La casa del árbol Capítulo 31
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Capítulo 31

El sol comenzaba a filtrarse suavemente entre las copas de los árboles; el arrullo del río volvía a hacerse perceptible, como si el misterioso influjo de la noche también lo adormecie se a él de algún modo y volviese a revivir con la mañana; el canto de los pájaros comenzaba a hacer crepitar el bosque una vez más con su chisporroteo, su sinfonía de vitalidad.

Amanecía un nuevo día, el cuarto para ser exactos.

Y seguía viva.

Tenía que haberse ido. Además, lo deseaba. Pero una idea la había hecho regresar, como esos sueños en los que resultaba imposible permanecer al comprender algo esencial.

Una idea es una cerilla encendida sobre la conciencia; cuan do no la ilumina, la abrasa. Y su contenido permanecía grabado a fuego en su conciencia.

«Quémala».

Erika contempló Walden como si lo viera por primera vez.

Nunca hasta ese momento se había fijado en lo mucho que se asemejaba a un rostro humano.

El modo en que el cristal de la puerta corredera penetraba en sus jambas, como los dientes en sus encías; la simetría entre la chimenea y el árbol, como los ojos saltones de un ser amorfo…

Escrutó con infinito desprecio aquel aborrecido semblante de madera y decidió que no se iría de allí sin desfigurarlo un poco.

«Quémala».

«Hazla arder hasta los cimientos».

Se dirigió al armario de la terraza, allí donde guardaban los utensilios de la chimenea, y encontró enseguida la que buscaba.

La parte baja del armario estaba repleta de troncos de encina perfectamente apilados hasta la altura de su cintura, la mejor madera, según Alonso, como combustible para la chime nea.

La primera balda rebosaba de troncos menudos y astillas para arrancar el fuego, además de algunos conos, todavía muy verdes.

La segunda llegaba hasta la altura de su cabeza y contenía diferentes utensilios: un bote cilíndrico de pastillas para encender el fuego, un saco pequeño de briquetas Weber, algunos productos para limpiar chimeneas…

y una botella llena de queroseno, de un azul desvaído.

A su lado, una caja de cerillas reposaba como un organismo casi vivo.

No necesitaba más.

Tomó el queroseno y las cerillas de la repisa y se dirigió directamente al centro de la terraza.

Estaba a punto de comenzar a vaciar el contenido de la botella a lo largo y a lo ancho de la terraza, cuando, en el último momento, algo la contuvo.

Se dio media vuelta y contempló de nuevo la puerta corredera.

«La boca».

¿Sonreía?

Desde luego parecía satisfecha con su valioso cargamento.

Se aproximó a la puerta, henchida de odio, y comenzó a rociar su marco derecho de arriba abajo, vertiendo el queroseno generosamente en su base, subiendo hasta la parte más alta de la puerta e impregnando bien sus contornos hasta dibujar una enorme C invertida.

Un fuerte olor a petróleo la invadió mientras el queroseno comenzaba a escurrir lentamente frente a sus ojos, viscoso y transparente, acumulándose en su base como el cráter de un volcán apagado, aunque latente.

Tomó de debajo de la mesa las dos piñas que había lan zado en otra vida desde lo alto del tejado y las añadió a aquel delirante lago transparente.

Ejecutaba todas aquellas operaciones con eficacia pero impasible, como un robot ciego y destructivo. Lo único que sentía era odio, un odio infinito. Pero, tras ese odio, también identificó algo más, algo insólito: un evanescente hilo de esperanza.

Tenue, muy tenue aún.

Cuando hubo vaciado el contenido de la botella de queroseno, extrajo de su bolsillo la caja de cerillas y la aproximó a la base de su particular Vesubio.

Y lo encendió.

El fogonazo la tomó por sorpresa. Una bocanada de fuego inundó su cara, quemándole pestañas, frente y buena parte del flequillo. La Erika enajenada —la única que ya existía— aún tuvo tiempo de comentar jocosamente para sí misma: «Mi brecha ya está cauterizada».

Retrocedió un paso y se dispuso a contemplar cómo se desdibujaba aquella odiosa sonrisa.

Por un momento pensó que ni siquiera llegaría a prender.

El volcán de queroseno parecía alcanzar su cénit, y la madera no llegaba a arder de verdad, como si el fuego no alcanzase a penetrar más allá de su capa externa.

Conociendo a Julio incluso cabía la posibilidad de que hubiese empleado algún tipo de barniz ignífugo o alguna porquería similar.

Pero al cabo de unos minutos la madera también comenzó a inflamarse y a crepitar, y a Erika le resultó un sonido extraordinariamente agradable, terapéutico.

Un humo negro y espeso empezó a inundar la terraza como una bituminosa hemorragia, y ahora le pareció que ese humo estaba repleto de connotaciones evocadoras y de matices fragantes, como un buen Ribera del Duero.

