Capítulo 26
Julius Korzeniowski había dedicado la mitad de su vida a desmontar las cosas para entender su funcionamiento, y la otra mitad a volver a montarlas.
Esa había sido su escuela de ingeniería.
Partiendo de ahí había diseñado, fabricado y registrado más de treinta patentes, algunas de ellas realmente exitosas, lo que le había permitido abandonar su anterior oficio como peón de la construcción para dedicarse de lleno a su verdadera pasión: los inventos.
Criado en el campo, no habiendo pisado un colegio en su vida y predestinado, en principio, a seguir los pasos de su padre en los huertos de su Cracovia natal, Julius nunca se hubiese imaginado que alguien pudiera ganarse la vida solo con su ingenio.
Hasta que una empresa española se interesó por primera vez en su «dispensador mecánico para animales» (cuya autonomía, a diferencia de los eléctricos, no se agotaba nunca, y por lo tanto carecía de coste energético), y el beneficio económico que aquello le reportó superó con creces todo lo que había ganado hasta ese momento trabajando con su padre.
Fue entonces cuando decidió trasladarse a España y probar fortuna, comenzando a trabajar como bracero precisamente para Basilio, el marido de la prima segunda de su madre, en espera de nuevas oportunidades.
No tuvo que esperar demasiado: su «educador bovino» —un entramado autónomo de sensores y rieles para el cuidado del ganado— fue un éxito casi inmediato, y en esta ocasión sus ingresos duplicaron los anteriores en pocos meses.
El propio Julius ignoraba cómo se le habían ocurrido aquellos inventos o si sería capaz de repetirlos, y por ese motivo aceptó el que sería su segundo y último empleo estable en España, esta vez en la construcción.
Lo que sí notaba era algo fuera de lo común en sí mismo.
Las ideas se le agolpaban en la cabeza pugnando por salir, como el agua de una presa a punto de desbordarse, como si estuviese rodeado de un millón de puertas que abrir y no supiese por cuál decidirse.
Hasta que abrió la tercera de ellas, un inverosímil economizador de riego, y la presa, por fin, comenzó a desbordarse.
Julius dejó su trabajo en la obra, construyó con sus propias manos un taller a su medida, cerca de Bilbao, y decidió dedicarse de lleno a sus inventos.
Recluido en su estudio, amparado por la tenue luz de su lámpara incandescente de creación propia y dirigido únicamente por su instinto, Julius se sentía liberado y preso al mismo tiempo, como un alcohólico que se hubiese instalado a vivir en su propia bodega.
Todo tipo de ideas inverosímiles, aparentemente desconectadas entre sí, se enlazaban en su imaginación insondable, y Julius asistía asombrado a un rutilante desfile de cuyo origen o desenlace, en realidad, no tenía la menor idea.
Se limitaba a trascribir cuanto veía, mediante unos dibujos que solo él podía entender, después lo pasaba a un idioma inteligible y seguía trabajando en ello durante meses, hasta el momento en que, por fin, acudía a su oficina de patentes.
Solo entonces descansaba.
Con su quinta patente, Julius Korzeniowski ya se había convertido en Julio, y su verdadera vida acababa de comenzar.
El goteo se convirtió en torrente , y pronto tuvo que contratar un servicio especial en su gestoría que le ahorrase todos esos viajes y papeleos y se ocupase de las constantes actualizaciones y mejoras de sus anteriores patentes.
Eso sí, para el sagrado momento de registrar una nueva patente por primera vez, no confiaba en nadie más que en él, y acudía siempre solo al registro.
Con el tiempo terminó familiarizándose con los planos, las leyes (tanto las físicas como las judiciales) y los programas in formáticos, que aborrecía con toda el alma.
A cambio, sus patentes fueron haciendo de él un hombre rico.
Pero el dinero nunca le interesó tanto como el hecho de poder librarse de aquellas ideas que lo acosaban incluso durante el sueño.
