La casa del árbol Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Si pudiese comer algo…, lo que fuera. Miró a su alrededor, y por un desconcertante momento dudó si realmente no se encontraba en el interior de un delirante sueño: sobre la misma grama esparcida por todo el tejado de Walden, a orillas de los ramilletes de hojas verdes y finísimas que tanto se asemejaban a ignotos continentes aislados, varias piñas desperdigadas comparecían solitarias como una imposible alucinación, un rutilante huerto galáctico.

«Piñas».

«¡Piñas, joder! ¡ COMIDA !».

«No…, estoy delirando. El clásico oasis después de haber atravesado el desierto…».

Parpadeó y volvió a mirar, y, para su asombro, las piñas no se movieron de su sitio.

¿Cómo no las había visto antes? Un misterio más, otro hecho inexplicable del sorprendente mun do de Walden.

Casi las había pisado en sus incursiones al tejado, en cambio, no había reparado en ellas.

Su único pensamiento, su obsesión durante aquellos tres días había sido la de entrar, entrar al precio que fuera y no distraerse con nada, es pecialmente cuando le había tocado deambular por el tejado. Y vaya si lo había conseguido.

En cierta ocasión le enviaron uno de esos vídeos virales, de base supuestamente científica, en el que un jugador de baloncesto retaba al espectador a ser capaz de contar las veces que botaba su balón sobre el entarimado.

Era un vídeo corto y se lo envió su jefe de residentes, así que, aunque rara vez perdía el tiempo con ese tipo de vídeos, aquella vez se dedicó a contar obedientemente las veces que aquel chico botaba su pelota, sintiéndose bastante estúpida.

La sorpresa llegaba al final del vídeo, cuando el jugador se dirigía de nuevo al espectador para informarle de que, en realidad, daba del todo igual las veces que había botado su balón, sino que el objetivo del vídeo era comprobar si había sido capaz de ver al mono que salía mientras lo botaba .

Erika no sabía ni de lo que le hablaba. ¿Un mono?

¿Qué mono? En ese vídeo no había mono alguno.

Entonces el chico la instaba a poner el v ídeo de nuevo, y el resultado era poco menos que milagroso: a mitad del vídeo, en efecto, no solo comparecía en medio de la cancha un hombre disfrazado de mono, sino que este se detenía, saludaba a la cámara de un modo bastante grotesco y recorría parsimoniosamente la pista de baloncesto de un lado al otro, antes de marcharse de nuevo por donde había venido.

Y ella no lo había visto.

Aquel vídeo pretendía demostrar el millón de estímulos diarios que el cerebro descarta en virtud de aquello a lo que, a cambio, decide centrar su atención.

Esas piñas eran el mono saludando a la cámara.

Y no se trataba del fruto del abeto Douglas que ella tan bien conocía y con el que solían encender la chimenea, esas que en todo el Gorbeia llamaban «conos», pero que no tenían la menor utilidad gastronómica.

Sino de auténticas piñas, piñas piñoneras .

El modo en que aquellas piñas habían llegado hasta allí consti tuía un misterio más.

Las ardillas seguramente, las ardillas debían ser las culpables.

Pero le daba lo mismo. Esas piñas eran justo lo que necesitaba, lo único que necesitaba, de hecho, un poquito de gasolina para recorrer el tramo final de su disparatada carrera.

Y llegaban en el preciso momento en que su motor comenzaba a hacer pof, pof, pof .

Erika afianzó su escala en el hueco de la chimenea y, tras pensarlo un momento, colocó la cadena encima por si acaso, pues el viento parecía ir a más.

Y comenzó a desplazarse hacia la piña más cercana, sintiendo renacer , casi a su pesar, tanto el movimiento de sus tripas como el de sus minúsculas esperanzas.

«Ahora nada de hacer el tonto ni de desperdiciar energías. Movimientos seguros y económicos ».

Se desplazaba a cuatro patas pero bocarriba, apoyando el culo sobre las tejas con cada impulso de sus extremidades, de bido a su agotamiento y apoyándose a la vez con las manos y los pies descalzos. Le parecía que de esa forma se cansaba menos, y además la hacía sentir más segura.

Erika alcanzó la piña más cercana, a medio camino entre la chimenea y el árbol, y a un par de metros de bajada del tejado, y se sentó allí mismo a inspeccionarla con entusiasta atención, como un mono con una adquisición valiosa.

«Vacía».

«Mierda… Joder».

La tiró a un lado y se acercó de inmediato a la segunda piña —dos o tres brazadas a su izquierda—, encontrándose con el mismo resultado.

Más que vacías parecían secas. Igualmente la inspeccionó con toda atención, como lo haría un joyero con una gema valiosa, y terminó encontrando tres o cuatro piñones, pero tan retorcidos y empequeñecidos que no le servían de nada .

Tiró la piña con rabia, y esta cayó rodando por el tejado de Walden hasta aterrizar sobre la terraza.

