Capítulo 30
Oscuridad…
… quietud…, sombra…
Y, detrás de las sombras,
Walden.
Esta vez no saldría, era mejor no salir. Además, ya no había nadie a quien buscar. Tampoco había golpes. Ya no la reclamaba nadie.
… quietud…, sombra…
y una luz casi imperceptible, comenzando a aumentar gradualmente…
«Qué guay, me voy a morir con túneles y lucecitas al fondo incluidas».
Cuántos pacientes no le habían hablado de esa luz, hacia la cual decían precipitarse.
Pero no era así. No era ella la que se precipitaba hacia la luz, sino la luz la que venía hacia ella, a toda velocidad, como, como…
, como una bicicleta. Nunca se habría imaginado ser consciente de su propia muerte, pero al parecer era así, aunque la impresión tampoco era exactamente de partida, sino
(«de nacimiento»)
de todo lo contrario.
«No es que tenga nada en contra del sistema, pero podían haberme ahorrado algo de papeleo, eso sí, y alguna que otra imagen que ahora me llevo allí donde vaya».
… oscuridad …, penumbra…
y, antes de esa luz,
Walden.
«¿Qué significa eso …?».
O encima, más bien, como un barco a la deriva visto des de abajo, cabeceando sobre un mar fuliginoso. Una nave r a quítica, abandonada, alejándose de la costa cercana e inaccesible
(«inaccesible , como una puerta corredera»)
cada vez más, como un pez de las profundidades, ciego pero luminoso, creyendo saberlo todo porque le han descrito con precisión la luz del sol.
Un pez que se balancea como un barco en las olas ,
y que tiene los pies descalzos,
y que tiene los cabellos largos.
Esa cualidad furtiva pero insolente de la luz , traicionera y excesiva, que se revela cuando te abrasa, dejándote fría por el otro extremo; una cerilla que solo sirve para alumbrar un semblante desencajado; el rutilante instinto de lo sublime, crujiendo bajo el barco como papel de celofán; un metro de nieve sobre cuarenta metros de lava.
O sobre nueve.
«Los sueños de la razón no crean monstruos. El paradigma es erróneo, señor profesor, hay que refutarlo.
»Los encierra .
»Los abandona.
»Y se olvida de ellos».
Más que un túnel, un torrente, capaz de inundar las tinieblas y el universo entero desde el interior de una celda.
La luz
(«la llama»)
finalmente acelerándose, como si se impacientase, comenzando a llenarlo todo, resquebrajando esa oscuridad casi sólida entre crujidos contenidos , ahogados, como
(«caparazones de tortuga fracturados»)
si fuese succionada por ella, arrojada en vilo a través de ese túnel, absorbida por una fuerza irresistible, suprema. Y la propia luz abordándola por fin, inundándola, abrasándola, un brasero lleno de ascuas inflamándole la cara.
Y, en ese brasero,
WALDEN .
De pronto, la luz se interrumpe.
«¿Qué pasa…?
»Pido disculpas si he dicho algo inapropiado, el viajecito me ha cogido con lo puesto …».
Que no hay prisa, eso es lo que pasa. La eternidad es lo que tiene.
Porque
tiene los pies descalzos de un niño que adoras,
y sus cabellos largos son un sol que te abrasa,
un sol que te quema,
un sol que te quema,
un sol que te quema…
Erika despertó.
Y una sola idea la inundó por dentro.
«Quémala. Quema la puta casa . Es de madera. Arde.
» QUÉMALA .
»Porque sus cabellos largos son un sol que te abrasa. Porque tiene los pies descalzos de un niño que adoras.
»Quémala. Destrúyela. Haz arder la tumba de tu hijo».
Erika abrió completamente los ojos.
Y sonrió.