La casa del árbol Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Desde el primer momento supo que lo conseguiría.

La puerta entera tembló como si hubiese caído una bomba, trasmitiéndole la vibración a través del tronco como cuando el malo golpeaba a Superman con una barra de hierro, y Erika sintió, con infinito júbilo, cómo la parte baja de la puerta se desplazaba hacia dentro, al menos cinco centímetros.

«¿Ya no te ríes, pedazo de puta? ¿Ya no te ríes?».

El cristal, en cambio, ni se inmutó. Erika, pletórica, volvió a alzar su ariete hacia atrás y se dispuso a arremeter de nuevo contra el cristal, pero al no apartarse del fuego lo que respi ró fue humo, el cual le provocó un ataque de tos que, en el último momento, debilitó su impulso.

Sin darse tiempo a pensar, apartó la cabeza del foco hacia atrás, tomó una bocanada casi limpia de aire y volvió a cargar contra la puerta con todas sus fuerzas, empujando al mismo tiempo con el peso de su cuerpo.

Esta vez la puerta cedió al menos cinco centímetros más, aunque, a cambio, se quemó las manos y buena parte de la cara.

Se sentía más próxima que nunca a desmayarse y se estaba literalmente asfixiando, así que, ahora sí, se alejó unos pasos hacia atrás, tambaleándose, hasta caer de culo sobre el suelo de la terraza.

Todo le daba vueltas, y el olor a pelo quemado le producía náuseas. No obstante, se sentía bastante bien, casi en paz co nsigo misma.

En cuanto se recompuso mínimamente se incorporó, tomó su ariete y, tras llenar sus pulmones con todo el aire limpio que pudo, se dirigió con determinación hacia la puerta corredera.

En esa carrera Erika comprometió su vida entera, todo cuanto le quedaba, concentrada en un lugar que ya ni siquier a podía ver.

Toda su energía, todo su ser se proyectaron contra la puerta corredera, con una fuerza que jamás hubiese sospechado tener.

«¡Ríete ahora, hija de put…!».

El impacto fue tremendo y certero, a unos cuarenta centímetros de altura junto al marco de la puerta corredera, y Erika sintió cómo su ariete penetraba al interior de la casa.

Y, junto con su ariete, ella misma se precipitó de cabeza al corazón de las tinieblas, aterrizando directamente sobre la mullida alfombra del salón de Walden.

Ahora sí se había quemado bastante, pero le dio del todo igual.

Se levantó de un salto y se precipitó hacia Dani como una criatura salvaje.

No sabiendo por dónde empezar, lo atrajo sencillamente hacia sí, sollozando, y trató de salir con él al exterior, por completo desorientada a causa del humo.

Se había debido quemar más de lo que imaginaba, pues, aunque tenía los ojos abiertos, no veía absolutamente nada.

Sostuvo a Dani con fuerza contra su cuerpo mientras trataba de avanzar a tientas hacia donde creía que podía estar la puerta corredera.

Pero no conseguía orientarse ni tampoco abrir los ojos.

Desesperada, se tiró al suelo con Dani en brazos y gateó penosamente en busca de cualquier objeto que le sirviese de referencia.

Hasta que lo encontró al palpar con su mano derecha la pata de madera de la mesa del comedor.

Abrazó aun con más fuerza a Dani y, tomando como referencia la pata de la mesa, sorteó las llamas y el humo casi por instinto, y logró salir al exterior de Walden por la misma hendidura por la que había entrado.

Se alejó cuanto pudo del foco de calor, tratando de respirar y de ver algo al mismo tiempo, hasta alcanzar el extremo más alejado posible de la puerta corredera.

En todo ese tiempo no había dejado de aletear en su pecho un leve hilo de esperanza. No sentía a Dani frío, ni tampoco rígido contra su pecho, tal y como cabía esperar, sino tibio y laxo. Claro que también podía deberse al efecto del calor y las llamas.

Erika dejó cuidadosamente a Dani sobre el suelo de la terraza y aplicó sobre su boca la parte que le pareció más sensible de su propio cuerpo: el pómulo derecho de su cara, que de hecho se encontraba en carne viva.

Respiraba.

Por el amor de Dios. Respiraba.

Y ya estaba con ella.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, y Erika se sintió invadida por una gratitud que nunca antes había experimentado. El agua de la fregona…, el agua de la fregona lo había salvado, estaba segura. Aquellos dos o tres tragos furtivos. En caso contrario no habría podido resistir.

Pero podía quedarle un soplo de vida. No había tiempo que perder.

Lo primero era hidratar a Dani. Acababa de sentir sus labios como papel de lija sobre su mejilla, y, ahora que volvía a recuperar la vista poco a poco, le sorprendió entrever lo acartonados que estaban, contraídos sobre sí mismos como los de un anciano.

