Capítulo 20 #2
Tenía varias amigas que recibían algún tipo de psicoterapia, pero, casualmente, se trataba siempre de mujeres sin hijos.
Los hijos te ponían en tu sitio, te quitaban las tonterías para dejarte a cambio lo que de verdad importaba, salvo en los casos de egoísmo supremo, claro.
Ella misma, hasta la llegada de Dani, siempre había dormido mal, lo que muchas noches, sobre todo cuando sabía que al día siguiente la esperaba un día duro y cargado de guardias, llegaba a ser desesperante.
Cualquier cambio en su rutina habitual hacía aún más difícil su descanso, y llegó un momento en que se creía del todo incapaz de poder dormir si no era en su propio colchón y con su almohada y ataviada con sus tapones para los oídos y su antifaz.
Y, a pesar de todo eso, dormía cada vez peor.
Al quedarse embarazada su inquietud en ese sentido fue grande, advertida por alguna que otra amiga — con cierto placer sádico, según le pareció— de que aprovechase para dormir todo lo que pudiera, por que, después, ya se podía olvidar.
Y al principio fue así, en efecto. Pero al cabo de un tiempo su naturaleza se reorientó, se adaptó , como pasaba siempre, trocando su insomnio crónico en una admirable capacidad para dormirse en menos de un minuto y en el lugar que fuera.
Una cuestión más de simple supervivencia, como tantas otras.
Había pasado de tener toda la noche para dormir a disponer de breves intervalos para hacerlo, y cuando los tenía se dormía de inmediato, vaya que si lo hacía.
Por otro lado, ese supuesto sacrificio que consistía en tener menos tiempo para irse de compras, o para quedar con alguna amiga, le pa recía irrisorio en comparación con el universo que su hijo le regalaba cada día, o cada minuto más bien.
Pero también le parecía justo. ¿No lo habían hecho antes también por ella?
La naturaleza, más que sabia, era ecuánime, reponía con justicia aquello que una ya había disfrutado antes.
Se le vino a la cabeza Claudia Turpín, compañera de facultad del último año de carrera, con la que había cultivado una relativa (muy relativa, a decir verdad) relación de amistad.
«Qué cosas nos depara la mente. Y en qué momentos».
No hacía ni un año que, sin saber cómo ni por qué, se encontró manteniendo con ella una conversación casi surrealista tras cruzársela casualmente nada más dejar a Dani en la guardería.
Al verla ojerosa y dispersa, su antigua compañera no solo de facultad, sino también de alguna que otra puntual (y casi siempre decepcionante) salida nocturna, se animó a formularle la inevitable pregunta, con su habitual desparpajo impostado:
—Pero, tía…, y ¿compensa?
Sobre todo recordaba su mirada, esa mirada condescendiente, piadosa, como de secreta astucia… La misma que había sentido tantas veces dirigida a ella desde que era madre, y proveniente siempre de mujeres sin hijos, por cierto. Esa mirada de lá stima .
La boba de Claudia Turpín, que con sus treinta y tres añazos seguía viviendo en casa de sus padres, donde no se hacía ni la cama.
«Pues sí que compensa, “tía”. Más de lo que imaginas».
El curso de su divagación se interrumpió de golpe, pues en ese preciso instante Dani se dio la vuelta y ella se apartó de su campo visual de forma instintiva.
«Si hubieses tenido estos mismos reflejos cuando sentiste el traqueteo de la puerta ahora no estarías así».
Dani no había soltado las llaves, y, por un momento, a Erika se le pasó por la cabeza la idea de explicarle el modo de introducirlas en la cerradura de la puerta principal.
Pero la descartó enseguida. No empezaría otra vez con eso.
Dani parecía tranquilo ahora, y no volvería a alterarlo con penosos ruegos ni complejas instrucciones .
Ni hablar. Lo dejaría tran quilo mientras estuviese bien y esperaría a que pasase el tiempo, solo eso.
Además, era una idea estúpida. Aunque lo lograse, ¿de qué le serviría?
Aún le quedaría otra puerta por abrir, y el manojo de Walden tenía muchas llaves.
Sin contar con que Dani ni siquiera alcanzaba la cerradura, claro, o que ella misma no tenía forma de bajar del árbol…
¿Qué solía decir Alonso en esos casos?
«Lo que funciona no se toca».
Era su frase favorita cuando ella se preguntaba si debía despertarle o no para tomarle la temperatura, por ejemplo, si había estado malito durante el día o cuando sospechaban que podía tener el pañal empapado de pis.
En esos momentos Alonso siempre parecía tener las ideas mucho más claras que ella y hacía uso de esa frase con frecuencia.
«Si está dormido, no le despiertes, Eri. Lo que funciona no se toca».
De pronto se sintió furiosa contra Alonso. Todo aquello era culpa suya en realidad. A ella jamás se le habría ocurrido construir una casa en lo alto de un maldito árbol, eso para empezar, con un niño de la edad de Dani y alejados del mundo entero.
