Capítulo 25 #3
Dani, por supuesto, ya estaba más que acostumbrado a convivir con aquella sombra ausente y silenciosa que era su padre, pero ella no lo estaría nunca.
Alguna vez había pensado que, con el tiempo, Dani también iría perdiendo interés en él, pero no era así para nada, con esa cualidad tan caprichosa del amor que tantas veces parece elegir a quien más lo desdeña.
Dani lo prefería abiertamente a él, ya fuese a la hora de levantarlo de la siesta —algo que siempre le costaba mucho— o para leerle un cuento antes de irse a dormir, que era una de las mínimas cosas que Alonso hacía alguna vez con él.
A ella no le importaba, todo lo contrario, pero le dolía que el cariño de Dani hacia su padre no fuese correspondido.
Dani era muy sentimental, igual que ella misma, y , de vez en cuando, durante la comida, se abrazaba a la pierna de Alonso con todas sus fuerzas y le decía: «Te-ero, papi», mientras que Alonso, sin prestarle atención alguna, seguía tamborileando sobre la mesa el pasaje pianístico que estuviese trabajando en su cabeza en ese momento.
Frente a su piano, en cambio, era la viva imagen de la devoción. Toda su pasión, toda su vitalidad, todo Alonso estaba ahí.
Para todo lo demás, parecía siempre indiferente o distraído .
Erika se había reprochado mil veces esos pensamientos y muchos otros, diciéndose a sí misma que Alonso era así y que su forma de manifestar su cariño no tenía por qué ser la misma que la de ella. Hasta que comenzó a percibir también su malestar hacia su simple presencia …
Su divagación se interrumpió al captar por el rabillo del ojo algo de movimiento en el interior de Walden: Dani acababa de cambiar de posición, y Erika volvió a preguntarse cómo lo iba a hacer para aguantar las próximas horas .
Pero las horas fueron pasando, una a una, largas, pesadas , tediosas…
y llegó un momento en que comenzó a dudar también sobre si, al fin y al cabo, no se habría equivocado en el recuento de las horas y de los días.
Su cabeza llevaba ya demasiado tiempo sin funcionar bien .
Quizá se equivocó cuando perdió el conocimiento, tras darse el golpe en la cabeza.
Si de verdad era domingo, Alonso tenía que haber llegado ya.
Y se sentía tan dispersa …
La difusa somnolencia del día anterior la acechaba de nuevo , y solo deseaba dejarse ir de una vez, sin más , dejarse arrastrar por esa misteriosa embriaguez que tiraba de ella hacia algún lugar remoto.
Conocía esa embriaguez, la había visto en muchos de sus pacientes al recibir una noticia pésima , o, más frecuentemente aún, en los familiares de sus pacientes : un marido que perdía a su mujer en un accidente de tráfico, una madre desesperada al perder a su hijo…
La conciencia se desconectaba de algún modo, se quitaba de en medio, y su portador, agradecido, perdía el conocimiento.
Lo único que le impedía hacerlo era Dani.
Pero Dani ya no jugaba. Dani ya no se movía…
Dani ya no hacía nada.
El bosque parecía contribuir a intensificar su sopor , y, a medida que avanzaba el día, parecía incrementarse también ese sordo fragor que la rodeaba, monótono, uniforme, recalcitrante .
Su cabeza, derrengada, volvía a divagar una y otra vez sin orden ni concierto, evocando ahora a don Bernardino, nada menos, su profesor de primaria.
«Qué cosas nos depara la mente…».
Bajito, encogido de hombros, calvo y con una barba larga como la de un enanito del bosque, don Bernardino irradiaba fuerza, confianza en sí mismo y autoridad.
Nunca había conocido a nadie que hiciera un uso tan eficaz del silencio como aquel hombre.
Allí donde otros profesores se desgañitaban tratando de hacerlos callar, don Bernardino se limitaba a mirarlos, uno a uno, y en silencio.
Una mirada extrañada, dolida, que preguntaba claramente, tan claramente que casi podía oírse:
«Pero… ¿cómo has podido?».
Ante aquella mirada incrédula el silencio se imponía como una losa, tan pesado y angustioso que se podía oír con toda claridad el tic tac del reloj de la clase.
Nadie era capaz de soportar esa mirada sobre sí mismo y seguir hablando, ni siquiera los más rebeldes; y, desde luego, nadie osaba interrumpir ese silencio.
Don Bernardino no hacía nada más , solo mirarlos, pero el hecho de hacerlo de forma individual y no a todos a la vez lo cambiaba todo .
Si hubiesen estado solos con él, ya habría sido malo.
P ero a la vista de los demás… resultaba sencillamente insoportable , como si aquella mirada extrañada sacase a colación lo peor de cada uno de ellos, haciendo aflorar a la superficie lo que tanto deseaban ocultar.
El silencio de aquel bosque era de la misma naturaleza sádica.
Muchas horas más tarde Erika ya se había convencido por completo de haberse equivocado en sus cálculos. Y Dani seguía sin moverse.
Miró una vez más a través del cristal, buscando por enésima vez algo que beber, algo de comida, lo que fuese.
Su vista planeó de nuevo sobre el sofá, con su mantita para las películas del sábado noche pulcramente doblada a sus pies, el piano de Alonso, reluciente como un espejo bruñido , el escaso mobiliario de Walden, distribuido por rincones…
Entonces fue cuando vio las flores sobre la mesa de la entradita .