Dejó a Dani allí mismo, tomó todo el aire limpio que pudo y se precipitó corriendo hacia la puerta corredera.

Nada más acceder a través de la hendidura se tiró al suelo y continuó desplazándose a cuatro patas, comprobando con satisfacción que, de esa forma, no solo podía respirar, sino también ver.

Y se dirigió directamente a la cocina. A pesar de lo aparatoso del humo, el fuego en realidad no había avanzado tanto, y el interior de Walden permanecía casi intacto.

Debía serenarse, y sobre todo no hacer ninguna estupidez más.

El hecho de que Dani siguiese vivo acababa de cambiar de golpe todas las reglas del juego.

Erika alcanzó la cocina y abrió precipitadamente la puerta de la nevera, siempre a ras de suelo, y recorrió con los ojos entornados lo poco que había.

Tomó una lata de Aquarius y un paquete de jamón de york y regresó a la carrera hacia la puerta corredera, esta vez sin gatear, sino corriendo agachada.

Pero a media carrera su vista se topó con las ansiadas llaves de Walden…

tiradas en el suelo junto a la chimenea.

Las tomó al vuelo y se las echó al bolsillo del pija ma.

Lo pensó un momento más y se acercó veloz al cajet ín de madera de la entrada, cogió de un manotazo el llavero de los vehículos de Walden —es decir, de la scooter y el Touareg de Alonso— y regresó hacia la puerta corredera.

La traspasó sin dificultad, dado que veía cada vez mejor, y corrió a reunirse con su hijo.

No había debido tardar más de tres o cuatro minutos en entrar y volver a salir, y ya tenía todo lo que necesitaba.

Dani seguía sin moverse, pero continuaba respirando.

Se arrodilló junto a él y, abriendo la lata de Aquarius, comenzó a humedecer con su dedo meñique las comisuras de sus labios, áridos como el desierto, mientras las llamas de Walden se redoblaban a sus espaldas.

Aunque sentía su propia boca tan contraída y acartonada como la del propio Dani, Erika insistió cuatro o cinco veces más, con infinita paciencia, aplicando cada vez más cantidad de Aquarius sobre los labios de su hijo, hasta que, por fin, y para su infinito regocijo, Dani comenzó a reaccionar y a succionar levemente la bebida por sí solo.

Entonces sí, decidió darle unos instantes para asimilarla, sabiendo lo dañino que podía resultar que ahora bebiese demasiado rápido, y, sin pensar en nada, apuntó directamente la lata hacia sí misma.

Erika nunca antes había experimentado una sensación física parecida, y ya nunca volvería a experimentarla.

Fue como si todos los poros de su interior se abriesen, como el terreno cuarteado al recibir las primeras gotas de lluvia.

La sedosa humedad se abrió paso entre las úlceras de sus labios, reptó sobre el áspero esparto de su lengua, como un ser vivo y escurridizo —penetrando, hidratando, empapando— y Erika succionó ávidamente de aquella lata convencida de no haber probado jamás un néctar semejante.

La dulzura se amplió al alcanzar su garganta abrasada, onduló sobre el cielo correoso de su paladar y se proyectó finalmente sobre sus papilas gustativas y, por lo tanto, sobre su ser entero.

Sus ojos se entrecerraron solos, su interior marchito se estremeció, y una impresión de infinita voluptuosidad se expandió por todo su cuerpo con el violento temblor de un orgasmo incomparable.

Era el sabor del amor, era el sabor de la vida…

, y Erika sintió cómo todas las células de su interior se regeneraban en ese preciso instante.

A su vez, Dani también comenzaba a reaccionar.

Los pequeños traguitos debían de estar provocando en él una impresión semejante, y ella tenía la suficiente experiencia médica como para saber que saldría de esta, por muy cerca que hubiese estado de no lograrlo.

Entonces se atrevió también a introducir en su boca un trocito minúsculo de jamón, y tomó otro poquito para sí misma, pero el placer que sintió ahora no fue ni parecido al que experimentó viendo comer a Dani.

Entretanto el fuego seguía avanzando y comenzaba a alcanzar ya los laterales de la cabaña.

Debían salir de allí cuanto antes, pero había tiempo de sobra.

No tenían más que atravesar el interior de Walden con cuidado de no quemarse, bajar por su escalera, que permanecería intacta, y tomar la scooter del trastero.

Todo iba a salir bien.

En ese momento Erika escuchó un sonido ajeno…, un sonido diferente a todos los que la habían acompañado durante esos cuatro días, y que tan bien conocía a esas alturas. Un so nido forastero.

Un murmullo sordo, ronroneante…

Un coche. Un coche aproximándose.

Su sonrisa se congeló en el acto, y una voz siniestra le preguntó al oído, como un soplo funesto:

«¿Quién cabalga a estas horas entre el viento y el bosque?».

Erika no necesitaba mirar para saberlo.

Alonso.