La casa del árbol Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Lo que tenía que hacer era actuar ya. No sabía de cuánto tiempo disponía hasta su próximo bajón, y estaba bastante segura de que ese sería el definitivo.

Sus energías se habían convertido en un artículo de lujo, un bien escaso e impredecible que podía dejarla tirada en cualquier momento, y el piloto de «gasolina baja» se había encendido hacía ya demasiados kilómetros.

¿Por dónde empezar?

Por elaborar la cuerda, por supuesto, por donde empezaban siempre Las locas aventuras de la doctora Velasco en Walden .

Visualizaba su escala como las que usaban los niños de los cuentos para escapar de la casa del ogro, una sucesión de sábanas anudadas unas con otras.

Pero en vez de sábanas lo que ella tenía eran hamacas, más original todavía.

De hecho esa escala ya estaba lista, o casi lista, pues solo restaría añadir el tramo de la segunda hamaca si lo que pretendía era poder llegar hasta la altura de la ventana.

Tendría que asegurar bien la consistencia de sus nudos, eso sí, pues lo que esa escala sostendría ahora sería a una persona y no un saquito de llaves.

Se disponía a bajar de la barandilla para ponerse manos a la obra cuando recordó su odisea anterior, el esfuerzo que le supuso extraer la cadena del columpio o desanudar la hamaca de su soporte para, finalmente, encontrarse con que no podía hacer llegar la cuerda hasta Dani de ningún modo.

No cometería el mismo error. Primero echaría un buen vistazo desde ahí arriba y se aseguraría de la viabilidad de su plan antes de ac tuar.

No invertiría tiempo y energías en elaborar esa escala si luego resultaba, por ejemplo, que las ventanas de las habitaciones estaban lejos de su alcance.

Ya no tenía margen de error. Esa comprobación le llevaría solo unos minutos, y, si tenía que descartar su plan, prefería hacerlo cuanto antes.

Sin pensarlo más, y sin bajar de su ángulo, se concentró un momento frente al tejado de Walden, flexionó las piernas y, de un solo impulso, emulando con bastante precisión sus movimientos de la vez anterior, se encaramó de un salto sobre el tejado de Walden.

Eso sí, una vez arriba tuvo que descansar durante un buen rato, mareada por el esfuerzo que acababa de realizar.

Se incorporó penosamente, y comenzó a ascender desde el ángulo de la terraza hacia la chimenea.

Notaba la cabeza llena de lucecitas, y cada paso le suponía un desgaste enorme, haciéndola sentir cada vez más mareada e indispuesta.

«Si este mínimo esfuerzo ya me hace estar así, ¿cómo voy a poder sostener el peso de mi cuerpo y descolgarme por una cuerda?».

Pero estaba convencida de que lo lograría. Es más, no tenía la menor duda.

Soplaba aire, y Walden se cimbreaba levemente sobre sus árboles.

El rumor del viento entre las ramas parecía haberse llevado el mundo entero.

Se sentía al mismo tiempo equilibrista de circo, espía secreto y enferma senil, sobre todo porque a su cabeza, que parecía haberse independizado de ella definitivamente, le parecía oportuno comentar cada paso que daba:

«Es increíble lo de esta chica, señoras y señores. Agotada, descalabrada… y sigue caminando. ¡ Sigue caminando! ¿De dónde saca sus fuerzas? La mayoría de los expertos coincide en señalar que no lo conseguirá…».

Pero ella tenía muy claro de dónde provenían sus fuer zas: de la imagen de Dani encogido sobre el suelo de Walden. Todo lo demás había desaparecido, particularmente el miedo, que se había convertido en algo indigno de consideración, como la conversación ajena de unos desconocidos.

A nivel físico era otra cosa, eso sí. Las pilas se agotaban, y no tenía otras de repuesto.

A cuatro o cinco pasos de alcanzar la chimenea optó por echarse al suelo y continuar a cuatro patas, temerosa de que sus fuerzas finalmente la abandonasen y se fuese rodando tejado abajo.

Y así continuó aproximándose poco a poco, brazada a brazada como un cauto lagarto, dejando la chimenea a su derecha y ascendiendo, siempre ascendiendo…

, hasta alcanzar, por fin, el punto más elevado del tejado de Walden.

Una vez allí continuó gateando a lo largo de su vértice, pero esta vez hacia el fondo de la casa, en dirección al árbol y la antena de la televisión.

La grama se escurría bajo sus manos y se sentía más expuesta que nunca a las fuerzas del «otro lado», en especial a las de su perverso emisario, el viento, aunque el hecho de repartir su peso entre ambos lados del tejado también la hacía sentir más afianzada.