Qué falta de sentido común, qué irresponsabilidad…
«¿Y qué importa ahora el reparto de culpas?».
Nada. Pero es que no tenía la menor idea de lo que podía hacer ahora esa era la verdad, excepto esperar a que el tiempo pasase lo más rápido posible.
No dejaba de ser irónico. Hasta el día anterior la mera idea de sentarse a aguardar a que llegase Alonso le había parecido intolerable.
En cambio ahora valoraba la suerte que había tenido en realidad.
Alonso podía haber se ausentado durante mucho más tiempo.
¿Cuántas veces no se marchaba cuatro o cinco días durante sus giras de conciertos ?
Sobre todo cuando tocaba fuera de España.
Y, en ese caso, sí que se podían haber dado por perdidos.
Solo llevaban un día así, menos de un día a decir verdad.
Pronto llegaría de nuevo la noche, y Dani se dormiría hasta la mañana siguiente, y para entonces Alonso ya estaría de camino.
O eso esperaba. Así que ahora to caba tener paciencia y tratar de no hacer ninguna estupidez más .
La puritana, finalmente, había vencido.
De pronto sintió un agudo retortijón; se acercó a la barandilla y vomitó con derrengada facilidad, solo bilis y saliva, pues al parecer ya no había nada más que vomitar.
Pero no se sintió mejor después de hacerlo, sino aún más debilitada.
Sus náuseas parecían ser de naturaleza emocional , pues cada vez que miraba a Dani sentía un escalofrío enfermizo en el pecho, como si unas patitas peludas se estuviesen dedicando a hurgar por ahí dentro.
«Tiene que comer algo… y sobre todo tiene que beber. Un niño de su edad se deshidrata enseguida».
A ella misma le resultaba cada vez más difícil pensar.
Su propia reserva de energías también se agotaba, y, por más que miraba furtivamente a través del cristal en busca de cualquier idea, se daba cuenta de que su cabeza ya no estaba trabajando bien .
Además, la escasa información lúcida que le llegaba resultaba desalentadora : la nevera estaba casi vacía, pues solían llevarse la comida justa para el fin de semana, a veces ni eso (nunca había podido olvidar aquella historia que le contó su madre sobre una vecina que se dejó comida olvidada en su casa de campo y no volvió a ella hasta al cabo de mucho tiem po, y, cuando lo hizo, unos gusanos como su dedo pulula ban por toda la casa).
Ni a Alonso ni a ella les gustaba cocinar, así que solían acercarse siempre a Zeanuri a comer algo o comprar cualquier cosa.
Que ella recordase, en la nevera había una lasaña congelada —que a Dani le encantaba y que se suponía que habrían comido ese día los dos—, una enorme lechuga en su funda de plástico, que compró aun sabiendo que sobraría más de la mitad, algo de leche y los adorados potitos de Dani, junto con algún que otro yogur.
Pero Dani no alcanzaba al picaporte de la nevera ni tenía fuerza para abrirla.
En el armarito de la despensa podría haber alguna cosa más…
; alguna lata de atún , palomitas para el microondas, tres o cuatro botes de especias …
y poco más. Nada, en cualquier caso, de lo que Dani pudiese abastecerse por sí solo.
Y con los grifos pasaba más o menos lo mismo. De por sí eran difíciles de accionar, pero, sobre todo, se encontraban lejos del alcance de Dani.
«Difíciles de accionar, pero no imposible».
La puritana le resultaba recalcitrante. Era una sosa, además de una pedante, pero, en esta ocasión, Erika no pudo sino agradecer su rápida comparecencia:
«Ah, ¿sí? ¿Y cómo se supone que llegaría a ellos? Acercando una silla al lavabo o al fregadero de la cocina, ¿no? ¿Quieres que Dani se caiga desde lo alto de esa silla, se haga daño de verdad y no puedas atenderle? Entonces quizá sí que conozcas el significado de la palabra “desesperación”».
OK . Entendido.
Entonces ¿qué?
Entonces nada .
Esperar.
Pero su vista seguía planeando por encima de la estancia en busca de cualquier cosa aprovechable, como si se tratase de un dron ajeno a su voluntad.
Se topó por enésima vez con la caja de pizza congelada Di Mamma sobre la repisa de la cocina y volvió a constatar que de nada le servía, teniendo en cuenta que los restos de la cena estaban allí fuera, con ella.
Entonces pensó que ella misma tampoco había probado bocado desde el día anterior, y , si no quería que el próximo desmayo fuese el último , debería obligarse a comer algo.
Al fin y al cabo en las últimas horas solo se había dedicado a llorar , gritar, vomitar, descalabrarse, perder el conocimiento o deambular por los tejados, por lo que quizá sí que le vendría bien reponer algo de energía, a pesar de las náuseas.