La casa del árbol Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

Se quitó la camisa como pudo, la relió toscamente en torno al muñón, entremetiéndola sobre sí misma al tiempo que mugía como un animal torturado, y la apretó contra su pecho para detener de algún modo la hemorragia ; contrajo la barbilla sobre su torso y durante unos minutos no pudo hacer nada más que tratar de resistir el dolor mientras las lágrimas manaban profusamente por sus mejillas.

Cuando los volvió a abrir, su vista se encontró con el fragmento de carne blanca que había sido su mano, tirada sobre el felpudo de la puerta.

Tres dedos y medio se alzaban levemente del suelo —el anular, algo más erguido que el resto, el dedo «tonto» del piano, comparecía rematado en su base por su alianza de boda—, y una sola idea se introdujo en su desquiciada conciencia: no tenían donde esconderse.

Entre lágrimas, Alonso comenzó a sonreír.

Las llaves de Walden seguían colgadas en la cerradura junto con la clave de sol de su llavero, regalo de Erika.

Sin dejar de sonreír y llorar a la vez, Alonso las hizo girar con suavidad. Y entró.

Una columna de humo negro salió a recibirle, obligándole a retroceder un paso y aguardar unos instantes.

No veía nada, y no tenía la menor idea de dónde podían haberse escondido, pero se le ocurrió que podían estar aguardando a que entrase un poco más para escapar a sus espaldas.

Así que, antes de avan zar un paso más, se giró y volvió a cerrar la puerta de Walden con llave. Y se guardó el llavero en el bolsillo.

Al cerrar la puerta, su vista se encontró con el hacha clavada en el marco de la puerta, y su sonrisa se ensanchó. Arrancó con facilidad el hacha de su marco y comenzó a llamar quedamente a su mujer y a su hijo.

Las llamas volvían a acechar el ángulo de la terraza, como alimañas refulgentes que hubiese conseguido espantar solo brevemente.

Erika ascendió por su particular escalera con Dani en brazos y alzó a su hijo sobre el tejado con lo que consideró que sería , por enésima vez, su último reducto de energía.

No fue así, pues un instante después lograba encaramarse ella misma a su lado.

Tomó a Dani de la mano y trató de hacerlo caminar, pues ya no era capaz de cargar con él.

—Vamos, mi niño…, mira qué chuli…, estamos sobre el tejado de Walden.

Despacio, muy despacio, Dani comenzó a dar un pasito detrás de otro.

Era como estar en uno de los círculos de Dante.

Las llamas circundaban los laterales de todo el tejado, y resultaba evidente que el techo no resistiría mucho más.

Pasito a pasito, Erika logró alcanzar la chimenea de la mano de su hijo.

Le sentó en el hueco y le pidió que no se moviese de allí, aunque era innecesario.

Dani seguía desconectado de la realidad, y, allí donde lo dejaba, se quedaba quieto.

Erika comenzó a desanudar precipitadamente la escala de la chimenea al tiempo que lanzaba miradas furtivas hacia el fondo del tejado.

Había descartado la antena de la televisión desde un principio, convencida de que no aguantaría su peso, y aún menos su peso y el de Dani.

Pero su particular ubicación, al mismo borde del tejado, más los metros que ganaría atando la escala a un diámetro mucho menor que el de la chimenea, resultaban ideales.

Quizá si se descolgase lo más rápido posible en rapel para ofrecer la menor resistencia a la antena…, aún podrían tener una oportunidad.

Desató en un momento la escala de la chimenea gracias a su apreciado as de guía, caminó con toda la rapidez que pudo sobre el vértice del tejado, sorteando con habilidad el inmenso abeto , y volvió a atar su escala a la antena de la televisión empleando el mismo nudo.

Asomó la vista brevemente al vacío y contempló el otro extremo de su escala oscilando con suavidad a unos dos o tres metros del suelo .

Y se giró corriendo para volver a por Dani.

En ese momento Alonso asomó la cabeza por el ángulo de la terraza.

Erika lo vio a él primero y, por un fugaz instante, contempló al verdadero hombre que habitaba bajo la apariencia de Alonso, despojado de todas sus máscaras, por así decir, liberado también de todo…

autocontrol. No había el menor atisbo de piedad en su rostro ni en su ademán, solo el ferviente deseo de destruir, de dañar .

Había perdido la mano, pero toda su persona seguía irradiando una poderosa energía, la misma determinación resuelta que reflejaba en sus conciertos.

Solo que ahora lo hacía en una sola dirección: la de ellos.

Entonces sus ojos se encontraron…, y Alonso se detuvo en seco, mirándola muy serio.

Pero, de pronto, su rostro entero restalló en una inmensa sonrisa, como un latigazo dichoso y eufórico, y una criatura soez y depravada rebosó jubilosamente en el semblante de su marido.

Era como contemplar una casa vacía pero iluminada, y Erika sintió cómo los pelos de la nuca se le erizaban de puro espanto.

