Capítulo 23
Alonso llegó a Walden poco antes de las dos de la madrugada.
Aparcó en su particular garaje de brezos y madroños, detuvo el motor de su Volkswagen después de dejarlo «resollar» un poco, como acostumbraba a hacer, y descendió de su vehícu lo amparado por la linterna que siempre llevaba en la guantera del coche, entre la habitual algarabía nocturna.
Erika y Dani dormían desde hacía horas.
La imponente estampa de Walden en mitad del bosque siempre le impresionaba, pero enmarcada por la quietud de la noche todavía le impresionaba más.
Walden podía ubicarse en la copa de un árbol, pero también parecía hacerlo en el interior de un cuento de fantasía.
El efecto era mágico, delirante, sobrenatural.
Y cada vez que se acercaba a su cabaña, como en ese preciso instante, excitado ante la perspectiva de trepar a la copa de un árbol y dormir allí, volvía a experimentar el mismo sentimiento que creía haber dejado ya muy atrás: la emoción de un niño.
Walden era su verdadero sueño cumplido. Nada podía alcanzarlo ahí arriba…, nada.
Solo la vida.
Caminó despacio entre aquella vegetación vaporosa hasta alcanzar la escalera de madera, apagó la linterna y comenzó a ascender por sus peldaños, ligeramente húmedos por el rocío nocturno.
Pero tuvo que encenderla de nuevo enseguida, sobresaltado al vislumbrar entre las sombras una forma enorme y grotesca en el tercer escalón.
Resultó ser un sapo des comunal, casi deforme, que, al parecer, había decidido abandonar temporalmente su círculo de confort para curiosear un poco.
«Te comprendo, compañero».
Lo sorteó con cuidado y continuó ascendiendo.
¿Cómo había llegado a esa situación?, ¿a lamentar que su propia familia lo estuviese aguardando en casa?
Lo ignoraba, pero hacía ya tiempo que se sentía como si caminase envuelto en una bruma que no le permitiese ver ni oír nada, casi ni respirar.
Ningún artista, esos egoístas supremos, estaba preparado para tener una familia. Ahora lo sabía.
El corazón no daba para todo. Ni la logística.
Nunca le había parecido mal cometer errores. Al fin y al cabo ese era el material del que estaban hechos los éxitos, y las grandes interpretaciones. Salvo que se tratase de un error fatal.
Cuando alcanzó el tramo más alto de la escalera volvió a apagar la linterna, extrajo cuidadosamente su llavero del bolsillo e introdujo la más larga de las llaves en la cerradura de Walden.
Erika solía quedarse dormida en el sofá del salón viendo cualquier película, y, de ser así, no quería despertarla.
Lo más gracioso era que ella aseguraba siempre que le encan taba el cine, pero él nunca, o casi nunca, la había visto aguantar más de quince minutos viendo una película sin quedarse dormida, sobre todo después de cenar.
Empujó suavemente la puerta principal y la volvió a cerrar a sus espaldas, sin hacer el menor ruido.
Dejó el ramo de flores en el jarrón de cristal con forma de tulipán de la entradita, donde las dejaba siempre, y avanzó por la estancia en penumbra, tenuemente amparado por la luz de la luna.
Entonces fue cuando vio a Dani.
Su hijo estaba acurrucado allí mismo, sobre la alfombra del salón, hecho un ovillo como si tuviese mucho frío y aparentemente dormido.
Alonso se quedó petrificado.
Lo primero que pensó fue que Erika se habría quedado dormida olvidándose de acostar al niño, pero enseguida constató la imposibilidad de la idea.
Levantó la vista un poco más y su vista se topó con otra forma humana tumbada sobre el suelo y recogida sobre sí misma, al otro lado de la puerta corredera.
Erika.
Durante unos instantes Alonso no pudo hacer absolutamente nada, solo tratar de que su cerebro lograse traducir aquellas grotescas imágenes. Cuando lo consiguió, comprendió que había dejado de respirar, y necesitó hacerlo repetidamente.
Su primer impulso fue el de precipitarse hacia ellos.
El segundo fue el de esperar.
Y Alonso nunca se dejaba llevar por el primer impulso.
El carácter complejo de Alonso Urbizu poseía un rasgo que lo diferenciaba.
En los momentos de mayor tensión, allí donde otros se precipitaban a tomar decisiones y actuar, él acostumbraba a detenerse y pensar con frialdad.
En los conciertos le pasaba lo mismo. Había pianistas que poseían un enorme talento pero acusaban la presión del público, del jurado o de sus propias expectativas, lo que les hacía precipitarse.
