La casa del árbol Capítulo 21 #2
65%

Capítulo 21 #2

Quizá ese fuera el mayor milagro de la música, que te trasladaba directamente al contenido real de las cosas, a su esencia secreta, sin que esta fuese influida o modificada en modo alguno por las torpes y prejuiciosas palabras, y aún me nos por la engañosa apariencia de un gesto o una fisonomía más o menos agraciada.

En la música no existían las medias tin tas.

De hecho, no tenías escapatoria: te sentías de un determinado modo de inmediato, sin filtros y sin poder hacer nada para evitarlo.

Esos sonidos invisibles se introducían en el subconsciente de cada uno para trasladarlo inmediatamente a una emoción concreta, una impresión evocadora y urgente, en la que cada uno de ellos, veletas en manos del artista, podía verse desplazado al lugar más inesperado.

En cierta ocasión, de estudiante, había escuchado decir al gran pianista Sviatoslav Richter que su ideal consistía en tocar detrás de un biombo, y, al comentarlo con sus compañeros del conservatorio, estos habían torcido el gesto o se habían reído abiertamente.

A él, en cambio, le había parecido una idea admirable.

Pero es que había tanta tontería en el mundo de la música clásica…

El público, en su mayor parte, ni siquiera acudía al auditorio porque amase la música, sino por cuestiones estúpidas y extramusicales.

Las mujeres a lucir sus joyas y sus vestidos, los hombres a mantener las apariencias, y todos a par lotear, siempre a parlotear.

Hacía mucho que el recital en sí se había convertido en un acto social, o quizá lo había sido siempre, pero desde luego, para él, la mayor parte del evento sobraba.

Conocía a muchos pianistas que se dedicaban incluso a departir con el público durante sus conciertos, lo que ya le parecía el colmo.

Por eso sentía tanta estima por esas horas en las que permanecía tocando solo hasta altas horas de la madrugada, impulsado aún por la adrenalina del directo, pero a solas consigo mismo.

L a pesca que arrastraba a su orilla en esas horas se convertía, así, en la materia prima de su siguiente concierto.

Pero esa noche no se quedaría a estudiar.

Ya no tenía sentido.

Así que permaneció en su camerino aguardando a que, junto con el público, fuese desapareciendo también esa sorda algarabía que la gente dejaba siempre en su cabeza, ese resonante silencio.

Entonces comprendió que tampoco tenía ya ningún sentido pernoctar en Oviedo, así que tomó el telé fono y marcó el número de Erika para avisarla de que regresaría a Walden esa misma noche. Pero Erika tenía el teléfono apagado.

Tomó sus enseres personales, atravesó en silencio el impresionante escenario Campoamor de Oviedo y, tras despedirse cortésmente del vigilante de seguridad, salió al exterior por la puerta de atrás del auditorio.

Y comenzó a caminar.

El mundo real le había decepcionado, esa era la verdad.

Era vulgar, predecible…, carecía de fuerza.

Nunca había encon trado en él la cuarta parte de lo que habitaba en la más anodina composición de Schubert, especialmente cuando llegaron los supuestos «grandes momentos» , esos de los que todo el mundo hablaba: amor, matrimonio, hijos.

Aunque aquello de no identificarse con lo que llenaba a todos los demás tampoco era nuevo para él.

Ya en sus años de estudiante le resultaba bastante incomprensible ese ideal de «pasarlo bien» del resto de sus compañeros, que se reducía a pasar juntos un fin de semana en una casa rural, por ejemplo.

La vida real le aburría, le aburría profundamente. Carecía de recorrido, eso era. Tarde o temprano siempre se terminaba.

¿Qué le aguardaba a partir de ahora?

No tenía la menor idea.

Hasta entonces había evitado formularse esa pregunta haciendo uso de la férrea disciplina a la que tan acostumbrado estaba, en un esfuerzo por salvaguardar su recta final de conciertos y poder concentrarse solo en ellos. Pero la temporada había concluido, y ya no había nada más que salvaguardar.

Salvo, quizá, a sí mismo.

Puede que el mundo artístico no fuese tangible, pero había tenido mayor trascendencia en su vida que cualquier otra cosa.

Nada había promovido tanto su crecimiento como ese ingobernable deseo de saber más, de ser más…

, de sentir más. El mero hecho de que ese mundo perteneciese a la invisible esfera de lo imaginario daba lo mismo .

«La imaginación tiene sobre nosotros más imperio que la realidad».

La cita era de Jean de la Fontaine, el escritor favorito de su madre, y en ese momento Alonso sintió que no podía estar más de acuerdo con sus palabras.

La imaginación, la ilusión, la ficción eran el motor de la humanidad , no su complemento.

Puede que no fuesen tangibles, pero desde luego su influencia permanecía.

Al fin y al cabo cualquier viaje era mejor como ideal, también el viaje interior.

La realidad siempre parecía tamizada por motivos casuales , caprichosos, por ejemplo por cómo se sintiese uno en un determinado momento, y él estaba convencido de que pasaban más cosas en una sola página de Mozart que en todo un mes relacionándose con los demás.

Y se inclinaba ante esos momentos como lo que realmente eran : los acontecimientos más significativos de su vida.

En cambio ahora debía abandonar su estancia en el país de las maravillas para ingresar de nuevo en el apacible reino de los cuerdos, junto a todos esos que llamaban felicidad a formar una familia, pagar una hipoteca y celebrar alguna barbacoa de vez en cuando .

Ese mar, ese océano de trivialidades y tonterías, esa descomunal pérdida de tiempo y desperdicio de energías que desembocaba, con el tiempo, y en el mejor de los casos, en hijos desagradecidos y egoístas, adolescentes desdeñosos que se dedicarían a hacer sus propias vidas lo antes posible, para dejar a sus padres otra vez solos y agotados.

Y lo sabía de buena tinta, porque exactamente así era como lo había hecho él .

A nivel personal la paternidad le había decepcionado por completo.

¿Y qué otro nivel existía, sino el personal?

Los balbuceos de su hijo eran pobres frente al más somero discurso de Beethoven, esa era la verdad, por muchas tonterías que dijese la gente.

En cambio ahora debía sacrificar su carrera artística, aquello en lo que creía por encima de todo y a lo que había dedicado su vida entera , en virtud de lo irrisorio, de lo insignificante.

Era terrible . E injusto.

Desde aquel trayecto de vuelta a casa en el que se sintiese obligado a tomar tan abominable resolución , desde ese mismo momento en que le comunicara a Erika su terrible decisión, ya había tenido esa impresión de injusticia , de despropor ción.

No obstante sus palabras habían contado con el visto bueno de Erika, lo que le confundía todavía más .

Pero Erika no le había exigido nunca nada…

No, había hecho algo bastante más eficaz que eso: guardar silencio.

«Vamos …, eso no es justo».

Quizá lo fuese o quizá no , pero ella sabía perfectamente lo que significaba la música para él, y no dijo nada.

Guardó silencio.