Capítulo 29 #3
El interior de la boca se le había convertido en un trapo gastado, y notaba cada uno de sus latidos pulsando sordamen te en el pecho y en las sienes.
¿Cuánto podía resistir un cuerpo humano?
No tenía ni idea, pero se sentía bastante cerca de poder comprobarlo.
No obstante, su subconsciente respondió enseguida por ella:
«Tanto como tu hijo lo necesite».
Si en algún momento Erika tuvo la impresión de que su voluntad rebasaba su albedrío fue precisamente en ese. Pues ella no quería seguir avanzando . Pero lo hacía, sin más, como un robot teledirigido, como un condenado a muerte obligado por un orden superior.
No sentía que se desplazase sobre simples piernas, sino que lo hacía sobre raíles de acero.
A menos de un metro de alcanzar el precipicio, Erika comprobó de nuevo la fiabilidad de su escala, dejando caer ligeramente su peso hacia atrás.
Comprendió que ya no había motivo alguno para demorar su descenso, así que terminó de cubrir los tres o cuatro pasos que le quedaban, de espaldas al abismo, afianzó los dos pies desnudos sobre el borde del tejado, sintiendo en sus talones el frío desnivel metálico del canalón…
Y comenzó a descender.
«¿Quién hace patín patín por mi puente?».
Trató de proceder igual que había visto hacer a los escaladores por televisión, brazada a brazada, como si estuviese largando cuerda a un zepelín inmenso y difícil de manejar.
Se le vino a la cabeza la película Up , que había visto hacía poco con Dani, y, por un desconcertante momento, la impresión de estar descolgándose de una casa flotante fue tan enorme que su vértigo adoptó una forma violenta.
Miró entre sus piernas instintivamente, en busca de cualquier punto de apoyo, y, al no encontrarlo , se quedó congelada, petrificada en el aire, tan incapaz de subir como de seguir bajando.
Comprendió que estaba sucumbiendo al pánico, pero sentía que no podía hacer nada por evi tarlo, salvo percibir cómo sus extremidades se agarrotaban .
Sus manos parecían cada vez más ajenas a ella, y supo que, si no reaccionaba de algún modo, se aflojarían en cualquier momento y se iría abajo.
Así que se limitó a quedarse quieta s uspendida sobre el abismo, mecida por un viento que la hacía oscilar a un lado y a otro como si de verdad se encontrase flotando entre las nubes, y obligándose únicamen te a no retirar la vista de la pared, concentrando todas sus ener gías en sostenerse sobre la cuerda.
En cuanto logró recomponerse mínimamente, continuó descendiendo, diciéndose a sí misma que no había necesidad alguna de volver a mirar abajo. Cuando se quedase sin cuerda buscaría la ventana, sin más. La ventana estaba abajo, y, con saber eso, ahora mismo le bastaba.
La vertical de madera de Walden resultaba mucho más escurridiza que el tejado, lo que la obligaba a mantener una enorme tensión en los brazos, pero, aun así, el hecho de «caminar» sobre la pared amortiguaba el peso de su cuerpo bastante más de lo que había imaginado.
El enajenado locutor volvía a comparecer, y su impresión de irrealidad alcanzaba su punto álgido.
«Es increíble lo de esta chica, amigos, increíble. Ella solita está echando por tierra los más razonables pronósticos. Lo va a lograr , nadie entiende cómo, pero lo va a lograr…».
Al mismo tiempo trataba de avanzar lo más rápido posible, consciente de que, cuanto más tiempo invirtiese en llegar hasta la ventana, más se cansaría.
No obstante sus movimientos eran cada vez más torpes y envarados, como si se estuviese solidi ficando de algún modo.
El hecho de obligarse a mirar fijamente a la pared incrementaba su sensación de parálisis, pero le parecía que, de no hacerlo, la burbuja al final estallaría y la precipitaría al vacío.
El pánico la acechaba sin descanso, como una marea angustiosa, y Erika lo mantenía a raya como buenamente podía.
Y seguía descendiendo.
«Al otro lado de este muro está tu hijo, TU HIJO .
No te olvides de eso ni un maldito minuto.
La persona por la que darías hasta la última gota de tu sangre.