Alonso, en cambio, era capaz de encontrar su propio espacio, aislarse en él como la oruga en su capullo y definir lo que quería hacer en cada momento.
El resultado era que parecía tener una disposición diferente del tiempo, como si pudiese detenerlo a su antojo y tomar de él la cantidad que necesitase, rara habilidad que, además, le permitía ver más cosas que a los demás.
Y había dedicado su vida entera a desarrollar esa capacidad.
Al mismo tiempo poseía dos afluentes claramente diferenciados: en uno era capaz de los más altos vuelos, se inclinaba ante la verdad y la belleza y tenía lo sublime como ideal.
El otro era mucho más tenebroso y estaba familiarizado con los suburbios del ser humano, sus connivencias y sus atajos, y echaba mano de uno o de otro según sus necesidades de cada momento .
Además, sabía reconocer un instante de inspiración y tenía la paciencia necesaria para aguardar a que este se revelase por sí solo.
Alonso contempló la dantesca escena y, por el momento, no hizo nada.
Luego pensó que habían debido de asaltarlos, pero todo parecía estar en perfecto orden, no había señal alguna de violencia y la puerta no había sido forzada. Lo único que no estaba en orden era la insólita ubicación de su mujer y de su hijo.
Miró de nuevo a Erika, literalmente derrumbada al otro lado de la puerta corredera, y, al levantar un poco más la vista, reparó en que el seguro infantil de la puerta estaba echado. Y en un instante lo comprendió todo.
Entonces sí, soltó sobre el suelo su portatrajes Roncato, que aún no se había descolgado del hombro, y avanzó hacia ellos a grandes pasos.
Pero, en ese preciso momento, Dani cambió de postura , sobresaltado, sin duda, por el ruido del portatrajes al caer , y, a su vez, Alonso también se detuvo de golpe , como si le hubiesen disparado.
En cierto modo así era .
Un fogonazo. Una idea.
«¿Qué habría sucedido si no llego a aparecer?».
Debía ser cosa de todos los días…, un despiste absurdo, un olvido tonto, y todo se acabó.
¿ No había leído que los accidentes mortales más frecuentes eran los domésticos?
Un cortocircuito, un fuego olvidado…, cualquier cosa podía ser fatal, y más si no había quien te ayudase.
De hecho él no pensaba regresar hasta el día siguiente, pero ¿cuántas veces no había ofrecido tres o cuatro conciertos consecutivos en otras tantas ciudades y se había ausentado durante una semana o incluso más días?
Solo en la presente temporada, al menos ocho o diez veces.
Teniendo en cuenta que mantenía una media de unos doscientos conciertos por año, se podía decir, sin faltar a la verdad, que vivía más tiempo en los hoteles que en su propia casa.
«¿ Qué habría sucedido?».
Su segunda vertiente respondió por él sin vacilar.
«Que habrían muerto».
Aquella idea era terrible, pero no dejaba de ser eso mismo, una simple idea, un pensamiento casi ocioso. Nada, todavía.
Pero en ese momento Alonso sintió cómo una luz irreverente y poderosa, proveniente de las regiones más remotas e inexploradas de sí mismo, se aproximaba a él a toda velocidad, como si lo hiciese sobre un reguero de pólvora, alumbrando a su paso un sendero prohibido e intransitado, un sendero com pletamente nuevo.
Y experimentó una invencible curiosidad por saber dónde desembocaba esa luz.
«Podría no haber regresado esta noche, y esto se habría resuelto por sí solo».
La luz crepitó, se inflamó haciendo chisporrotear sus pupilas y, finalmente, se desparramó sobre su pensamiento consciente, como una llamarada en una estancia llena de gasolina.
«De hecho…, aún podría no regresar».
Aquel segundo pensamiento era mucho más terrible que el primero y fue precedido de violentas contracciones, anunciando de forma inconfundible la germinación de un nuevo ser.
El hipócrita amoral que habitaba bajo la comedida apariencia de Alonso se estremeció, sopesó con minuciosidad todas las circunstancias dadas, asegurándose de su fiabilidad y, finalmente, se descubrió.
Los ojos que miraron de nuevo a su mujer y a su hijo fueron terribles.
La bruma se disipó, y Alonso se sintió admirado ante el asfixiante peso que había sobrellevado hasta entonces, experimentando un alivio feroz.
Desechó todo lo demás y se embriagó de él.
Ya sabía quién era.
Por un momento se le vinieron a la cabeza aquellas charlas ociosas con sus amigos del barrio en las largas tardes de verano y sonrió en la oscuridad.