Aquel ser abominable no podía acercase a su hijo de ningún modo.

Alonso trató de alzarse sobre el ángulo con rapidez, pero su sonrisa se trocó en una mueca de dolor al apoyar su muñón sobre el tejado.

Erika decidió que ya había visto demasiado y aprovechó para precipitarse sobre Dani, diciéndose que le daba enteramente igual si la antena resistía o no. Cualquier cosa era preferible a esa sonrisa. Tomó a Dani de la mano y se dirigió a la carrera hacia el precipicio de Walden.

Alonso continuaba haciendo esfuerzos inútiles por encaramarse al tejado de Walden, pero le resultaba imposible al no poder apoyar su peso sobre ambas manos.

Su muñón, un foco de tormento palpitante en el extremo de su brazo, emitía atroces descargas de dolor con cada latido y había teñido ya completamente su camisa de sangre.

No obstante, al ver a Erika precipitarse con determinación hacia el final del tejado, lanzó el hacha sobre el tejado, se apoyó con ambos brazos , ignorando el dolor deliberadamente, y logró alzarse como pudo.

Pero Erika no dejó de correr, sino que se pasó a Dani al lado izquierdo de su cuerpo, liberando así su mano derecha, tomó al vuelo la escala y sorteó el árbol en un mismo gesto, permitiendo que la escala pasase por debajo de su brazo derecho.

Y, sin dudar , saltó al vacío con Dani en brazos.

En el último instante decidió que no se dejaría caer hasta abajo del todo, como era su intención inicial, pues nunca lograría detener su caída con la simple fuerza de sus brazos.

Así que según comenzó a caer empezó ya a frenar su caída.

Para su infinita sorpresa, la antena resistió, al menos por el momento .

El lateral elegido, el más alejado del foco al fin y al cabo, era el único que aún no se encontraba en llamas.

Pasó por delante de las anheladas ventanas de las habitaciones a toda velocidad y siempre con Dani aferrado a su cuello como un monito , y aún tuvo tiempo de lamentarse de lo sencillo que habría resultado su plan anterior de haber sabido que la ante na resistiría.

Además, Dani colaboraba a la perfección, aferrado a su cuello con todas sus fuerzas y permitiéndole usar las dos manos con libertad.

Entonces pensó que todo aquel esfuerzo daba exactamente igual…

, en cualquier momento aparecería Alonso sobre sus cabezas y les arrojaría un bloque de la chimenea, por ejemplo, o les cortaría la escala con su hacha, y ella no podría hacer nada para evitarlo.

Y tampoco podía avanzar más rápido, sencillamente no podía.

Pero seguía descendiendo, descendiendo , y Alonso continuaba sin aparecer.

Cuando sus pies dejaron de apoyarse sobre la pared de Walden, Erika continuó descolgándose sobre el vacío como un peso muerto, sollozando de desesperación por el esfuerzo.

Con cada brazada se convencía de que sus manos no resistirían más o que la antena se doblaría finalmente, precipitándolos al vacío.

Pero ambas cosas seguían sin suceder . Y llegó un momento en que comenzó a entrever el anhelado tapiz del bosque oscilando bajo sus piernas, a escasos metros de distancia.

Abrazó a Dani con todas sus fuerzas y se soltó.

Cuando se vio sobre el bosque de Walden, maltrecha, derrengada pero viva, apenas pudo creerlo. Miró de nuevo hacia arriba y le pareció sencillamente imposible lo que acababa de hacer. Y Alonso seguía sin aparecer.

«Claro, estúpida…, está bajando con tranquilidad por las escaleras».

Se incorporó como pudo y comprendió que tampoco era ya capaz de correr , y aun menos de internarse en el bosque.

Entonces sintió un tintineo en el bolsillo derecho de su pijama… Las llaves de Walden. Y, junto con ellas, las llaves del Touareg.

Sin pensar en nada, Erika se dirigió renqueante hacia el coche, convencida con cada paso de que en cualquier momento sentiría una mano agarrándola por el cuello.

Pero no sucedió nada de eso.

Alcanzó el Touareg, introdujo a Dani en el asiento de atrás mirando de reojo el final de Walden, una descomunal bola de fuego en mitad del bosque, se instaló en su asiento de conductor y arrancó.

Alonso había sucumbido al dolor. A los dos pasos de encaramarse sobre el tejado de Walden había caído cuan largo era, quedando postrado en ese mismo lugar, semiinconsciente.

Cuando volvió en sí, Walden ardía por sus cuatro costados.

Había perdido mucha sangre y se encontraba peor de lo que se había sentido en su vida. No obstante, aun así, logró incorporarse.

Los encontraría…, vaya si los encontraría.

Pero en ese momento el tejado cedió, y quiso la casualidad que fuese a caer justo encima de su piano, su confidente, su mejor amigo, vestigio de un tiempo en que su vida tenía todo el sentido del mundo, sostenida sobre el pilar más consistente y también el más civilizado: el de lo imaginario.

Su piano fue su tumba.