Capítulo 32
El tono macabro con el que su cabeza había parafraseado a Goethe la hizo dudar sobre si, al fin y al cabo, no habría perdido ya el juicio.
Erika se incorporó, y, en efecto, su vista se encontró enseguida con el Touareg de Alonso, oscilando a un lado y a otro sobre el terreno desigual del bosque.
Llevaba cuatro días soñando con ese momento… En cambio ahora se sentía paralizada por el terror.
Alonso aparcó descuidadamente entre los madroños, descendió del coche y comenzó a caminar hacia Walden, distraído, como siempre, tanto que, por lo pronto, ni siquiera reparó en ella.
Erika, por su parte, se sentía sencillamente incapaz de moverse.
Nunca hubiese imaginado que una persona pudiese quedarse literalmente paralizada en la vida real, tal y como sucedía a veces en los sueños, pero era justo lo que le pasaba, como si se hubiesen interrumpido las conexiones entre su corteza cerebral y sus extremidades.
Aquel hombre era su marido.
Su marido.
Caminaba como su marido, mostraba la fisonomía de su marido y llevaba puesta la camisa de rayas que le compró ella misma en el Zara Man hacía solo un par de semanas. En cambio le parecía tener frente a ella a un perfecto desconocido, a un extraño.
Y su mera contemplación le helaba la sangre.
En ese preciso instante Alonso levantó la cabeza, y sus miradas se encontraron.
Si a Erika le quedaba algún atisbo de duda sobre la inocencia de Alonso, se disipó ante aquella mirada, una mirada llena de extraordinaria sorpresa, de infinita perplejidad.
Alonso, de hecho, se detuvo en seco, como si lo hubiese alcanzado un rayo, y permaneció mirándola atónito, igual que si contemplase un fantasma.
Y habitaba algo más en esa mirada…, algo ingenuo y desolador a un tiempo: era la expresión de un niño al que habían cogido haciendo algo que no debía.
Era verdad…, era todo verdad, era todo tal y como lo había imaginado. Alonso había estado allí, los había visto, y se ha bía marchado.
Y había aguardado pacientemente a que muriesen antes de regresar.
Ante aquella mirada Erika sintió nacer algo menos visceral que el odio pero más poderoso, y también más útil dadas sus actuales circunstancias: desprecio.
La mirada perpleja de Alonso se alzó un poco más, y, al contemplar la nube de humo negro que salía de Walden, su terror cambió de forma, lo que incrementó el desdén de Erika. Tenía frente a ella a un insecto moral. Y fue precisamente ese desprecio lo que le insufló las fuerzas que tanto necesitaba.
Aun así sentía sus miembros como envarados, entumecidos. El terror la hacía desenvolverse con torpeza, y no sabía por dónde empezar. Se encontraba acorralada entre dos fuegos e ignoraba cuál de los dos sería más factible esquivar, ni cómo hacerlo.
Lo único que tenía claro era que aquel hombre no podía volver a acercarse a su hijo.
Se dio media vuelta y regresó al interior de la terraza sin decir ni una sola palabra.
Alonso, por su parte, permanecía atónito, como si lo hubie sen clavado en mitad del bosque.
Esperaba encontrar un remanso de paz y dos tumbas, y se encontraba con Erika viva y Walden en llamas.
En esos días se había informado discretamente y había llegado a la conclusión de que, con aquel tiempo tan caluroso, no resistirían más de dos días.
Él les había dado cuatro en total, pero era bastante obvio que se había equivocado.
También estaba impresionado por lo que había encontrado en la mirada de Erika… Lo sabía. No entendía cómo, pero lo sabía. Sabía que él había estado allí. Y, al verla retirarse de nuevo al interior de Walden, sin decirle nada, constató algo aún más increíble: no necesitaba su ayuda.
Debía pensar con rapidez, pero le costaba un mundo hacerlo frente a la columna de humo negro que veía salir de Walden. Pensó en marcharse directamente por donde había venido, aunque enseguida reparó en lo absurdo de aquella idea.
Él no había hecho nada en realidad…, salvo retrasarse en su llegada .
«No seas idiota. Estaban dormidos cuando estuviste . No puede saber nada».
No tenía más que poner una excusa cualquiera. Un compromiso inesperado, una avería del coche…, un «intenté llamarte, pero me quedé sin batería». Lo que fuese , cualquier cosa. En cambio, si se marchaba ahora, no habría duda de su culpabilidad.
También pensó en llamar a los bomberos, pero lo descartó enseguida. Nunca llegarían a tiempo.
Además , arriba había un extintor…
«Claro, estúpido, por eso ha entrado Erika.
Ese incendio puede haberse formado ahora mismo, y no ha querido perder tiempo en ponerse a explicarte algo tan obvio.
No debes precipitarte, ni mucho menos delatarte tú mismo .
Es imposible que sepa nada. Igual sí que encontró el modo de salir de la terraza por sus propios medios después de todo… ».
«En tal caso, ¿por qué no te ha llamado en estos cuatro días?».
Sin tener ni idea de lo que se iba a encontrar, Alonso echó a correr hacia la escalera de Walden.
En el interior el calor ya era sofocante.
