Capítulo 28
La idea de que Alonso, su marido , el padre de su hijo, los hubiese abandonado le resultó tan monstruosa que, durante unos minutos, Erika ni siquiera pudo volver a pensar en ello, como cuando se tapaba la cara con el cojín en las peores esce nas de una película de terror.
Y permaneció así durante un tiempo, recogida sobre sí misma y aglutinando las escasas fuerzas que aún pudiesen quedarle, aunque sin saber ni siquiera para qué.
Cuando comprendió que la única tabla de salvación que los amparaba acababa de desaparecer, de algún modo, se liberó.
No hay estímulo como el de perder la última esperanza, ni lastre más pesado.
Saldría de allí por sus propios medios.
Había algo de lo que sí estaba segura: su hijo no iba a morir allí, frente a sus ojos, deshidratado o por inanición, sin que ella diese hasta la última gota de su sangre por evitarlo.
Por que eso era exactamente lo que estaba sucediendo: que Dani se estaba muriendo.
Si había una sola posibilidad de poder en trar, la encontraría, costase lo que costase.
No perdería más energías en lamentarse o en pensar en los motivos que pudiese tener Alonso para abandonarlos , sino que concentraría las que aún le quedasen en esa única cuestión: entrar, entrar a toda costa.
Su vida entera se reducía a eso.
La opción de descender de Walden y buscar ayuda quedaba definitivamente descartada. Ya era tarde para eso. Con las energías que le restaban no llegaría muy lejos .
¿Qué le quedaba?
Encontrar una vía de acceso al interior de Walden. Realmente era la única opción.
La puerta, la chimenea…, las ventanas.
Las ventanas.
A diferencia de la puerta corredera, las ventanas no eran blindadas, sino de cristal ordinario .
Y lo sabía bien porque la primera noche que pasaron en Walden Alonso rompió una de ellas, la del baño en concreto, al golpearla con la escalera de mano mientras trataba de cambiar una bombilla, lo que los obligó a mantener esa puerta siempre cerrada hasta que pudieron arreglarla.
Recordaba lo desagradable que era ir al baño en esos días y lo maravilloso que les pareció cuando, por fin, pudieron volver a hacer uso de él en mitad de la noche sin tener que regresar a la cama con el culo helado.
Pero el problema era evidente: su acceso, desde el exterior, resultaba imposible.
Por eso precisamente no había sido necesario poner ventanas blindadas. Nadie podría entrar por ahí.
«Nadie… salvo , quizá, una madre desesperada».
En efecto, desde abajo era imposible alcanzarlas.
En cambio desde las alturas…
Al fin y al cabo, esas ventanas tan frágiles no dejaban de estar situadas debajo del tejado de Walden, al cual, por cierto, sí que tenía acceso.
Y también tenía una cuerda.
«No puedes estar pensando algo así. Es una locura».
«Por supuesto que es una locura, ¿y qué otra cosa esperabas?».
Y aun así era menos locura que permitir que su hijo muriese allí mismo sin hacer nada. Si tenía que morir, prefería hacerlo intentándolo todo, también lo disparatado, que viendo cómo Dani se iba quedando sin fuerzas, apagando poco a poco… hasta extinguirse del todo.
Porque eso sí que la volvería loca .
«Problemas desesperados exigen decisiones desesperadas».
Ahora era su jefe de residentes quien, al parecer, se animaba a comparecer —«está claro que aquí dejan entrar a cualquiera»—, el gilipollas de su jefe de residentes, con su mismo tono petu lante y autosuficiente de siempre incluido.
Pero llevaba toda la razón, por cierto. De hecho, su situación era más que desesperada.
Dani no resistiría más allá de ese día, sencillamente.
Había perdido toda la jornada anterior dando por hecho que llegaría Alonso y los liberaría —una irresponsabilidad más, eso de relegar la vida de su hijo a una sola opción, en una lista ya demasiado larga—, pero eso también daba ya igual. Tenía que actuar de inmediato.
«¿Actuar? ¿Y cuál es el maldito plan? ¿ Entrar por la ventana, a lo Indiana Jones? En las películas el cristal es de plástico, Eri, en la vida real no. Te cortarás, te degollarás».
Dejando a un lado lo de degollarse, el hecho de cortarse un poco, incluso el hecho de cortarse mucho le parecía un precio perfectamente razonable por entrar. Claro que si se cortaba de verdad de poco le serviría…, pero no se podía prever todo en esta vida.
«Si me descolgase poco a poco, podría romper el cristal de una patada y luego tratar de entrar de algún modo. No parece tan difícil».
Walden tenía muchas ventanas. ¿Cuál era la más accesible?
Las dos de las habitaciones se encontraban al otro lado de Walden, en la cara oculta de la luna, o, menos poéticamen te, el culo de Walden.
No podía verlas, pero conocía de sobra su tamaño, más que suficiente para poder entrar por ellas.
