó en brazos y se dirigió directamente al ángulo de la terraza.

Alonso había perdido el juicio.

En el transcurso de unos pocos minutos había visto desaparecer todo lo que tenía algún valor para él: Walden, su piano y su carrera entera. Contemplaba sus dedos, blancos como la cera, colgando grotescamente a un lado de su mano, su muñón chorreante…, y no daba crédito .

El dolor era insoportable.

Agarró con su otra mano el grotesco trozo de carne, aún parcialmente unido a su mano izquierda por una cuerda de tendones, y, sin pensar en lo que hacía, tiró de él con todas sus fuerzas.

Existe un límite, un umbral de coherencia respecto al dolor que una persona puede experimentar, y, en ese momento , Alonso sintió que sobrepasaba ampliamente ese umbral.

Su consciencia cedió , su lucidez se apagó y una impresión casi voluptuosa explotó en su interior, inundándolo por completo.

Después de eso, se sintió liberado.