Cuando alcanzó a Dougli se incorporó lentamente hasta quedar de rodillas y comenzó a rodearlo por el lateral que sobresalía menos, el derecho, abrazándose a él como un desmañado koala.

En cuanto pasó al otro lado se echó de nuevo al suelo y siguió reptando hacia el final del tejado, sintiendo cada latido de su corazón a medida que se aproximaba.

Sorteó con facilidad la antena de la televisión (no sin antes comprobar su, en efecto, escasa fiabilidad, haciéndola oscilar hacia un lado y otro como un junco), y, por fin, terminó de cubrir el escaso metro y medio que separaba la antena del final del tejado.

Se aferró a su cortado con ambas manos y asomó la cabeza sobre el abismo de Walden.

La nueva perspectiva resultaba sencillamente aterradora.

A pesar de su indiferencia general, no pudo evitar sentir un brusco bandazo en la boca del estómago al pensar en lo que se disponía a hacer.

Aunque, a esas alturas —« nunca mejor dicho, jaja»—, ya se sentía una experta en reducir el pánico a su mínima expresión.

En cuanto logró domarlo, volvió a concentrar toda su atención en lo único que realmente importaba: las dos ventanas.

Allí estaban, a escasos dos metros de distancia la una de la otra, allí…

abajo. La de su habitación, a la derecha, quedaba definitivamente demasiado lejos de cualquiera de sus dos puntos de amarre.

En cambio la ventana de la habitación de Dani, un poco a su izquierda, comparecía casi en perfecta línea recta respecto a Dougli, y, quizá algo menos, aunque también de un modo viable, de la propia chimenea.

«Bien. Por fin un poco de suerte».

Satisfecha con su inspección, retrocedió con cuidado y se dispuso a volver por donde había venido.

En cierta ocasión, de pequeña, se le había colado su muñeca favorita en la casa abandonada que lindaba con la suya, allí en Carmona, y a su padre no se le ocurrió mejor idea que descolgarla desde el balcón de su habitación hasta el patio de la casa del vecino, atándola por la cintura con una cuerda.

¿Podía hacer más de veinte años de aquello?

Y tanto que podía.

Se rieron mucho aquel día… Su padre le revolvió el pelo y la invitó a una Coca-Cola, cosa que solo hacía en los momentos muy especiales, y, de hecho, ese era uno de los escasísimos recuerdos bonitos que tenía con él, tanto que, más de veinte años después, podía evocarlo con toda nitidez.

Incluso recor daba lo que llevaba puesto aquel día: un vestido azul marino, sin mangas, y unas bambas beige de goma.

Y también recorda ba el modo en que se le clavaba la cuerda bajo las costillas mientras su padre la bajaba, y cómo, a pesar de ello, resistió sin quejarse ni una vez.

Ahora también resistiría.

Cuando descendió del tejado necesitó descansar otro buen rato. Aquel era su último cartucho, de eso no tenía dudas. Las fuerzas ya no daban para más.

En todo ese tiempo había evitado voluntariamente mirar al interior de Walden para no desperdiciar ni un átomo de energía, pero al alcanzar la terraza compareció Dani desde su umbral, y, ahora sí, Erika sintió que se desmoronaba.

Un niño enfermito la miraba desde el otro lado del cristal; un niño escuálido, triste…

, inerte. Parecía una foto antigua de Dani.

Su rostro, habitualmente sonrosado y lleno, aparecía flojo y decaído, grisáceo, y unas crueles ojeras moradas, casi negras, enmarcaban unos ojos velados y casi sin vida, hundidos en sus cuencas.

Un círculo blanquecino rodeaba su boca…, y Erika conocía a la perfección el significado de ese círculo.

Pero lo peor de todo era su actitud desganada, decaída…, sin fuerzas.

Tenía poco tiempo, muy poco.

Dani apoyó sus manitas contra el cristal y la miró sin poder hacer nada más, aunque enseguida se dejó caer de culo sobre su pañal.

«Su pañal…, Dios».

Un saco informe, un bolsa grotesca, atestada de inmundicia, con la que llevaba cargando tres días.

Erika dejó de mirar, pero, al girarse y dejarlo de nuevo atrás, sentado en el suelo como un muñeco de trapo, sintió que algo se le rompía por dentro, de una vez y para siempre. Algo íntimo, inmaculado…

Y se maldijo por ello.

Y maldijo a Alonso.

Un cartucho, eso era todo lo que le quedaba.

Y solo dos dianas posibles: entrar o morir.