La casa del árbol Capítulo 21
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Capítulo 21

En el preciso instante en que Dani alcanzaba, a duras penas, el agua sucia de la fregona, Alonso pulsaba las notas finales de su último concierto de la temporada .

La ovación que se desató en ese momento en el fastuoso Teatro Campoamor de Oviedo fue atronadora, y Alonso Urbizu , como tantas veces, tuvo que comparecer una y otra vez ante un público completamente entregado, enfervorecido de hecho, mil quinientas almas puestas en pie aún incrédulas ante lo que acababan de presenciar.

Años después esa noche se consideraría histórica, uno d e los acontecimientos pianísticos del siglo, pero mucho antes de que eso sucediese todos los allí presentes ya se habían convencido de no haber presenciado nada igual en toda su vida.

Para el propio Alonso aquel tampoco era un concierto más, aunque por motivos muy diferentes.

No solo se trataba de su último concierto de la temporada, sino de su carrera entera, aunque nadie hubiese sido capaz de imaginarlo ese día viéndolo entrar y salir con calma del escenario.

Incluso se detuvo entre bambalinas a charlar tranquilamente con un conocido y, durante unos minutos que a muchos se les hicieron eternos (sobre todo a su interlocutor), pareció olvidarse de que aquel atronador homenaje, que no cesaba, se dirigía precisamente a él.

Los técnicos de sonido, jefes de sala y demás profesionales se miraban entre sí sin saber muy bien qué hacer, mientras que el resto contemplaba su impasibilidad en respetuoso silencio, secretamente impresionados ante la indiferencia de aquel hombre hacia la gloria .

Incapaz de soportar por más tiempo la tensión, el conocido se atrevió a señalarle que aquel escándalo se debía a su persona , a lo que Alonso respondió con perfecta tranquilidad :

—Los escucho perfectamente.

En efecto, aquella orgía le resultaba a Alonso por completo indiferente, y lo único que deseaba era que se extinguiese por sí sola de una vez para poder marcharse.

Y no era por un sentimiento de superioridad, como muchos pensaban, ni por falsa modestia, sino más bien por todo lo contrario .

Jamás había sido capaz de entender el fervor que provocaba su profesión, pues, en su fuero interno, no se consideraba a sí mismo más que un medio, un mero conducto entre el compositor y el público.

El motivo por el que el público reverenciaba al medio era algo que escapaba completamente a su comprensión. Y esa noche más que nunca .

Así que se dispuso a afrontar el trámite con la resignación acostumbrada, consciente de que su compromiso con el respetable aún no había concluido.

En efecto, pocos minutos después el público se agolpaba en la puerta de su camerino de cidido a prolongar su éxtasis todo lo posible, ya fuese en forma de autógrafos, de selfis o incluso de alguna palabra robada al gran hombre, mientras que el propio Alonso , también como siempre, se dedicaba a atender a todos ellos con amable aunque distante disposición.

Eso sí, observaba de reojo a todos aquellos extraños que aguardaban una cola interminable solo para estrecharle la mano un momento o para hacerse una foto con él…

Todos esos rostros sonrientes que parecían no querer perderse un solo detalle de sus gestos o de sus palabras , que, de hecho, lo contemplaban de hito en hito con una especie de arrobo extasiado y secreto, como si todos ellos conociesen algo sobre su persona que él mismo ignorase…

Se encogía de hombros y seguía firmando.

También le parecía reconocer algo mezquino en aquella actitud de la gente.

Siempre se lo había parecido, algo miserable, como si pretendiesen sacar toda el agua del pozo que les fuese posible antes de regresar de nuevo a sus vidas ordinarias; como si todos ellos considerasen que su entrada les daba derecho a algo más que a la música.

Pero él no era una máquina de dar felicidad a los demás.

Cuando, por fin, todos aquellos desconocidos se marcharon a casa, Alonso volvió a quedarse tan solo como lo estaba siempre.

Esa era la paradoja .

Pero a Alonso la soledad nunca le había molestado.

Y tampoco es que fuese indiferente a la influencia del gran público , no se trataba de eso.

De hecho tenía una especial estima por esa energía que la gente le proporcionaba, y hacía uso de ella con regularidad.

Un auditorio repleto constituía una incomparable caja emocional de resonancia, capaz de amplificar y transmitir el contenido de la música de un modo apasionado , contagioso…

, vivo. Había grabado muchos discos en estudio y en cada uno de ellos había echado en falta esa sensación , y por ese motivo prefería mil veces sus grabaciones en público a las enlatadas, aún con las imperfecciones y deslices propios del directo que pudiesen contener.

Le parecían más nobles , más sinceras, pero, sobre todo, mucho más urgentes.

En cambio la parte social del asunto no le interesaba lo más mínimo, y aun menos la parte «circense», esa a la que tan aficionados parecían otros colegas suyos y cuyos encantos , por lo visto, a él le pasaban completamente desapercibidos.

