Capítulo 22
Las siguientes horas fueron las más largas de su vida.
Dani no solo no se durmió , sino que permaneció llorando durante horas enteras, días, semanas.
Lloró tanto que Erika terminó por perder la noción del tiempo, pero también su percepción espacial y hasta la lógica, si es que algo así había existido alguna vez.
Había momentos en los que no sabía ni dónde estaba, y todo parecía haberse reducido a esa mínima expresión, a ese recogido punto en el que toda su angustia convergía pero al que de ningún modo podía acceder.
Dani.
Todo lo demás se fue escurriendo gradualmente, diluyendo en torno a ese objetivo inalcanzable hasta desaparecer por completo: pensamientos, sensaciones, necesidades…, sustituido a cambio por un estremecimiento insoportable y feroz.
No hay angustia como la de la madre que ve sufrir a un hijo sin poder hacer nada.
Erika padecía horriblemente.
En cierta ocasión se preguntó: «¿Llevo así desde ayer?», pero enseguida desechó la idea, convencida de su imposibilidad.
Ella también lloraba sin ser consciente de ello, imploraba, y a veces gritaba. Se sentía en todo momento naufragando a la deriva de Dani sobre una balsa sin timón y sin rumbo, un trozo de madera en mitad del océano a expensas de los caprichos de la marea y el viento.
De cuando en cuando, por pura desorientación, regresaba fugazmente a su delirante realidad, pero volvía a extraviarse enseguida, espantada.
Dani solo lloraba, lloraba desconsoladamente, calado hasta los huesos, hambriento, sediento, con el pañal convertido en una bolsa informe bajo sus piernas laceradas.
Alguna vez Erika aún intentaba encontrar palabras de consuelo o de ánimo para su hijo, pero su voz tampoco respondía ya a su gobierno, y solo conseguía emitir palabras incoherentes, balbuceos.
En cierto momento Dani se acercó a ella y apoyó su cara contra el cristal, derrengado, abotagado de tanto llorar, dejando un reguero de lágrimas y mocos sobre el cristal.
Y, a su vez, Erika apoyó su cara contra la suya, como si pudiesen tocarse de algún modo.
Y la angustia de tenerlo ahí y no poder alcanzarlo la hizo sentir más próxima a perder el juicio de lo que se había sentido nunca.
Físicamente no sentía nada, solo vacío, y un extraño apelmazamiento en su percepción, como si estuviese recluida bajo un puñado de trapos.
Le parecía que podía mantenerse así de forma indefinida.
No había vuelto a beber, comer ni orinar desde hacía horas, y no sentía necesidad alguna de hacerlo, como si los encargados de transmitir tan prosaica información se hubiesen desactivado temporalmente.
Tampoco sentía dolor en la frente, náuseas o malestar de ningún tipo.
Solo sentía sueño, una somnolencia casi invencible, y deseaba con toda el alma dejarse arrastrar por esa inercia que tanto tiraba de ella.
Pero no podía dejar solo a Dani.
Hasta que, por fin, el propio Dani también se fue apagando poco a poco, como una vela desbordada y consumida, adoptando gradualmente su posición predilecta sobre la alfombra: culito arriba como el de un perrito juguetón y la cara vuelta hacia ella, casi irreconocible de tanto llorar.
Mirándola sin ver nada, contemplándola sin entender nada…
Solo entonces se permitió irse ella también. Y así, poco a poco, se fueron quedando los dos dormidos al mismo tiempo, dos partes separadas de un mismo cuerpo contemplando, cada una de ellas, aquello que más amaba en el mundo.