La casa del árbol Capítulo 29
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Capítulo 29

Erika invirtió toda la mañana y gran parte de la tarde en elaborar su escala.

Pero es que ya no podía más. Había sobreestimado su resistencia, y eso que, salvo por lo de descolgarse por la pared tipo Spiderman, pensó, había tirado por lo bajo.

El mero hecho de mantener los brazos levantados ya le suponía un esfuerzo extraordinario e incrementaba su impresión de malestar, así que se veía obligada a bajarlos y dejarlos descansar con frecuencia.

Solo en unir la hamaca de Alonso con la cadena invirtió casi dos horas.

Se movía con lentitud y torpeza, como un insecto atontado tras un zapatillazo, y el menor esfuerzo le costaba un acto de voluntad supremo.

«Las células cerebrales, querida. Se contraen por la falta de nutrientes, provocando sensación de cansancio y dificultad para pensar. Segundo de carrera. Profesor don Florián».

Había pensado en unir la hamaca de Alonso con la suya, pero se volvió a encontrar con que no había forma humana de desatar su hamaca de la argolla.

Y, si no había sido capaz de desa tarla estando descansada y con fuerzas, se dijo, mucho menos lo conseguiría ahora.

Aun así lo intentó durante un rato, hasta que tuvo que dejarlo por imposible.

No había más remedio que cortarla.

Pero ¿cómo hacerlo? Las cuerdas de los extremos eran de cáñamo entrecruzado, muy resistente, y ella no tenía nada con lo que cortar, absolutamente nada.

«Problemas, problemas…, siempre problemas. ¿ Y ahora qué se supone que voy a hacer?».

Esa pregunta sonaba cada vez más desolada en su cabeza, aunque también se daba cuenta de que a la menor contrariedad se sentía sobrepasada, superada.

Realmente sentía haber llegado al límite de sus fuerzas.

Aun así, miró hacia la mesa de la terraza, en busca de cualquier cosa que le pudiese servir para cortar.

De no haber dividido las porciones de pizza en la cocina ahora podría disponer del rodillo, pero recordaba a la perfección haberlo hecho allí.

El vaso de Dani y los dos platos eran de plástico, así que tampoco le servían de nada.

Hacía ya mucho que se habían acostumbrado a usar utensilios de plástico, pues Dani los tiraba a menudo.

Entonces vio la lata de Mixta… y se le ocurrió que, si pudiese romperla de algún modo, quizá podría intentar usarla como cuchillo.

Se acercó apesadumbrada a la mesa y tomó la lata con desgana; se sentó con ella sobre el mismo ángulo de la terraza, de espaldas a la puerta corredera, y trató de forzarla directamente con las manos.

Por supuesto fue inútil, aunque, si se hubiese tratado de desenroscar una simple botella de agua, pensó, también se habría visto en dificultades.

Probó con el extremo suelto de la cadena que tenía forma de gancho, pero, al no ser pun zante, tampoco le servía.

Al final optó por intentarlo directamente con los dientes, aun a riesgo de cortarse.

Tomó la lata de Mixta con la mano derecha, y, tras vacilar un instante, la mordió con todas sus fuerzas en su mitad como si se tratase de una jugosa manzana, pero lo único que consiguió fue arrugar la lata por la mitad.

Probó dos veces más con idéntico resultado.

La lata se arrugaba, pero no se rompía, y Erika sentía que sus nervios se desquiciaban de nuevo.

«Qué diferentes son las películas de la realidad. La prota de turno ya habría arrancado esta estúpida hamaca hace tiempo, en cambio yo llevo tres días intentándolo».

« Vamos, joder, es solo una lata».

Se acordó de su padre, que tenía la costumbre de romper en dos con las manos las latas de Voll-Damm que se bebía como si fuese agua (las «Jean Claude Voll-Damm», las llamaba Julio), al tiempo que eructaba estruendosamente, y sintió de nuevo que su ánimo se venía abajo a una velocidad alarmante.

Otra vez estaba perdiendo demasiado tiempo y energías en una tontería.

Con gran dificultad, comenzó a retorcer la lata sobre sí misma, y, por fin, tras varios intentos fallidos, consiguió abrir una diminuta rajita por el lateral de la lata.

Poco a poco, siempre poco a poco, consiguió ir ampliando esa diminuta fisura con sus dedos sin cortarse, hasta que logró separar la lata en dos partes desiguales.

« OK , nueva prueba superada».

Se aproximó con su improvisado cuchillo a la cuerda de la hamaca, por el extremo que la unía a la argolla, y comenzó a operar sobre la misma lentamente, casi hilo a hilo, como un cirujano metódico.

El cuchillo desempeñaba su función con tosca pero segura eficacia, y, tras insistir durante un buen rato más, Erika consiguió separar la cuerda de su argolla.

Dejó el extremo de la hamaca en el suelo y comenzó a operar en su lado opuesto.

