La casa del árbol Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Y en eso consistía, a grandes trazos, ser adulto, y más concretamente ser madre: no perder nunca de vista el puto barco.

Podía imaginar a la perfección el titular, ocupando quizá un par de minutos al final de los telediarios:

«Una madre y su hijo mueren encerrados en su particular vivienda, ubicada en la copa de un árbol».

Y también podía ver a todos esos miles de desconocidos meneando la cabeza a un lado y a otro con condescendencia, y hasta escuchar sus comentarios:

«Si es que…, a quién se le ocurre».

No, las cosas no siempre pasaban por algo. Otra tontería más de los pueblos al fin y al cabo , fruto de la ignorancia y la superstición. Las cosas pasaban porque sí. Y todavía pasaban más porque sí cuando una la cagaba.

Y esa era la única verdad universal que ella había conocido.

¿Qué motivo había, en el nombre del Señor, para que su hijo tuviese que pasar por esto ?

«Pero, hija…, eso todo el mundo lo sabe».

«Pues hay algo que también sabe todo el mundo, mami: si salgo de esta, no vuelvo a Walden ni atada».

Aunque, bien pensado, aquella sensación tampoco era nueva, la de la culpabilidad .

De hecho, ¿había conocido un solo día, en su breve experiencia como madre, en el que no se hubiese sentido culpable por algo?

Estaba bastante segura de que no. Ese estigma vergonzoso que parecía amenazarlas solo a ellas, ese temor abominable del que ninguna hablaba pero que parecía acecharlas en todo momento y que se concretaba en esas tres aterradoras palabras: ser mala madre.

Ese terror pare cía estar ahí desde el principio, comenzando con las enferme ras del parto hasta llegar a sus escasas amigas actuales.

Incluso desde antes, desde aquella matrona hombruna y desconcertantemente directa, que sacudía la cabeza con desdén ante cada pregunta que ella le formulaba, haciéndola sentir la última de la fila en el reparto del instinto maternal.

Pasando por su pediatra, por supuesto, las profesoras de infantil, las enfermeras sin hijos, que, por algún desconocido motivo, se sentían autorizadas a regañarlas…

Todas ellas, siempre mujeres, parecían encargarse personalmente de asegurar y fijar ese temor de cualquier madre primeriza con aparente placer , como partícipes desdeñosas de una suerte de conspiración universal.

Ser mala madre .

Incluso había llegado a tener una certeza increíble en alguna ocasión: que la aconsejaban mal queriendo .

Era difícil entenderlo de otro modo, al observarlas a ellas mismas haciendo todo lo contrario a lo que aseguraban que había que hacer o (lo que ya le parecía el colmo) aconsejándola lo que a ellas les había ido mal .

Y todas compartían ese insólito patrón común: tenían clarísimo lo que había que hacer en todo momento , incluso las más inexpertas, lo que no dejaba de ser curioso teniendo en cuenta la cantidad de veces que la tajante seguridad de las unas se contradecía con la tajante seguridad de las otras.

Poco importaba. Todas sabían lo que había que hacer. Todas.

Menos ella.

¿Se había sentido preparada alguna vez para ser madre? O, más bien, ¿existía eso de «sentirse preparada» para algo tan… impredecible?

Aun así, siempre le había parecido importante escucharlas, aunque ni ella misma habría sabido decir por qué.

«¿A ti cómo te gusta dormir? Acompañada , ¿no? Pues a tu hijo igual. ¿Y se lo vas a impedir?».

«Tiene que aprender a dormir solo desde el principio. Acostúmbrale a dormir contigo, y ya no querrá otra cosa. Le harás un niño miedoso e inseguro».

«¿Vas a permitir que se pase la noche llorando porque echa de menos a su mamá? Ten por seguro que él está aterrorizado».

«Hay que dejarles llorar por la noche . Es lo mejor para que se acostumbren. Método Estivill. ¿No lo conoces?».

Pues no, no lo conocía.

O el clásico entre los clásicos:

«La leche de fórmula está bien. Pero , claro…, no es lo mismo».

Todo ello proferido con el inconfundible tono de lo evidente, de lo incuestionable, y avalado siempre por las palabras más poderosas de todas:

«Es lo mejor para él».

Convenciones indiscutibles, recomendaciones severas que, no obstante, parecían variar de un año para otro, incluso referidas a temas tan serios como el de las vacunas; hábitos perniciosos (el del chupete seguía siendo el más popular, esa trampa mortal de bocas deformadas y desarrollos adictivos que ella había tenido la inmensa fortuna de evitar, ya que Dani nunca había mostrado el menor interés en él), desarrollos cognitivos inadecuados, en función de ciertas habilidades que, al parecer, todos los niños debían adquirir precisamente al mismo tiempo; estándares incorrectos, percentiles desviados …

Y todas ellas —principales o secundarias, vecinas con hijos o sin hijos, lo mismo daba, nuevas y pintorescas «ami gas » del grupo de preparto que ahora también accedían a su casa mediante los grupos de WhatsApp, compañeras de trabajo…

, incluso la desconocida de turno que la abordaba en la cola de la pescadería mientras trataba de comprar y dormir a Dani al mismo tiempo— parecían compartir ese mismo objetivo común.