«Ni un poco de suerte. Ni un poco».

Levantó la vista y vio dos piñas más al final del tejado que quizá parecían algo más marroncitas, y comenzó a desplazarse hacia ellas en su particular estilo de artrópodo invertido.

A medio camino su mano derecha se apoyó sobre algo blando y viscoso.

La retiró de inmediato, espantada, para comprobar que se trataba de una babosa de un tamaño considerable a la que acababa de convertir en un pegote verde amarillento so bre el tejado.

Se limpió en el pantalón con asco y prosiguió su andadura hacia el final del tejado, recordando a aquel adolescente británico que se quedó tetrapléjico tras comerse uno de aquellos bichos por una estúpida apuesta…

«Nada de divagar, nada . Solo concéntrate».

Erika alcanzó las dos nuevas piñas en pocas brazadas y, de nuevo, se sentó a inspeccionarlas con toda atención.

Y por fin, en la segunda de ellas, encontró , llena de júbilo, doce o catorce piñones reposando generosamente en sus alveolos, un poco cubiertos por su característico polvillo blanco.

Se precipitó sobre el primero de ellos, con los dedos temblorosos de pura ansiedad, y le faltó poco para ceder al impulso de tragárselo con cáscara y todo.

En cambio se obligó a machacarlo con cuidado con las muelas y extraer más cuidadosamente aún su pequeña semilla, que, para su infinita alegría , se encontraba en perfecto estado.

Se introdujo el diminuto fruto en la boca, al tiempo que un doloroso retortijón le comprimía la boca del estómago, y, finalmente, logró deglutir la minúscula papilla con áspero esfuerzo, sintiéndose a medio camino entre el placer más indescriptible y la insatisfacción más absoluta.

Repitió la operación seis o siete veces más, pero, cuanto más comía, más hambre sentía.

Sabía perfectamente que su hambre era de índole patológica, insaciable, como también sabía que el tiempo apremiaba, así que se echó tres piñas más al interior de la camiseta de su pijama y regresó a la chimenea con unas expectativas por completo renovadas.

Dejó las piñas en el hueco de la chimenea y tomó a cambio su escala.

En ese preciso momento decidió que no se anudaría al árbol, sino a la chimenea, operación que realizó en pocos segundos.

Iba a necesitar hasta el último centímetro de cuerda, y el diámetro del árbol le parecía sencillamente descomunal .

Quizá ello le supusiese tener que balancearse más tarde sobre la vertical de la pared para poder alcanzar la altura de la ventana, pero llegado a ese punto ya lo aceptaba todo.

Si tuviese que bailar una sardana sobre el muro de Walden, también lo haría.

Es más, ya estaría calculando con qué pie iba a empezar.

«Una sardana no. Lo que te espera ahora es rock and roll del bueno, nena».

En efecto, había llegado el momento, el «final de la cuenta atrás», como decía la canción, la flor y nata de todas las atracciones de Walden, precedida una vez más de esa impresión de miedo y de euforia que la caracterizaba, como si alguien se estuviese entreteniendo en manosearle las entrañas.

«Es una locura. Me voy a matar».

Ignorando su propia voz, como una tirana inflexible, Erika comenzó a avanzar de espaldas hacia el borde del abismo , dejando tras de sí el tramo suelto de cuerda como un escalador experto.

Era la parte fácil y se dedicó a reconocerla sin prisas.

De hecho, la sensación era cómoda , casi placentera, dentro del vértigo extremo, que no la abandonaba.

La escala parecía bastante resistente, claro que aún no estaba soportando peso alguno, y el tacto de aquella cuerda tan áspera entre sus manos le otorgaba una confianza renovada.

Había optado por condenar buena parte de la cadena en torno a la chimenea y reservar así las hamacas para el tramo final, pues suponía que agradecería su tacto a la hora de sostener con sus manos su propio peso.

Igualmente, a medida que se aproximaba al borde del tejado, sus pasos se iban ralentizando poco a poco.

Desde que había aplastado a la babosa trataba de mirar dónde pisaba , pero era difícil hacerlo caminando de espaldas, y se conformaba con echar fugaces vistazos por encima del hombro.

Daba cada paso con extraordinaria cautela, pues la grama del tejado le dañaba los pies…

«Los calcetines…, joder, has olvidado ponerte los calcetines. ¿Cómo se supone ahora que vas a romper la ventana a patadas? Te cortarás. Te desangrarás. Tienes que regresar a la chimenea».

Pero los calcetines no estaban en la chimenea…, sino abajo, en la terraza, uno de ellos reconvertido en un saquito de llaves, por cierto.

Erika se detuvo un momento, indecisa, pero reanudó su andadura casi de inmediato.

«Ni de coña pienso bajar otra vez, ni de coña. Si me tengo que cortar, me cortaré. Es un ahora o nunca de manual».