De hecho, seguía viviendo como un humilde obrero, cenando casi invariablemente los bigos de su Polonia natal cada noche y vistiendo los mismos pantalones raídos.
Y trabajando bastante más que en aquellos años, por cierto.
Pero aquel sábado por la tarde decidió que ya no trabajaría más.
Llevaba catorce horas seguidas enfrascado en su «generador magnético» —un revolucionario invento que, de ser capaz de terminar, aglutinaría un sorprendente caudal de energía luminosa utilizando la simple dinamo de una bicicleta— y, aunque en verdad le daba igual que fuese sábado o martes , pues para él no había diferencia alguna, llevaba cincuenta días seguidos enfrascado en su generador y sabía cuándo estaba perdiendo el tiempo.
La creatividad, por desbordante que fuera, tenía sus exigencias, y obligaba a guardar un mínimo barbecho de cuando en cuando, ese que a veces costaba tanto distinguir de la apatía.
Debía parar, un día como mínimo, preferiblemente dos , y esperar a que se posase un poco todo aquello que ahora mismo levitaba a su alrededor como si fuese un brujo abrumado por los espíritus que acaba de convocar .
Entonces se le ocurrió la idea de visitar a su querida sobrina Erika… y a Alonso, su marido, al que quería como a un hermano. Hacía ya algún tiempo que no sabía nada de ellos, salvo que, desde la muerte de Micaela, se habían recluido en Walden.
Qué terrible había sido lo de Micaela. Por suerte los chicos parecían haberlo encajado bastante bien.
Además, así aprovecharía para atar algunos flecos que había dejado sueltos por allí (Julio era una de esas naturalezas incapaces de ir a visitar a alguien sin aportar algún bien): anclar los muebles a la pared, por ejemplo, no fuese a ser que algún día se le cayesen al niño encima; rematar algunos resquicios que faltaban con masilla para que no entrasen bichos…
, y alguna cosa más. Y, en ese momento, aunque derrengado literalmente sobre el sofá de su estudio, en el que dormía más que en su propia cama, le pareció una idea estupenda .
Los llamaría ahora mismo y pasaría a verlos al día siguiente.
Pero antes de eso… se tomaría otra Voll-Damm («por no tomarnos una cerveza no nos va a salir mejor», solía decir su padre, frase que a Julio siempre le había parecido de una sabiduría infinita), se levantaría de aquel sofá, que tenía el imperdonable defecto de ser demasiado cómodo, y le daría una vuelta más al jodido imán del alternador, vaya si lo haría, antes de amodorrarse más de lo que ya estaba.
«Tiene que ser la turbina , como hay Dios, la turbina de los cojones que no está alimentando bien el compresor, ya te pasó aquella vez , acuérdate, si puedes hacer que se retroalimente el impulso inicial, ya valdría para activar por sí solo el eje de la dinamo y hacerla trabajar, como te enseñó el tío Apoloniusz, el bueno del tío Apoloniusz que se murió de cáncer el pobre mientras tú acarreabas barreños de agua de sol a sol como un hijoputa, aquello sí era duro, amigo, y no esto, menos mal que te escapaste de los barreños, joder, que te dejaban las manos como cuero esponjado, que te ibas a la cama tan cansado que no podías ni pensar, qué bien hiciste en hacer caso al pobre Apoloniusz… ».
La imaginación tiene vida propia, la divagación solo es su sombra.
La unión de ambas da lugar al sueño.
Julius Korzeniowski dormía.
A la mañana siguiente se había olvidado por completo de su idea de visitar a Erika, de los muebles de Walden y hasta de su misma existencia, y lo único que habitaba en su mente era cómo hacer funcionar de una vez la turbina de su «generador magnético».
Pasó el domingo entero enfrascado en ello y ese mismo día regresó a la cama despreocupado y feliz por primera vez en los últimos dos meses, convencido de haberlo resuelto y haberse librado, por fin, de aquella obsesión que tanto lo torturaba.