Hacerla sentir mala madre.

Y lo peor de todo es que solían conseguirlo.

Erika cerró los ojos con fuerza y los masajeó con las yemas de los dedos, como si pudiese evitar así la intromisión de más pensamientos externos, pero sabía que no lo lograría. Se sentía demasiado dispersa.

Sobre ella, la algarabía del bosque se desplegaba una mañana más : pájaros, cigarras, incluso ardillas pasando de un árbol a otro con sorprendente agilidad.

Se acordó de su golpe y se palpó el escalón de su frente con los dedos.

Parecía estar cicatrizando bien, pues ya casi no le dolía, aunque , muy en parte, seguía sintiéndose tan indiferente como el día anterior, y esa indiferencia comenzaba a preocuparla.

No se encontraba mal anímicamente, sino que era más bien…

simple apatía, como si, después de todo, no se estuviese tan mal en aquella terraza.

«¿Síndrome de Estocolmo con tu terraza? ¿No estarás perdiendo de verdad la cabeza?».

No, no lo creía . Lo que sí que tenía claro era que cualquier cosa era mejor que Dani gritándola al otro lado de la puerta . Por eso no le parecía mal que siguiese durmiendo.

Alonso , en cambio, dormía muy poco, y se despertaba siempre pronto …, pero también daba lo mismo. No se saltaría sus horas de estudio por nada del mundo, así que unas cuantas horas más de espera no se las quitaba nadie.

Maldijo su piano, y no por primera vez.

En realidad siempre había tenido sentimientos encontrados hacia su piano…

«¿Sentimientos encontrados? Por favor, es odio, puro y simple odio. ¿A quién quieres engañar? Le prenderías fue go sin dudarlo».

Pero no, no era odio exactamente. Era demasiado absurdo sentir odio hacia aquel estúpido armario empotrado.

Se trataba de algo más impersonal y más escurridizo a la vez, como la esposa engañada que no siente tanta animadversión hacia la aman te de su marido como hacia su influjo.

¿Cuántas veces no había pensado que se trataba de una adicción como cualquier otra, por muy revestida de trascendencia que se encontrase?

Y, por lo tanto, como pasaba con todas las adicciones, algo que escapaba a su control.

Había observado incontables veces a su marido frente a su piano y nunca le había parecido que su actitud revelase placer alguno, más bien al revés.

Esos gestos espasmódicos , como si estuviese siempre a punto de aferrar algo, esas repeticiones obsesivas, compulsivas, la tremenda tensión que reflejaba la expresión de su rostro…

solo revelaban sacrificio, angustia, sufrimiento .

En ese rostro desencajado habitaba mucho más que concentración.

Una devoción ensimismada, una entrega absoluta…

«El interior de un fanático».

Y, si alguna vez, por el motivo que fuera, ella lo interrumpía un instante —algo que, en realidad, no sucedía prácticamente nunca —, Alonso, que de ordinario no se perturbaba por nada, podía llegar a dar un salto sobre su taburete de puro espanto.

Entonces acontecía algo terrible: Alonso permanecía en silencio mirándola fijamente con los ojos muy abiertos, desconcertado…

, atónito. Y, por muy importante que fuese lo que le tuviese que decir en ese momento —por ejemplo, recordarle una cita médica de Dani —, ella se sentía invariablemente fuera de lugar, como si le hubiese hecho regresar de lejanas latitudes para hablarle de algo insignificante.

Era como interrumpir la cuenta de un obsesivo compulsivo .

No decía nada, pero su mirada hablaba por él, haciéndola responsable de aquel ultraje.

Y lo que habitaba tras esa mirada… no le gustaba nada.

No es que fuese como lo de su padre con la bebida, claro, pero esa impresión de fugitiva ausencia, de evasión…, sí que era exactamente la misma.

Aunque por quien más le dolía era por Dani, y por el propio Alonso, que, quizá sin ser consciente de ello, se estaba perdiendo algo que ya no regresaría.

Era evidente que, para su marido , pasarse una tarde haciendo croquetas de plastilina o castillos con el Lego no era más que una simple y descomunal pérdida de tiempo, como si no encontrase nunca contraprestación por ello.

Por supuesto, las gracias de Dani también le pasaban desapercibidas.

Si estaba solo con él, algo que rara vez sucedía, le ponía dibujos o le daba la tablet directamente y volvía a sus partituras, incluso aunque no estuviese tocando.

En muchos sentidos era como si Dani ya no tuviese padre, aunque más doloroso aún, por tenerlo delante de él.

Frente a Alonso también había una puerta corredera , y, sobre las maravillas que hubiese al otro lado de esa puerta, solo tenía constancia él.