La casa del árbol Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

Siempre se habían sentido cómodos compartiendo ese si lencio , como una especie de barbecho en el que se acomoda sen con naturalidad sus relaciones como pareja, su confianza.

Era como en la música, donde el silencio también resultaba más elocuente que cualquier sonido, y también se trataba de un recurso habitual dentro del negocio, donde el sutil objetivo de todos los implicados —empresarios sin escrúpulos, patrocinadores, agencias— no era otro que el de generar todo el dinero posible.

En ese peculiar universo, esos eternos sonámbulos que eran los artistas siempre habían sido las víctimas predilectas.

Contratos de doble rasero, promesas veladas, medias verdades…

Al inicio de su carrera había caído en todas aquellas trampas y muchas otras, hasta que se decidió a contratar un buen agente (que también se llevaba su buen porcentaje, por cierto).

Pero no les guardaba rencor por aquello.

Siempre lo había entendido como una parte inevitable de su profesión, un eslabón más de aprendizaje, en definitiva, y, en ningún caso, como algo personal.

Además, el mundo de la clásica era particularmente cínico e hipócrita, allí donde la apariencia y el buen gusto convivía en conflicto permanente respecto a algo tan poco elevado como el dinero.

Qué poder tenía ese silencio…, qué fuerza tan sibilina, qué fabuloso método de coacción. Lograba su objetivo sin hacer un ruido, dejando en manos de su interlocutor los más deplorables pensamientos sobre sí mismo, y también los más desconfiados. No entregaba nada a cambio, solo recogía.

Pero ese mismo silencio, proviniendo de Erika, le desconcertaba.

«Te recuerdo que veníais de enterrar a su madre, asesinada a manos del pirado de su marido. Quizá no era el mejor momento para sutilezas».

Cierto…, pero ¿y después? Pasaron semanas, meses, y nunca volvió a decir nada al respecto.

Guardó silencio.

Quizá podrían haber encontrado una solución entre los dos, una alternativa…, al fin y al cabo él hubiese preferido mil veces que le reprochase todo, que le llamase mal padre, mal marido, que le insultase, antes que esa mirada de mártir hacia abajo mientras aclaraba los platos.

«¿Una alternativa? Por favor, si ya ni siquiera convivías con ellos. Se te había ido de las manos, esa es la verdad».

No, desde luego que Erika nunca le había exigido nada. Había hecho algo mucho más eficaz que eso: hacer que se lo exigiese él mismo.

Tampoco le había exigido nunca tener un hijo que no deseaba, y ahí estaba Dani.

«Eso tampoco es justo, joder».

Pero, por más que trataba de evitarlo, su cabeza regresaba a lo mismo una y otra vez, como una mosca rebotando contra un cristal: esa abominable impresión de haber sido engañado por la persona menos autorizada a hacerlo en el mundo.

Además, su sacrificio estaba bastante claro. En cambio, ¿dónde estaba el sacrificio de ella ?

Pero todo eso ya daba igual. Desde luego que sabía lo que le aguardaba a partir de ahora.

Hipotecas y barbacoas, por supuesto; y llevar al crío al puto Disney alguna vez, por qué no.

Claro que eso sería muy excepcionalmente…

, pues su poder adquisitivo también variaría mucho a partir de ahora.

Sin los ingresos provenientes de los conciertos y los discos, la cosa cambiaba drásticamente.

Se acabaron los viajes exóticos, los restaurantes de lujo y, por cierto, el colegio privado de Dani.

Su nivel de vida se esfumaría en dos días.

Pero, eso sí, estarían los tres bien juntitos, en amor y compañía, como decía su madre.

Alonso sonrió agriamente para sí mismo al evocar a su madre.

Tendría que retomar sus clases…, algo que aborrecía con toda el alma cuando estaba alejado de las salas de concierto, y mantenerse con su más que humilde salario de profesor. El sostén familiar, de hecho, pasaría a ser el salario de Erika, que tampoco era para tirar cohetes, por cierto.

Su sonrisa se esfumó.

«Ellas siempre ganan, Alonso».

La cita era ahora de su padre, con su tono circunspecto incluido.

«Ellas siempre ganan, de un modo o de otro. Siempre ganan».

Ni siquiera cambiaría nada que atrapasen mañana al loco de su suegro, porque, de hecho, no se trataba de eso.

Porque nunca se había tratado de eso en realidad.

Erika no concebía una vida así, sencillamente, una vida tan…

inusual, y era capaz de anteponer sus caprichos de mujer a cualquier otra cosa, como hacían todas, incluida la carrera artística de su marido.

Alonso caminaba cada vez más deprisa sin ser ni siquiera consciente de ello, como si pudiese anticiparse a todo eso y evitarlo de algún modo. Y un sentimiento comenzaba a imponerse sobre todos los demás, un sentimiento oscuro, poderoso…

Resentimiento.

Se sentía utilizado.

«¿Por qué lo permites?».

Incapaz de responder a su propia pregunta, Alonso alcanzó su coche, dejó sus partituras, su ramo de flores y su portatrajes Roncato sobre el asiento trasero y se acomodó en su asiento de conductor.

Y se encaminó hacia Walden, deseando no llegar nunca.