No obstante, el fuego no parecía extenderse más allá de aquella enorme C invertida, de momento al menos, como un inmenso cartel de neón refulgiendo en mitad del bosque.

« Perfecto».

Erika se acercó al lateral izquierdo de la puerta y miró a través del cristal. El interior de la cabaña permanecía intacto, sin una sola voluta de humo.

« Perfectísimo».

Cuando estimó que el fuego había penetrado lo suficiente en la madera, regresó al armario en busca de un enorme leño de encina en el que ya se había fijado antes.

Tenía un plan, increíblemente tenía un plan. Un plan sencillo, directo, perfecto en su simplicidad. Un plan que había llegado demasiado tarde.

De niña, en su casona en Carmona, había presenciado en primera fila una escena que ya no olvidaría nunca.

Era muy temprano, tanto que aún no había amanecido, y ella dormía profundamente en su habitación junto al dormitorio de sus padres, cuando comenzó a escuchar unos golpes terribles en el exterior.

Se asomó a la ventana « con el corazón todavía dor mido», como decía su madre, y se encontró con una escena que parecía del todo fuera de lugar allí en el pueblo: la casona de Mateo, el panadero, que no distaría de la suya más de veinte o treinta metros, estaba rodeada de policías armados, y en ese momento dos de ellos, protegidos con cascos con visera trasparente (más tarde su padre le explicaría que se llamaban «geos») golpeaban la puerta del panadero con un artefacto que ella no había visto nunca, una especie de cilindro de metal con asas, de aspecto muy pesado.

Alzaban el artefacto hacia atrás tanto como le permitían la longitud de sus brazos, dibujaban con él una especie de media circunferen cia a la altura de sus muslos y lo estrellaban finalmente contra la puerta de Mateo, con terrible violencia.

Esos eran los ruidos que la habían despertado.

No tuvieron que insistir mucho. Al segundo o tercer impacto la puerta cedió, y Erika habría jurado que incluso llegó a ver de un modo fugaz al propio Mateo, cómicamente ataviado con su gorro de dormir, aunque también podía ser fruto de todo lo que se habló después en el pueblo, cuando todos los vecinos aseguraron haber visto la escena en sus más míni mos detalles.

El caso fue que Mateo —hombre callado, taciturno, siempre un poco inclinado hacia delante, como si el encorvarse de continuo sobre su horno le hubiese condenado a esa posición permanente— fue detenido y encarcelado, y nadie volvió a saber más de él hasta al cabo de mucho tiempo.

Al parecer, el bueno de Mateo se había dedicado durante años a almacenar en la trastienda de su panadería numerosos cargamentos de hachís.

El modo en el que un hombre tan aparentemente «normal» como Mateo podía haber entablado contacto con unos traficantes resultaría incomprensible para todos, hasta que el Isaías les hiciera saber que eso de aprovechar la tranquilidad de los pueblos para camuflar cargamentos ilegales era una práctica relativamente común.

Casi todos los carmoninos se desplazaron al día siguiente hasta Torrelavega para hacerse con El Diario Montañés , que recogía la noticia en una esquina de su portada junto con una foto de la panade ría de Mateo y dos fotografías más de la puerta de su casa destrozada, y, por supuesto, aquello fue la co midilla del pueblo durante muchos años.

De hecho, Carmona ya no conocería un escándalo mayor hasta el día en que su padre decidiera destrozar a su madre a albarcazos.

Y ahora, treinta años después, aquel recuerdo le inspiraba la más estrafalaria de las ideas que hubiese tenido nunca.

Aguardaría a que el fuego debilitase lo suficiente el marco de la puerta y después cargaría contra el cristal, tal y como los geos habían hecho con la puerta de Mateo.

Y aquel tronco sería su ariete.

Erika trató de extraer el enorme leño tirando directamente de él, pero, aprisionado bajo el peso de los demás troncos, le resultaba imposible.

Así que comenzó a extraer la leña de encima tirándola a sus espaldas.

En cuanto lo hubo liberado, tomó el madero en sus manos y lo inspeccionó.

Era tan perfecto que incluso tenía un pequeño saliente a modo de asa.

Tomó su «ariete» con las dos manos y regresó con él a la puerta corredera.

Aguardó todavía un poco más, manteniendo una prudente distancia respecto al humo y las llamas que manaban en oleadas del lateral de la puerta, y, cuando estimó que la estructura estaría lo suficientemente dañada, tomó una bocanada de aire limpio y se acercó al ángulo con rapidez.

Agarró su ariete por el asa con su mano izquierda, sosteniendo la mayor parte de su peso con la derecha, al tiempo que lo llevaba hacia atrás tal y como había visto hacer a los geos, tambaleándose tanto por el peso del tronco como por su propia debilidad.

Y, en última instancia, lo estrelló con todas sus fuerzas contra el lateral derecho de la puerta corredera, a la altura de sus piernas.