«Si pudieras apretar un botón y hacer que muriesen mi llones de personas desconocidas, pero hacerte rico a cambio, ¿lo harías?».
Pero él no tenía que apretar botón alguno. De hecho, no tenía que hacer absolutamente nada.
Solo desaparecer.
«Porque te quiero, te abandono…».
Sus pupilas volvieron a encenderse, esta vez con perfecta comprensión, y, detrás de ese fuego, Alonso identificó algo sorprendente, identificó el mal. Y, por un momento, sintió terror de sí mismo.
Pero no…, aquello no era el mal. Ni siquiera podía considerarse egoísmo (un egoísmo que, de haber sido así, habría resultado más que justificable teniendo en cuenta el demostrado por ella cuando… guardó silencio). No, no podía serlo, pues existía una diferencia fundamental entre ellos dos.
Él no solo estaba pensando en su propio interés.
Pues ¿qué pasaba con todas esas personas que le seguían por todo el mundo, todos esos miles de desconocidos cuyo itinerario vital, como ellos mismos le hacían saber mediante sus cartas o de viva voz, dependía de su actividad artística?
Todos ellos le repetían una y otra vez cuánto había influido su música en sus vidas y cuánto la necesitaban.
¿Debía anteponer a todos solo por dos personas?
¿Sería razonable que un médico sacrificase a miles por salvar solo a dos?
Ese médico, con razón, sería considerado un monstruo.
Y él también era un médico, solo que lo que él curaba era aún más importante, al dirigirse al interior del alma humana y no a su simple envoltura.
Convenciones impuestas, prejuicios colectivos…
, nada de eso tenía que ver con él, ahora lo comprendía.
El consenso no significaba nada, pues, como decía Borges, podía ser el con senso del error.
De hecho despreciaba todos esos criterios volubles y caprichosos, pues eran los mismos que en otras culturas y en otras épocas podían decretar la validez de la endogamia o del canibalismo, para luego, años más tarde, escandalizarse por eso mismo.
Él era una fuerza. Un hombre libre.
Un artista.
Y la vida ordinaria no tenía nada que ver con él.
Pertenecía a una aristocracia natural que no dependía de códigos morales, convenciones impuestas ni consensos mayoritarios. El orden moral establecido por otros no tenía validez para él.
¿Qué necesidad tenía de aceptarlos?
Su pregunta no era retórica, sino rabiosamente literal, y, desde algún lugar de su tenebrosa conciencia, Alonso se respondió a sí mismo con toda el alma.
«Ninguna».
Es más, si aquello hubiese sido el mal, también habría aceptado el pago, habría sido malvado. Pero aquello no era el mal. No podía ser el mal algo que beneficiaba a tantos.
«Ellas siempre ganan».
«Esta vez no».
Alonso permaneció sumergido en las sombras, casi desleído, durante un tiempo indefinido. Sus ojos ahora estaban turbios, como si tras ellos habitase un muro infranqueable, y sus pupilas dilatadas al máximo, y no solo por el efecto de la oscuridad.
Una impresión de profundo bienestar lo invadía. Era el momento más importante de su vida, y se daba perfecta cuenta de ello.
De pronto se sobresaltó, pues Erika comenzó a convulsionarse quedamente.
Alonso lo comprendió enseguida: estaba llorando.
No sintió la más mínima lástima.
«¿Sintió ella lástima cuando… guardó silencio?».
Aquello ya no era de su incumbencia. Habían tratado de manipularle, pero la Providencia le había puesto a su alcance una nueva oportunidad, y debía aprovecharla.
No abandonaría sus conciertos, no retomaría sus clases.
Lo único que retomaría sería esa vida que le había sido arrebatada.
Pasaba de perderlo todo a tenerlo todo, y no tenía que hacer nada a cambio, absolutamente nada. Solo desaparecer.
Todo encajaba, como en una fuga de Bach.
Cuando aquella idea alcanzó el fondo de su conciencia, Alonso se desconectó.
No había visto nada. No sabía nada.
No había estado allí.
Aguardó pacientemente a que Erika volviese a retomar el sueño, sin mover ni un solo músculo.
Cuando lo hizo, reco gió su portatrajes del suelo, con sumo cuidado esta vez, y comenzó a retroceder despacio hacia la puerta, alejándose tanto de ellos como de aquella vida abominable que le exigía semejante sacrificio en virtud de lo irrisorio, de lo banal.
Abrió la puerta sin hacer un solo ruido.
Y se marchó.