Los famosos conciertos de Navidad, los encuentros extramusicales de cualquier tipo , tan frecuentes en los últimos tiempos, los eventos populistas o divulgativos le dejaban tan frío como un témpano, así como esos baños de masas a los que con tanta naturalidad se prestaban otros artistas, y que a él le agotaban y le aburrían a partes iguales.

Le habían insistido mil veces en que asistiese a aquellos eventos y muchos otros, y rara vez había aceptado.

Y no porque los desdeñase o los despreciase, como tantos críticos malintencionados se empeñaban en señalar con aquella afición por la salsa rosa de la que no escapaba ni siquiera la música clásica, sino por simple desinterés.

Muchos de los que promocionaban aquellos eventos , colegas de profesión mayormente, le parecían gente interesante de hecho , personas de las que se podía aprender, pero siempre le había parecido descompensado eso de tener que dejar de estudiar para ir a parlotear con cualquiera de ellos.

Una vez le habían invitado a comparecer en un conocido programa de televisión y había huido de inmediato, espantado.

Pero es que, más allá de la propia música, todo le parecía pueril y prescindible.

Claro que la gente hacía cosas incomprensibles continuamente …

, como aquella ocasión en la que un chico le estuvo aguardando durante horas en la puerta del auditorio, sentado sobre un desangelado banco con un frío que cortaba y acompañado tan solo de su programa de mano.

Debían ser las dos o las tres de la madrugada cuando él por fin abandonó el auditorio, y sentía la cabeza como si estuviese llena de humo, como le pasaba siempre cuando llevaba literalmente todo el día tocando.

Entonces aquel joven se le acercó , exultante y aterido, con la cara roja y exhalando una nube de vaho a su paso, para «saludarle y a felicitarle por el concierto».

Lo único que él deseaba era marcharse al hotel de una vez y descansar, pero se esforzó como pudo en corresponder al desconocido con las habituales palabras de cortesía, intuyendo vagamente, y con creciente impaciencia , que aquel chico quería decirle algo más, pero no se atrevía a hacerlo.

Hasta que, por fin, tras un prolongado silencio, el joven se le acercó un poco más y le susurró con torpeza y de corrillo las palabras que , sin duda, ya tenía preparadas de antemano:

—Es usted mi ídolo, desde siempre. Solo quería hacérselo saber y decirle que decidí hacerme pianista al escuchar sus discos. Y darle las gracias por cada uno de sus conciertos.

Aquel joven apasionado y torpe le inspiraba una vaga simpatía, aunque también una inconfundible tristeza. Así que, a pesar de su cansancio, y aun temiendo dar pie a prolongar todavía más la situación , Alonso no pudo evitar preguntarle:

—¿Cuántos años tienes?

El chico respondió de inmediato:

—Diecisiete, señor.

—Diecisiete años…, ¿y qué haces aquí a estas horas? —le volvió a preguntar Alonso, con sincera curiosidad.

—Lo que le he dicho… —El chico parecía ahora un tanto descolocado. No esperaba preguntas, sino respuestas, y , ¿por qué no?, una masterclass improvisada del gran Alonso Urbizu sobre las claves del éxito, a las tres de la madrugada, y en mitad de la calle.

Sacar más agua del pozo.

—Quiero ser como usted.

Pero la simpatía de Alonso ya se había esfumado, así que le respondió sin piedad :

—En tal caso, harías mejor en irte a estudiar.

Y así terminó la conversación. Alonso volvió a estrecharle la mano enguantada y se marchó directamente al parking del auditorio, sin volver la vista atrás ni una vez.

Debía ser el único pianista del mundo que se sentase a estudiar tras sus conciertos, pero, para él, esa fase de su trabajo era la más provechosa de todas, cuando podía corregir en caliente todo aquello que, a su juicio, no había funcionado frente al público como debía hacerlo y todavía se sentía enchufado a la música, por así decir.

En esos instantes le parecía encontrar con naturalidad ese estado creativo que, en circunstancias normales, solo acontecía a costa de largas horas de trabajo, y no siempre.

Era el momento clave, cuando el agua comenzaba a hervir y aparecían cosas que antes no se mostraban, aunque siempre hubiesen estado ahí.

El agujero de la partitura se ensanchaba hasta lo vertiginoso, permitiéndole acceder a regiones desconocidas, increíbles … , inimaginables.

En esas sagradas ocasiones, Alonso había experimentado las sensaciones más intensas de su vida, y también las más felices.

Pues, habitualmente, le parecía que todo lo que rodeaba a su profesión era como el encuentro con aquel chico: inexacto, confuso, dependiente estúpidamente de minúsculos gestos, de triviales banalidades, cosas que, de ordinario, nada tenían que ver con lo que uno sentía en realidad.

Sutilezas insignificantes, malentendidos ridículos…