La casa del árbol Capítulo 20
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Capítulo 20

De algún modo que nunca supo, Erika se las arregló para regresar desde lo alto de la chimenea, el punto más elevado de Walden, hasta su aborrecida terraza.

Descendió de un salto sobre el tejado, un juego de niños comparado con hacerlo a la inversa, orinó a un lado con indiferencia y comenzó su descenso sin pensar en nada y sin tomar precaución alguna.

Lejos del envaramiento con el que había subido antes, sus movimientos resultaban ahora sencillos y eficaces.

Si alguien la hubiese visto desde abajo, pensaría que deambulaba por los tejados con frecuencia.

En realidad no sabía ni lo que hacía; se movía por inercia, con los ojos entrecerrados y sin apoyarse en nada.

No veía nada, no sentía nada. Andaba igual que respiraba: sin ser consciente de ello.

Su calcetín oscilaba a un lado y a otro por encima de su hom bro, como un complemento burlón y estrafalario de su no menos pintoresco atuendo.

En su ascenso se había cruzado con una babosa de un tamaño sorprendente y recordó haber pensado que, aunque la bajada posiblemente resultaría aún más difícil que la subida, el tintineo de las llaves de Walden en su bolsillo le otorgaría un ánimo renovado.

Pero al volver a cruzarse con la misma babosa lo que pensó fue que ahora conocía un aval mucho mayor que el de la alegría .

El de la indiferencia.

En alguna región intermedia entre su consciencia y el estado semicatatónico en el que se encontraba, Erika sabía que nunca se perdonaría por aquello.

Había fallado. Había fallado como madre.

Y, aunque ahora mismo apareciese Alonso por el sendero silbando una de sus piezas favoritas de Schubert (algo que, de hecho, podría suceder en cualquier momento), aunque de pronto compareciese por allí un guardabosques despistado y solícito, intrigado por la estampa de cuento que evocaba Walden en mitad del bosque, o si, de algún modo inimaginable, su terrible situación se resolviese por sí sola, ella sabía que nunca se lo perdonaría.

Dani no se merecía lo que estaba pasando.

Alcanzó la esquina por la que hacía un rato había subido con tantas dificultades (¿cuánto hacía de eso?

, ¿quince minutos?, ¿dos horas? No sabría decirlo), se dio la vuelta y se descolgó con facilidad hasta la barandilla de la terraza, apoyando su mano derecha sobre el tejado y aferrándose con la izquierda a su ya conocido poste.

Todos aquellos objetos desfilaban ante sus ojos en rutinario orden inverso, como una pesadilla recurrente que se proyectase hacia atrás: el tejado, el poste, la barandilla, la argolla…

Cuando finalmente descendió los peldaños de la silla, sin tan siquiera agarrarse, y dejó caer descuidadamente la cadena so bre el entarimado de madera, Erika comprendió que la per sona que acababa de descender era muy diferente a la que había subido.

Se acercó penosamente al más aborrecido de todos aquellos objetos, la puerta corredera, y miró en su interior.

Creía ser ya insensible a todo, pero cuando vio a Dani se apartó instintivamente a un lado antes de que él la viese a ella.

No le alteraría más de lo imprescindible, al menos hasta que regresase Alonso.

Y no solo por Dani, sino también por ella misma.

Ignoraba el estado de su sistema nervioso, pero esa era una incógnita que no tenía la menor intención de despejar por el momento, suponiendo, por ejemplo, que Dani se le acercase lloroso a la puerta y le empezase a pedir agua a gritos.

Así que se apostó a la derecha de la puerta corredera y se dispuso a contemplar a su hijo sin otra aspiración que esa por el momento.

Dani seguía agachado junto a la chimenea, de espaldas a la puerta corredera, y por eso él no la había visto a ella.

Parecía entretenido en algo, seguramente el llavero de Walden, ese llavero por el que ella hubiese dado media vida con gusto.

De ordinario Dani se comportaba así, se entretenía con cualquier cosa.

Allí en Bilbao le bastaba darle un táper, un puñado de tierra y dos palos para que no hubiese niño en toda la mañana.

En eso se parecía mucho a Alonso, se olvidaban del mundo entero cuando se concentraban en algo.

Parecía tan pequeñito a través del cristal, tan desvalido…

Cómo añoraba abrazarlo, solo eso. Rodear a Dani con sus brazos y atraerlo hacia sí.

