La casa del árbol Capítulo 25
74%

Capítulo 25

El laberinto de cristal se hacía cada vez más enrevesado, como esos agotadores trabalenguas mentales que se formulaba a sí misma de niña y que retorcía en su cabeza hasta que ya no era capaz de continuar.

«Yo sabía que ella lo sabía; y ella sabía que yo sabía que lo sabía; por lo tanto, yo sabía que ella sabía que yo sabía que lo sabía…».

Todo era de cristal, un imposible universo helado atestado de aristas brillantes en el que no se podía aferrar nada.

«Abrazafarolas…, pellizcacristales …».

Sus muros congelados no parecían ser frágiles, sino todo lo contrario.

Erika quería correr, en cambio, se obligaba a caminar con cuidado. Todo parecía

(«peligroso»)

inestable, escurridizo.

Tampoco tenía muy claro si estaba buscando a alguien o si alguien ( algo) la buscaba a ella.

Lo único que sabía era que debía salir de allí cuanto antes.

Entonces comenzaron a retumbar de nuevo los golpes, sordos, urgentes…

Tum, tum, tum, tum.

Y sus pulsaciones volvieron a dispararse.

No parecían provenir de cerca, sino

(«de dentro»)

de un lugar indefinido, y hacían vibrar el suelo por el que caminaba como si un balón de baloncesto rebotase sobre un entarimado de madera .

Aquellos inmensos corredores de hielo parecían desdoblarse una y otra vez, como un espejo infinito, recodo tras recodo, pasillo tras pasillo. En cambio, sus senderos se hacían cada vez más cortos, y Erika estaba segura de estar acercándose al corazón del laberinto.

«Camina más rápido, no te caigas, sobre todo no te caigas. Sé prudente, pero no dejes de caminar ».

Algo le decía que, en caso de caerse, ya no podría levantarse.

Los golpes se hacían cada vez más audibles.

F uera lo que fuese esa cosa, por fin se acercaba.

H asta que, a pocos pasillos de distancia, apareció una si lueta humana, muy difuminada aún tanto por la distancia a la que se encontraba como por los cristales que los separaban .

«¿Alonso?».

«¡La había encontrado!».

La silueta llevaba algo en la mano, y los golpes parecían partir precisamente de ahí, aunque su sonido llegaba hasta ella unos instantes después, como retardados , un objeto pesado y robusto

(«¿un bastón?, ¿una muleta?»)

que le resultaba vagamente familiar, con el que golpeaba una y otra vez el suelo como… un jugador de hockey que tratase de intimidar a su oponente con su stick .

En cuanto la figura reparó en ella, los golpes contra el suelo se redoblaron, exultantes, y la silueta comenzó a avanzar hacia ella a enorme velocidad, como si lo hiciese sobre patines.

Erika aún no podía distinguir sus facciones con nitidez , desdibujadas a través de los cristales como una acuarela mojada , pero le desconcertaba la actitud que creía adivinar en su rostro, una expresión decidida y enfadada a la vez, como si su dueño se sintiese obligado a cumplir con un ineludible deber, con una penosa obligación.

La silueta se dirigía hacia ella sin disimulo alguno, imperturbable, imparable.

De pronto, al doblar una de aquellas innumerables esquinas, Erika lo perdió de vista. La silueta sencillamente desapareció, y, durante un prolongado espacio de tiempo, no volvió a saber nada más de ella ni a sentir sus golpes, volviendo a quedar de nuevo sola y en silencio.

«Otra vez no…, no quiero volver a estar sola».

Erika trató de gritar, llamarle de algún modo, pero aquel silencio sepulcral y místico la contenía, como si todo pudiese hacerse pedazos con solo alzar la voz .

«¿Por qué estaba enfadado…?».

Entonces, de la nada, la silueta surgió de nuevo, y, con ella, la mariposa inquieta de su estómago comenzó a aletear otra vez. Había avanzado mucho , pues ya solo la separaban de ella dos o tres pasillos, y, al verla, los golpes contra el suelo se reanudaron con frenética emoción.

La silueta volvió a desplazarse

(«a deslizarse»)

hacia ella a toda velocidad, tan rápido que Erika apenas podía distinguirla a través de los cristales. Pero ahora sí que había una diferencia: ya no parecía enfadado, sino todo lo contrario, feliz, eufórico.

«¿Y de qué te extrañas ? Claro que está feliz. Y tú también deberías estarlo. ¡Por fin te ha encontrado!

»Lo único que…, que esa persona…».

No era Alonso.

Sino tu padre.

La inconfundible figura de su padre avanzaba por el pasillo con imparable determinación, directamente hacia ella.

Erika se sintió paralizada por el terror.

Al llegar a su altura, el señor Basilio se detuvo y se dedicó a mirarla fijamente, con torva curiosidad, a solo dos o tres pasillos de distancia.

E l pelo grasiento, encrespado de pura excitación, los ojos desencajados…

, y comenzó a golpear el suelo de nuevo con su muleta con enloquecido entusiasmo, a toda velocidad, como un perro enorme y grotesco meneando el rabo sin control.

Inesperadamente, rasgando de arriba abajo aquel silencio reverencial, su padre comenzó a gritar, babeando de euforia:

—¡ TE LO DIJE ! ¡ TE LO DIJE , CONEJA DE MIERDA ! ¡¡¡ TE DIJE QUE LUEGO IBAS TÚ !!! ¡¡¡ Y TE VOY A PONER EL CULO MORENERU , YA LO VERÁS !!! ¡¡¡ TE PONDRÉ EL CULO MORENERU !!! ¡¡¡ TE PONDRÉ EL CULO MORENER …!!!