Las paredes cambiaban de color por momentos, y era evidente que en pocos minutos también comenzarían a arder.
Lo primero que hizo Erika fue dirigirse corriendo a la puerta de entrada y echar el pestillo, uno de esos cerrojos con cadena que Alonso insistió en poner más por simple capricho que por verdadera necesidad, pues en una puerta acorazada como aquella, le explicó, un cerrojo con cadena carecía de todo sentido.
«Le dará un toque tradicional —añadió—. Además, me recuerda a la casa de mi infancia».
Aun habiéndose activado físicamente, Erika seguía sintiéndose embotada.
Era como si todo aquel humo se hu biese introducido también en su cabeza, y un hormigueo de nervios la carcomía por dentro ante la inminencia de la llegada de Alonso.
Le costaba mucho pensar y le costaba moverse, como en una de esas pesadillas en las que la propia autonomía parece volverse un asunto complicado.
Su cabeza se dedicaba a repetir una y otra vez la misma cantinela, como si pudiese alejar a Alonso recitando aquel extraño con juro:
«… nos dejó para que muriésemos…, nos dejó para que muriésemos…».
Su subconsciente trataba de advertirle de que nada de todo aquello había sido casual, pero no hacía ninguna falta. Su parte más racional , aquella que mejor conocía a su marido y que mejor sabía las vueltas que daba Alonso a cualquier cosa antes de actuar, permanecía intacta.
Por supuesto que aquello no había sido casual…, sino calculado, premeditado.
No podía permitir que aquel hombre se acercase a su hijo.
Además, le infundía pavor .
Se dio media vuelta en busca de cualquier objeto que usar como arma, y su vista se topó enseguida con la pequeña hacha de mano que Alonso usaba para partir los troncos demasiado grandes y que descansaba justo encima del extintor , en su soporte.
Tomó el hacha sin dudar y se giró hacia la puerta de entrada en el preciso momento en que Alonso comenzaba a subir precipitadamente las escaleras de madera.
Erika cerró los ojos… y se esforzó por tratar de regularizar su respiración mientras sentía sus puños abriéndose y cerrándose una y otra vez sobre el hacha de mano , al compás de su machacón estribillo interior.
«… nos dejó para que muriésemos…, nos dejó para que muriésemos…».
Pero enseguida volvió a abrirlos y dirigió su mirada hacia la t erraza. Y, al contemplar a Dani a través del humo al otro lado del cristal, recogido sobre sí mismo, aturdido, desnutrido…, afianzó sus piernas frente a la puerta principal de Walden y le esperó .
Un instante después, la puerta retumbaba frenéticamente.
—¡Erika! ¡Ábreme! Tenéis que salir de ahí. ¡Se está quemando la casa! ¡ SE ESTÁ QUEMANDO WALDEN !
Erika volvió a entornar los ojos, despacio, muy despacio, sintiéndose cada vez más ausente, casi somnolienta, y su mirada se encontró ahora con el cerrojo con cadena de Walden.
Permaneció mirando el contorno de aquel cerrojo, abstraída y entregada, sintiéndose por momentos tan herméticamente cerrada como esa puerta, insensible, aislada…
, como si continuase recluida en aquella terraza, allí donde la habían recluido durante cuatro días para contemplar cómo su hijo moría .
Allí donde aquel hombre la había recluido.
Una pieza tenebrosa terminó de encajar en su cabeza, y, por un instante , Erika casi sintió compasión por Alonso.
Casi.
Al otro lado de la puerta el alboroto cambió de forma, convirtiéndose ahora en un sordo balbuceo y un tintineante y frenético registro agudo. Las llaves, por supuesto, seguido por el sonido precipitado del pequeño metal introducién dose a trompicones en su cerradura.
El robusto cerrojo de la puerta acorazada de Walden se deslizó con su solvencia habitual, la pesada eficiencia de las cosas buenas, esa que tan to satisfacía a su marido cuando, cada noche, lo echaba justo antes de irse a dormir para asegurarse de que su familia estaba a salvo…
El cerrojo se descorrió, y la puerta se abrió.
Pero, a los diez centímetros exactos, se detuvo de nuevo, frenada por la cadena del cerrojo.
Erika seguía sin ser capaz de apartar su vista de aquel cerrojo. Toda su voluntad, todo su albedrío, parecía concentrarse en desentrañar el misterioso enigma que representaban esas tres letras inscritas en su lacrado relieve dorado.
FAC .
Hasta que una mano alienígena comenzó a trastear sobre su superficie; una mano entrometida, escurridiza…, nerviosa como una sabandija. Aquella mano le transmitía algo casi impúdico, como de obscena intimidad , y, su simple visión, le resultaba sumamente desagradable.
Entonces el dueño de esa mano comenzó a espetarle con desconcertante proximidad , entre jadeos:
—Erika…, pero ¿qué estás haciendo…? Haz el favor de abrirme. El cerrojo está echado. Quítalo y ábreme. ¡Te digo que se está quemando Walden! ¡Se quema mi piano , joder!
Erika sonrió solo con los ojos, sin mover la boca.
«Su piano. Su hijo no, su piano».