La casa del árbol Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Los niños eran asombrosos…, una fuente inagotable de enseñanza.

Llevaba todo el día solo, sin comer, sin beber, sin dormir su siesta y empapado hasta arriba, pero en ese momento le apetecía jugar, y jugaba.

La barrita de chocolate le había sabido a gloria y estaba contento.

Y lo reflejaba con la misma espontaneidad con la que se había reído al encontrarla.

No eran como ellos, tristes adultos , no se cohibían ni desperdiciaban su tiempo filtrándolo todo a través de la razón.

Había comprendido que, por algún motivo, no podía salir de Walden ni su madre entrar, un misterio más proveniente del mundo de los adultos al fin y al cabo, así que ¿para qué preocuparse?

Cuando tuviera sueño se dormiría sin más.

Los niños eran como el sabio del cuento: cuando comen, comen; cuando duermen, duermen; cuando juegan , juegan. Y ahora le apetecía jugar.

Para ellos el mundo debía de ser una aventura continua, una ininterrumpida sucesión de acontecimientos más o menos asombrosos. Su miedo también era muy diferente , y desaparecía enseguida, como si algo los instase constantemente a no desperdiciar ni un minuto.

Claro que el verdadero miedo llegaba después.

En una de sus apariciones Erika observó que el pañal comenzaba a desbordarse, y, de nuevo, sintió aquel escalofriante insecto hurgando en su pecho.

«Si al menos se durmiera pronto… Por favor, diosito, haz que se duerma pronto de puro aburrimiento. Solo te pido eso».

Pero Dani parecía especialmente activo y curioso en ese momento.

No paraba de deambular por la casa y se situaba una y otra vez fuera del alcance de la vista de Erika, lo que acrecentaba su ansiedad.

Ella también seguía recorriendo con su mirada el interior de la casa, pero lo hacía ya más por inercia que otra cosa, deteniéndose cada vez con menos fe en los lugares clave, como cuando reconocía a un paciente por el que sabía que ya no se podía hacer nada: la puerta principal, las ventanas sin rejillas, tan tentadoras y tan fuera de su alcance al mismo tiempo…

Y su vista se detenía una y otra vez en el mismo punto, atraída por un imán invisible: el seguro de la puerta corredera .

Contempló la boca de la chimenea y no pudo menos que lamentarse.

«¿Una rejilla? ¿Por qué motivo, en el nombre del Señor, se le había ocurrido a Julio colocar una rejilla en el interior de una chimenea?».

«Para evitar que entren animales, sin duda, ardillas o incluso ratas».

Entonces vio por el rabillo del ojo que Dani se agachaba a mirar algo, con la misma actitud reconcentrada con la que antes había atendido a sus instrucciones.

El cubo de la fregona .

«Agua, por supuesto. Eso era lo que buscaba. Y por cierto que la acaba de encontrar».

La idea la golpeó con inesperada violencia.

«Pretende beber el agua sucia de la fregona».

La puritana recalcitrante que habitaba dentro de ella —«no tan dentro, no tan dentro como te gustaría»— ya estaba abrien do la boca para hablar, escandalizada, p ero la nueva Erika, la desconocida, aquella que mejor había comprendido que sus opciones iban a depender, sobre todo, de su capacidad de adaptación, ni siquiera se sorprendió, y hasta se sintió complacida.

Su hijo estaba demostrando tener bastantes más recursos que las dos Erikas juntas.

«Las posibilidades de que consiga encontrar agua por otros medios son remotas. Además, ¿no bebe también algo de agua sucia cuando lo bañas? Esa agua no le matará. No beber puede que sí lo haga».

Otra vez se sentía a bordo de una disparatada atracción de feria, ajustándose ya la barra protectora, una de esas en las que, a los pocos segundos de comenzar , ya no sabías ni dónde estabas. De nuevo todo comenzaba a girar, a acelerarse, a precipitarse.

No obstante, su voz interior se mantuvo firme: «Déjale beber».

Esta vez Dani ni siquiera le pidió permiso. Se agachó con avidez y se inclinó sobre el cubo rojo Vileda al tiempo que el cubo comenzó a inclinarse sobre él.

La frígida todavía hizo un tímido intento:

«¿De verdad vas a permitir que tu hijo beba de esa agua?».

—Sí —respondió Erika en voz alta—, de verdad lo voy a permitir. —Y añadió , con infantil satisfacción—: Y tú no vas a poder impedirlo .

«Lo que funciona no se toca, Eri».

«Lleva-llévame en tu bicicleta…».

Dani permaneció inmóvil durante unos instantes, haciéndole comprender que ya debía estar bebiendo, y, en ese breve intervalo de tiempo, Erika se sintió casi bien, en paz.

Hasta que sucedió lo inevitable: el cubo de la fregona se inclinó con mayor velocidad hacia él, desequilibrándose y escapándose de sus manos.

Erika trató de avisarle, pero, sencillamente, no llegó a tiempo, y todo el contenido del cubo de la fregona se desparramó sobre él.

Entonces sí, tras un instante de muda sorpresa, Dani comenzó a llorar a pleno pulmón, empapado de arriba abajo.

Y al ver a su hijo así, calado hasta los huesos de agua sucia, desconcertado, aterrorizado …, Erika también comenzó a llo rar, un llanto inconsolable y derrengado que manaba desde lo más profundo de su corazón.