En cambio la diminuta ventana del baño, aunque en apariencia más accesible que las otras dos al estar ubicada en el mismo lateral en el que ella se encontraba, resultaba demasiado pequeña incluso para el tamaño de Dani.
Además, esa ventana tampoco se encontraba realmente a su alcance, pues la terraza de Walden se interrumpía poco antes de llegar a su altura.
«¿Por qué se interrumpe?».
Lo recordó antes de mirar en su dirección: por el hueco de la caldera.
Luego estaban los inmensos ventanales del salón, cubriendo casi toda el ala oeste desde el suelo hasta el techo, y que otorgaban a la estancia su espectacular vista.
Pero, precisamente por ser tan grandes, le parecía mucho más difícil poder abordarlos.
A mayor tamaño mayor cantidad de cristal, y, por lo tanto, más posibilidades de cortarse.
Y también parecía más complicado poder agarrarse a algo una vez que los hubiese atravesado.
Y con las paredes 3 D de la ducha pasaba lo mismo, eran demasiado grandes como para poder maniobrar con un mínimo de seguridad.
Por último estaba la ventana del comedor.
A priori parecía algo más accesible que las otras, aunque también podía deberse al hecho de que era la única, junto con la del baño, que podía ver desde donde estaba.
Pero era demasiado estrecha…, alargada y estrecha.
Sería imposible entrar por ahí sin desollarse viva.
Y había otro motivo para descartarla: aun siendo la más cercana al lugar en el que ella se encontraba, también era la más distante respecto al previsible punto al que ataría su cuerda, es decir, la chimenea.
Claro…, esa era la clave en realidad. La ubicación en sí de la ventana no importaba tanto como su distancia respecto al punto de amarre. Por ahí era por donde debía empezar.
Para su sorpresa volvía a sentirse relativamente lúcida, y sabía que debía aprovechar esa nueva e inesperada ola.
Había jurado no volver a acercarse a aquel lugar en su vida, pero se encontró encaminándose de nuevo a su ángulo de acceso a las alturas para poder echar un mejor vistazo, aunque sin subir al tejado por el momento.
Ascendió por sus improvisados peldaños de madera y, agarrándose bien con ambas manos a su conocido poste, se dedicó a observar la topografía del tejado de Walden con toda atención.
Lo primero que atrajo su vista como un imán fue la chimenea, por supuesto, indiferente y enhiesta, un impasible ídolo de piedra cuya sola visión ya bastaba para acelerar sus pulsaciones.
Luego, a unos dos metros de distancia hacia el fondo de Walden —es decir, hacia el lado de las habitaciones—, el propio árbol, Dougli, que asomaba por su abertura como un coloso impasible y obsceno, para terminar prolongándose hacia las alturas.
Y un poco más adelante todavía, casi al borde del tejado, el extremo cimbreante de la antena de la televisión, a la que hasta entonces no había prestado ninguna atención.
Erika permaneció un rato valorando sus tres opciones.
Aquellos tres baluartes —chimenea, árbol y antena— se encontraban más o menos alineados entre sí sobre el ángulo más elevado de Walden, a orillas del vértice de la V invertida que conformaba el tejado.
Y, aunque la ubicación de la antena re sultaba estupenda respecto a las ventanas de las habitacio nes, su reducido diámetro era, a todas luces, insuficiente para soportar su peso.
La verdad es que era una pena, pues su escaso grosor habría resultado óptimo para poder atarse sin desperdiciar cuerda.
Dougli, en cambio, le parecía demasiado grueso, y la chimenea estaba demasiado lejos.
Su vista continuó descendiendo el tejado en zigzag en bus ca de cualquier otra opción sin encontrarla, hasta alcanzar el ca nalón de agua que recorría toda la parte baja del tejado y que ya había descartado por su evidente fragilidad.
Tras revisar el conjunto, Erika volvió a contemplar la chimenea y el árbol, en principio sus dos únicas opciones viables, y entonces reparó en un nuevo condicionante: no solo debía elegir el punto de amarre en función de su cercanía, sino que este también de bería estar más o menos alineado respecto a la ventana, pues la tensión que se establecería en la cuerda al sostener su peso la haría descender previsiblemente en línea recta.
En caso contrario, tendría que balancearse como un péndulo para poder alcanzar las ventanas, a lo Misión: Imposible , pero sin ser Etha n Hunt precisamente.
Cuántas dificultades… para alguien que llevaba tres días sin comer y sin beber, y padeciendo como no lo había hecho en toda su vida.
Eso sí, una vez dentro lo tenía todo: agua, comida y, sobre todo, las llaves de la scooter.
Por un momento se imaginó la escena, alimentando e hidratando a Dani precipitadamente y quitándole aquel abominable pañal para tomar a continuación la moto y dirigirse directa a la comisaría de policía más cercana, a denunciar a su marido…
Pero ahora tampoco debía pensar en eso.