En ese momento la asaltó una certeza terrible: «La hamaca no resistirá sujeta por uno solo de sus extremos. No está diseñada para hacerlo».

Se sentía tan fuera de sí que esa idea bastó para que comenzase a jadear como un pez fuera del agua.

Pero enseguida comprendió que daba enteramente igual.

Cruzaría los dedos y lo intentaría, vaya si lo intentaría; porque en realidad todo aquello se iba a tratar más de una cuestión de suerte que de cualquier otra cosa.

Cuando terminó de cortar el segundo tramo, descolgó la hamaca de su soporte y se la llevó con ella.

Tocaba unir las dos hamacas entre sí, y, aunque se trataba de una operación importante, era la que menos le preocupaba.

No se había pasado la infancia y buena parte de su adolescencia en una casona cántabra, atando vacas y asegurando cercas, para que un nudo le preocupase lo más mínimo.

Además, era uno de esos conocimientos que no se olvidan nunca, como montar en bici, y ella tenía plena confianza en su as de guía, sabiendo que se ría más factible que la cuerda se rompiese a que aquel nudo se desatase.

Por otro lado el firme del que disponía era óptimo, tanto por su grosor como por su áspera textura.

Aquella cuerda de esparto soldaría como un candado.

Igualmente, su padre tuvo a bien comparecer en su cabeza, solícito: «Recuer da que el mejor nudo es el que más se aprieta por sí solo, Eriu ca, pero también el que más fácil se desata luego».

—Gracias, papi —respondió Erika en voz alta—, y gracias también por todo lo que me enseñaste antes de cargarte a mamá.

Soltó un ladrido extraterrestre a modo de risa y regresó enseguida a su cuerda, como una devota fanática. La cantinela que acompañaba a su as de guía salió por sí sola, inevitable, a pesar de hacer más de veinte años que no la recitaba:

—La culebra sale del lago; la culebra rodea el árbol, no le gusta lo que ve y la culebra regresa al lago.

Un minuto después su escala estaba terminada. Comprobó su resistencia, tirando negligentemente de sus uniones y recordándose al mismísimo don Quijote al no querer insistir demasiado en comprobar la solidez de su celada. Se incorporó y se dirigió directa al ángulo de su terraza.

Ascendió los escalones de su particular cadalso, reliada en su escala como una oruga celosa, y supo que aquella sería la última vez que lo haría.

El sol ya había comenzado a declinar, y eso que, con la proximidad del verano, la noche llegaba cada vez más tarde.

Los días se estiraban más y más y se hacían cada vez más lánguidos, y dentro de poco, qué duda había, el crepúsculo se uniría con el inicio del día siguiente.

Y eso solo pasaría en Walden. Porque en Walden el tiempo no se medía por minutos ni por horas, sino por sensaciones, por estados de ánimo y por vahídos.

Por euforias y desmayos. Walden tenía su propia lógica interna, que era inescrutable.

Sin ir más lejos , Alonso tenía que haber regresado ya, pero eso no iba a ocurrir, pues su marido había comprendido, había sentido , que estaba bastante mejor sin su mujer y sin su hijo de casi tres añitos, que tanto le incordiaban.

Y eso solo pasaba en Walden, la casa de la risa, ese universo paralelo y proscrito en el que todas las máscaras caían cuando menos te lo esperabas.

Igual todavía podía darle una sorpresa.

Erika se apoyó sobre la barandilla, sintiendo que apenas podía moverse en el interior de su escala, y, de un solo y derrengado salto, se desplomó más que aterrizó sobre el tejado de Walden.

Se incorporó como pudo y comenzó a ascender sin concederse esta vez ni un minuto de descanso.

A medio camino dio un traspiés y, por no poder levantar los brazos, estuvo a punto de caerse de boca.

Rectificó a tiempo y continuó ascendiendo, impasible.

Su cabeza comenzaba a divagar de nuevo, y en ese momento Erika comprendió la utilidad de aquellas voces, que no era otra que preservar su cordura, no dejándola a solas consigo misma.

«Qué valor, qué persistencia la de esta chica, amigos.

Esto empieza a convertirse en un clamor incontenible, una marea que sube y sube, haciendo tambalear las previsiones de las voces más autorizadas.

¡Lo conseguirá! ¡De pronto todo Walden está con ella!

No hay un guion establecido, eso está claro, ni puta falta que hace.

Esta chica no sigue el camino, ¡es el camino quien la sigue a ella, con la lengua fuera! ».

Erika alcanzó la chimenea, su antiguo centro de operaciones, con la impresión de haber ascendido el Himalaya.

Se sentó en su ángulo y se dispuso a inspeccionar por primera y última vez su improvisado equipo de escaladora novel, consistente en una escala trenzada con dos hamacas peruanas y una cadena de columpio.

Si uno solo de esos tramos fallaba, si cualquiera de los nudos se desataba, se iría abajo.

Pero eso no sucedería, porque en Walden todo funcionaba al revés.

En Walden, lo más disparatado era lo más sensato.