Capítulo 20 #3
Erika se acercó a la mesa casi con resignación, contempló los tristes restos de la cena —tres o cuatro escuálidas cortezas de pizza resecas y seguramente en mal estado después de llevar todo el día al sol— y tomó la más pequeña de ellas, con la actitud de quien se dispone a tomar una medicina.
Pero constató que no tenía saliva con la que abordarla, así que la dejó de nuevo donde estaba y tomó a cambio el vaso de plástico de los Super Wings de Dani, que se encontraba junto a su lata vacía de Mixta de la noche anterior .
Apuró su contenido de un minúsculo trago —apenas un dedal de agua caliente lleno de pececitos de pan y jamón —, sintiendo cómo sus papilas se contraían e inflamaban con precipitada ansiedad, ávidas de una sensación que concluyó nada más empezar dejándola profundamente insatisfecha.
A continuación tomó la lata de Mixta y la sostuvo inclinada sobre su boca durante un buen rato , rebuscando con su lengua por el interior de su abertura como un oso hormiguero, y solo entonces volvió a acercarse la reseca corteza a la boca, recordándose que debía comerla despacio si no quería vomitarla.
La corteza se fue disolviendo poco a poco entre sus entumecidos labios, y Erika tuvo que mirarla un par de veces para asegurarse de no estar comiendo el cartón de la caja en realidad.
Tragarla fue como tratar de engullir una áspera piedra de silicio .
En ese momento volvió a comparecer Dani al otro lado del cristal.
Esta vez Erika no se dignó a moverse del lugar en el que se encontraba.
Llevaba ya un rato percatándose de que su agotamiento parecía desembocar en una peligrosa apatía.
Alguna vez le había pasado (aunque no de adulta, que ella recordase), y lo había visto a menudo en sus pacientes.
Era como si la conciencia optase por desconectarse ante la acumulación de acontecimientos abominables.
Como si no diese abasto y se volviese «pasota».
Pero la atención de Dani no parecía dirigirse hacia ella. Había encontrado algo y …
¿Se reía?
«Claro, porque en la casa del árbol todo son risas».
A pesar de su agotamiento, Erika se sintió admirada.
Una vez más Dani se dedicaba a resolver el problema por sí solo, al menos la primera parte del problema.
Junto con el llavero de Walden, que no soltaba en ningún momento —si su madre le había dicho que era importante, podía estar segura de que no las soltaría —, llevaba algo más, algo que Erika reconoció enseguida: media barrita de chocolate Toblerone, a las que su marido era prácticamente un adicto.
Aquellas barritas solían ser el motivo de las escasísimas discusiones que tenían, pues Alonso tenía la irritante costumbre de dejárselas olvidadas en los lugares más dispares de la casa .
Dani levantó la cabeza y, al darse cuenta de que su madre le estaba mirando, se echó la barrita a la espalda instintivamente, como hacía siempre cuando le pescaba haciendo algo indebido.
«El chocolate le dará sed», saltó la puritana de inmediato.
Pero le dio del todo igual. Por nada del mundo le impediría comer.
Prácticamente había descartado ya conseguir entrar antes de que llegase Alonso, así que ya se ocuparía de su sed después.
Se estaba acostumbrando a improvisar, algo que nunca se le había dado bien, pero en la casa de la risa no quedaba otra; en Treeland el que no bailaba se quedaba fuera.
—¿Qué tienes ahí, ladronzuelo? —le preguntó Erika alzando la voz, pero sonriendo al mismo tiempo .
Dani vaciló un instante, pero enseguida le mostró su alijo .
—Calete.
Su instinto de obediencia era tan fuerte que no se le ocurría echárselo a la boca sin el permiso materno, a pesar del hambre que debía sentir.
—¿Tienes hambre , mi niño? —Erika sentía que la voz se le quebraba , pero no por eso dejó de sonreír.
Dani asintió, y Erika le dio permiso moviendo tristemente la cabeza.
«Come, Dani . Come, mi niño, te aseguro que tienes todo mi beneplácito ».
Dani tardó apenas unos segundos en devorar la minúscula barrita de chocolate, y Erika sintió que le alimentaba más a ella que a él.
Dani era muy comilón, lo que solía ser motivo de bromas entre Alonso y ella.
Cuántas veces no se habían reído recordando aquel día en que , jugando con la plasti, le había dicho a Dani:
—Te voy a hacer un perrito para que lo saques a pasear. ¿Vale? ¿Quieres que te haga un perrito grande o pequeño?
Dani lo pensó un momento, y respondió con convicción :
—Calente.
Al recordar aquello, la sonrisa de Erika desembocó de pronto en una risa desconocida y explosiva, una especie de l adrido corto y seco.
«Estupendo, por lo visto ya he comenzado a volverme loca».
Tras comerse la chocolatina Dani se limpió distraídamente con la manga del pijama (como se limpiaban todos los niños, pensó Erika con cierta histeria, moviendo la cabeza en lugar de aquello con lo que se limpian), y lo único que consiguió fue extenderse el chocolate por toda la cara.
Estaba segura de que protestaría y pediría más, pero, de nuevo, Dani la sorprendía, mirándola sonriente con la boca churretosa y desapareciendo momentáneamente de su vista , solo para volver a aparecer enseguida.
«¿Qué está haciendo?».
Se escondía detrás de la cortina, se asomaba y se escondía otra vez.
Le parecía imposible, pero estaba jugando.