Capítulo 27
Erika permaneció mirando las flores durante largo tiempo, sin comprender.
Alonso solía traerle los ramos que le regalaban en sus conciertos, y, cuando estaban en Walden, los colocaban siempre en ese mismo jarrón, donde permanecían durante cinco o seis días.
Después, antes de que las flores se pusiesen feas, ella las sacaba del agua y las clavaba bocabajo en la terraza o en cualquier otro lugar, pues le daba pena tirarlas.
No obstante Alonso tenía demasiados conciertos y el espacio en Walden no era ilimitado, así que terminaron limitando su particular «jardín siniestro» (como lo llamaba Alonso) a los apenas dos metros cuadrados de pared que tenían a la izquierda de su piano, entre la puerta corredera y el baño.
Pero hacía más de quince días desde el último concierto de Alonso…
, y recordaba perfectamente haber clavado el último ramo ella misma, cuando el agua ya amarilleaba y las flores decaían.
Sin contar con que no habían salido de allí para nada en las últimas dos semanas, claro, salvo para hacer alguna que otra compra en el pueblo.
Y esas flores parecían frescas, recientes.
No entendía nada.
¿Podía ser que Alonso las hubiese cogido del bosque antes de marcharse y ella no las hubiese visto?
No, no podía ser, entre otras cosas porque esa variedad de flores ni siquiera crecían en el Gorbeia. Además, desde don de estaba veía perfectamente la cinta que las rodeaba, y hasta le parecía adivinar en sus letras rojas e inclinadas el nombre de una famosa floristería: l’art .
No tenía sentido que esas flores estuvieran allí, sencillamente.
Pero ahí estaban.
Una mariposa de ilusión se posó en su estómago.
¿ Y si Alonso acababa de regresar y ella no le había oído y hubiese regresado un momento al coche a coger algo?
Erika se precipitó a la barandilla de la terraza como un niño en la mañana de los Reyes Magos. Pero, al mirar hacia su garaje de madroños, no encontró ni rastro de Alonso ni tampoco de su coche.
Su desconcierto aumentó.
¿Podía ser que Alonso hubiese entrado en casa, dejado allí las flores y se hubiese vuelto a marchar al pueblo a hacer cualquier recado sin llegar a verlos ?
Alonso era lo bastante despistado para eso.
Podía verlo, repasando mentalmente algún pasaje de su último concierto, sin ver nada, sin oír nada…
, quizá dando por hecho que ellos seguían dormidos.
«¿Cómo va a haber entrado y no ver al menos a Dani?».
¿Y si era al revés? Que los hubiese visto y, comprendiendo enseguida la gravedad de la situación, hubiese salido disparado en busca de ayuda.
«¿Ir en busca de ayuda sin socorrernos antes? Sin darnos agua, sin abrirme la puerta… Eso no tiene ningún sentido».
Erika empujó la puerta por acto reflejo, que se mostró tan hermética como siempre.
Cuantas más vueltas le daba, menos entendía el misterio.
Lo único que tenía claro es que Alonso había estado allí.
¿Y si hubiese venido la noche anterior después de todo, llegando tan cansado que se hubiese ido directamente a dormir?
«Pero… se habría extrañado de no encontrarme en la cama, digo yo. Además, en ese caso, ¿dónde estaba su coche?».
No, era imposible que Alonso hubiese regresado ya.
De lo contrario estaría allí su coche, eso no tenía vuelta de hoja.
Y tampoco podía ser que los hubiera visto y se hubiese mar chado otra vez a comprar el pan.
Esas flores tenían que estar ahí desde el viernes, no había otra posibilidad, solo que no había reparado en ellas.
A veces le ocurría, lo más obvio le pasaba desapercibido.
A saber cuántas cosas más no se le estarían escapando estos tres días…
Pisadas.
Pisadas en el suelo.
Erika sintió que se le encogía el estómago.
A pocos metros de la entradita, en el pasillo que se formaba entre la espalda del gran sofá y la mesa del comedor, tres pisadas adultas comparecían con perfecta nitidez a un metro escaso del lugar donde yacía Dani.
«No puede ser…».
Erika se aproximó a la puerta hasta pegar su frente contra el cristal y aguzó su vista al máximo , pero en realidad no hacía ninguna falta. Con la luz oblicua de la tarde aquellas huellas se verían desde el otro extremo de la terraza.
«¿Me vas a decir que esas pisadas también llevan ahí desde el viernes?».
Esas pisadas no podían llevar allí desde el viernes por el sen cillo motivo de que, si estaban ahí, era precisamente por el ag ua que había derramado Dani.
Y eso había sucedido después de que Alonso se marchase.
De hecho, aún se podía distinguir el sinuoso cerco color pardo que había dejado el agua sobre el entarimado de Walden, a pesar de estar ya casi seco, y las blanquecinas ondas difuminando el curso de la madera en su interior.
Esas ondas desleídas aparecían interrumpidas por las huellas de unos zapatos adultos…, ligeramente embarrados para más señas.
Alonso había estado allí, los había visto … y se había marchado.
«¿Por qué?».
«¿De verdad quieres hacerte esa pregunta?».
La crudeza de aquella voz alienígena la aturdió como un puñetazo.
Sin darse cuenta, Erika se preguntó a sí misma en un susurro:
—Pero… ¿qué estás diciendo?
«Estoy diciendo que esas flores ayer no estaban; estoy diciendo que alguien las ha tenido que poner ahí.
Pero , sobre todo, estoy diciendo que esas huellas solo se han podido formar después de que Dani derramase el cubo de la fregona.
De hecho, de haber sido al revés se habrían borrado al caer el agua sobre ellas».
«Alonso ha estado aquí, os ha visto y se ha marchado».
Un largo gemido comenzó a brotar del pecho de Erika. Sus ojos parecían a punto de saltar de sus órbitas.
«¿Por qué…?».
«Por lo mismo que se marcha a Walden a estudiar cada día; por lo mismo que ves en su rostro cada vez que le interrumpes… Porque le sobráis».
«No …, me niego a creerlo. Tiene que haber una explicación lógica para esto, solo que eres tan estúpida que ni siquiera se te ocurre. En cualquier momento aparecerá, y entonces deberás sentirte avergonzada. Ha ido a buscar ayuda, está claro. Alonso no es un monstruo».
«Un monstruo no…, solo un adicto ».
«Y los adictos anteponen sus adicciones a cualquier otra cosa ».
Con esa última idea Erika sintió de pronto mucho frío , como si tuviese fiebre y se acabase de desnudar. Se abrazó a sí misma y comenzó a escurrirse sobre sus piernas como si se derritiese, hasta quedar sentada de nuevo frente a la puerta corredera.
Miró de nuevo a Dani , inmóvil desde hacía ya muchas horas, y supo que estaban perdidos.