Y está agonizando. Lo vas a conseguir, hija de puta, vaya si lo vas a conseguir.
Vas muy bien. Esta es la buena, Eri, y lo sabes.
No estás cansada. No estás nada cansada.
Todavía puedes aguantar mucho. No te distraigas con nada.
En cuanto alcances la ventana, un golpe seco con el talón del pie y lo quitas enseguida para no cortarte.
Y adentro. Un poquito más, Eri, solo un poquito más.
Pero tienes que mirar hacia abajo…, tienes que mirar aunque sea un momento si quieres saber dónde está la ventana…
Obedeciéndose a sí misma, Erika comenzó a bajar lentamente su mirada hacia sus pies, tratando de no apartarla demasiado rápido del curso de la pared, su centro de gravedad. Solo que su vista bajaba y bajaba… y la ventana no aparecía.
Hasta que por fin apareció.
Había calculado mal. Pero no por la ubicación de la ventana, sino por la longitud de la cuerda.
«No…, por favor…».
Era insuficiente. No llegaba.
El último tramo de la escala, la hamaca de Alonso, oscilaba a un lado y a otro bajo sus pies descalzos… a casi dos metros de distancia de la ventana. Era imposible llegar.
Erika miró hacia arriba, consciente de que nunca sería capaz de volver a subir. Valoró sus inexistentes opciones… y siguió descendiendo.
Nada desconcierta al destino como lo incongruente.
Sus manos y su vista fueron pasando del amarillo de su hamaca al predominante burdeos de la hamaca de Alonso. Y siguieron descendiendo, descendiendo…
Y cuando sus manos alcanzaron el extremo final de la segunda hamaca tampoco dejó de descender, sino que introdujo las dos manos en el interior de la gaza —«tan similar a una horca»— y estiró los brazos tanto como pudo.
Sus pies descalzos rozaban y golpeaban sobre la superficie del cristal del dormitorio, la puerta de acceso a su hijo; podía tocarla, incluso, quizá, podría romperla. Pero de ningún modo podía entrar.
Ni siquiera entonces se sintió vencida.
Solo engañada, burlada por el destino.
Y durante unos segundos fascinantes, mientras un zorzal inmortalizaba el momento con su contrapunto elocuente y apremiante, y el viento la hacía oscilar levemente a través de unos brazos entumecidos y ajenos…, Erika permaneció suspendida sobre el abismo con perfecta indolencia.
Soberbia, invulnerable…
Invicta.
Ella era Morta, la tercera de las tres Parcas, y aquel era su indeleble muro de bronce. No cortaría ese hilo…, porque ese hilo era la vida de su hijo, y también era la suya, desde que un cordoncito de carne de apenas medio centímetro de diámetro los reuniese de por vida.
Y durante esos delirantes instantes la propia Erika se sintió de verdad inmortal, como si pudiese permanecer así indefinidamente.
Cuando sus pies recuperaron su apoyo contra la pared, Erika comenzó a ascender metódicamente, como un robot. Ni siquiera entonces se sintió vencida. El ascenso, de hecho, le resultó más sencillo que el descenso mientras su rostro permanecía pétreo, inalterable.
La antigua Erika se había extinguido para siempre.
Cuando llegó arriba soltó su escala sin prestarle mayor atención y descendió en diagonal por el tejado hasta alcanzar por última vez el ángulo de la terraza. Bajó de un salto, casi sin mirar, y se dirigió directamente a la puerta corredera.
Allí, donde debía estar.
Lo encontró enseguida…, un diminuto ovillo de rizos, tranquilo, inmóvil desde hacía ya muchas horas, cuando comenzase a sumergirse en aquella misteriosa oscuridad.
Así era como había vivido, sin hacer un solo ruido, durante apenas tres añitos, y así era como se iba a ir.
En silencio.
Se dejó caer como un peso muerto contra la puerta corredera, asegurándose de mantenerse bien a la vista de su hijo. A Dani le daba miedo la oscuridad.
« Ni siquiera he podido despedirme de él».
Entonces le susurró:
— Descansa, mi niño, descansa, pequeñín. Mamá va a estar siempre contigo.
Y se dispuso a morir.