Sin terminar la frase, la grotesca figura hizo algo que llevó el terror de Erika al borde del paroxismo: como si considerase que había perdido demasiado tiempo en informarla, comenzó a correr súbitamente , aullando de júbilo, sin dejar de golpear el suelo con su muleta, como una bestia que por fin alcanzase a su presa.

Dobló casi cayéndose las dos esquinas que los separaban y se precipitó sobre ella gritando:

—¡¡¡ AHORA VAS TÚ !!! ¡¡¡ AHORA VAS TÚ !!! ¡¡¡ AHORA ES CUANDO VAS TÚ !!!

Erika despertó gritando, pero sin emitir un solo sonido.

Tenía el vello del cuello y el nacimiento del pelo completamente erizado, como una fiera acorralada, estaba empapada en sudor y había cerrado con tanta fuerza los puños que se le habían clavado las uñas sobre las palmas de las manos, haciéndolas sangrar .

Por unos desconcertantes instantes su terror se enlazó con la realidad al constatar que seguía oyendo los golpes fuera de su sueño, aunque enseguida comprendió que se trataba de los latidos de su propio corazón.

«Dios… DIOS … Qué pesadilla tan horrible».

Abrió los puños y experimentó un liberador alivio al sentir que las uñas se le desincrustaban de la carne . Después permaneció un buen rato sin moverse, esforzándose por lograr que sus pulsaciones recobrasen su ritmo normal de nuevo.

Sentía todo el cuerpo pegajoso y entumecido, como aquella vez que se pasó una semana entera de acampada, durmien do en la playa y aseándose en los baños públicos.

Como si, en efecto, su pesadilla se prolongase en el mundo real, lo primero con lo que se encontró al abrir los ojos fue con otro muro de cristal: el de la puerta corredera.

Al parecer había dormido allí mismo, encogida sobre sí misma, y le dolían todos los huesos del cuerpo, aunque no tenía consciencia ni recuerdo alguno de haberse quedarse dormida.

Solo recordaba los ojos de Dani.

Pero ahora no quería pensar en eso.

Se acercó un poco más y miró a través del cristal, pues, con la luz del día, la puerta corredera se convertía en un espejo a cierta distancia. Y enseguida encontró a Dani, dormido en la misma posición de la noche anterior.

No había cambiado de postura en toda la noche…

«No seas ridícula. No lleváis aquí tanto tiempo como para eso».

«Los niños resisten menos que los adultos…».

Como en la jornada anterior, le parecía increíble que ya fuese de día. Pero esta vez era domingo, gracias al cielo, gracias al Altísimo ya era domingo, y eso significaba que Alonso aparecería en cualquier momento .

¿Podía ser que llevasen así apenas dos días?

Desde luego aquello le pasaría factura psicológica.

Jamás había sufrido tanto, de eso estaba bastante segura, y eso que su existencia pre via tampoco había sido idílica precisamente.

Pero ni siquie ra el difuso recuerdo de su infancia le infundía tanto pavor como el que había pasado esos dos días.

« AHORA ES CUANDO VAS TÚ …».

Qué pesadilla, por Dios, aunque no muy diferente, a decir verdad, de la realidad de aquellos días. Y eso que su padre rara vez la tomaba con ella, en eso tenía mucha suerte. Su madre pare cía tener la exclusiva de ese privilegio. Por eso también le había impactado tanto encontrar aquella nota.

« LUEGO VAS TÚ ».

Pero ahora ya daba igual. El único que estaba a punto de aparecer por allí era Alonso, y solo pensar que en breve po dría atender por fin a Dani, darle de beber y de comer, quitarle ese abominable pañal… bastaba para hacerla sentir más feliz de lo que se había sentido en su vida .

Aunque aún podía quedar un buen rato para eso.

«Las cosas siempre pasan por algo».

Esa era la frase favorita de su madre, al menos la que decía con más frecuencia, junto con su inseparable:

«Pero, hija…, eso todo el mundo lo sabe».

Solo que no era verdad. Con demasiada frecuencia las cosas no pasaban «por algo», sino por nada en absoluto.

Y, por muy convencida que estuviese su madre de que al orden universal le importaban muchísimo sus miserables andanzas —p or ejemplo, que se hubiese olvidado de levantar el jodido pestillo de la puerta antes de salir a cenar —, seguía sin ser verdad, por el sencillo motivo de que ni siquiera existía un orden universal.

Todo era fortuito, casual , caótico. La felicidad o la catástrofe entraban o salían de la vida de cada uno en cualquier momento, y un descuido cualquiera podía poner en peligro la vida de tu hijo, sin más.

Era aterrador. Casi podía oír una voz maligna reproduciendo aquella cantinela infantil que siempre le había parecido estúpida y cruel, incluso de niña.

«Aaah…, se siente. ¿Te olvidaste de levantar el pestillo?

Peor para ti. No esperes piedad, porque no la habrá.

Debiste poner más cuidado. Te caíste al agua , una pena, porque el barco ya empieza a hacerse pequeñito , pequeñito…

mientras tú braceas inútilmente. En el mundo real las cosas funcionan así.

Nadie se dignará a echarte un salvavidas, por poco que les costaría ».