Abrazar a Dani era como hacerlo con un osezno, o un koala, algo calentito, dulce y mullido.

Dani era más bien gordito y, por mucho que ella lo achuchase —cosa que, según Alonso, hacía hasta el hastío—, Dani no protestaba nunca.

Pero es que en sus treinta y dos de vida ella no había conocido sensación comparable a esa, sencillamente.

Arropar a un Dani recién bañadito en su diminuto albornoz, llevárselo al sofá… y abrazarlo. No necesitaba nada más.

Su primer beso era una experiencia aburrida en comparación. Su primer orgasmo una sosería.

Pues, más allá de ese complejo entramado de horarios, hobbies y rutinas que la gente solía llamar «vida ordinaria», Erika tenía la impresión de haber llegado desde hacía ya casi tres años a una incomparable isla, un oasis apartado y exclusivo —más solitario e incomprendido que otros, sin duda, de ahí su exclusividad—, que, desde entonces, la acaparaba por completo.

Su nombre era « maternidad», y, para ella, no existía nada parecido en el mundo.

Y nadie que no hubiese pasado por ahí podía tener la menor idea de lo que esa palabra significaba, especialmente aquellos que se entretenían formulando las preguntas más ociosas, y también las más estúpidas:

«¿Y cómo se sobrelleva todo eso? No sé cómo podéis».

«¿Dices que no has dormido más de dos horas en toda la noche? ¿Y cómo aguantas?».

«Ser madre debe de consumir mucho tiempo, ¿no?».

Mucho tiempo no; todo, más bien. Pero era lo mejor de la vida, lo único que le daba un mínimo sentido.

A su lado, sus sentimientos hacia sus seres queridos, incluso sus sentimientos hacia Alonso, resultaban anecdóticos.

Había gente que decía que se trataba de «sentimientos diferentes», pero no era así.

El amor siempre es amor, y no puede ser otra cosa más que amor, solo que en este caso su intensidad variaba tanto que, en efecto, parecían sentimientos diferentes.

Pero es que se decían tantas tonterías… Como aquello de que ser madre era «un acto de generosidad». Un acto de egoísmo más bien. Pues para ella no existía felicidad mayor que la de verle feliz a él, sencillamente. Y en realidad a eso se reducía todo.

Por otro lado era como si Dani y ella estuviesen indisolublemente unidos, pero de un modo inmaterial al mismo tiempo, desprendido…, hermoso. Aunque esa palabra también resultaba pobre para definirlo.

Sublime…, eso era. Era un sentimiento sublime.

Hasta la llegada de Dani, su experiencia vital —al igual que la de cualquier otra persona, suponía— había girado siempre en torno a la misma órbita: la suya propia.

Pero era como si, de pronto, eso hubiese pasado sin miramientos a un rotundo segundo plano.

Como materializar ese ideal que ella había deseado más de una vez: volver a empezar de nuevo, contemplar el mundo por primera vez y desde el principio, pero con su experiencia de adulto.

De forma que cada vez que Dani descubría algo, o se asustaba, o se ilusionaba, ella disfrutaba o padecía todo eso redoblado, contenía el aliento y creía descubrir en cada gesto y en cada reacción de su hijo el auténtico significado de esa palabra.

Sublime.

Y su olor era sublime; y esos pliegues que hacían sus pantorrillas a la altura de los muslos debían ser definidos como sublimes. Y sus pies…, ¿ qué podía decir de sus pies? Esos mazacotitos compactos, como las piezas rectangulares de su Lego, pero mulliditos…

No, desde luego no había conocido el verdadero significado de esa palabra hasta conocer a Dani, de eso estaba segura. Y se preguntó si todas las madres tendrían la misma percepción de sus hijos. Suponía que sí, en cambio ella creía ser perfectamente objetiva al pensar en ello.

La naturaleza era sabia, de eso no había duda, diseñaba a sus crías para ser veneradas por sus padres, dado que no existía mayor aval que el del amor.

Toda esa experiencia previa que, hasta entonces, incluía emocionantes viajes, bailes, salidas con las amigas, libros entretenidos…

quedaba muy atrás respecto a esos tres segundos que Dani había empleado en decirle por primera vez: —«Te-ero, mami».

El mundo volvía a estar recién pintado, pero ahora, además, se daba cuenta de ello, lo que lo convertía en algo mucho más apasionante, y mucho más completo.

Su primer baño, sus primeros pasos, la mirada de inmenso orgullo que le dirigió la primera vez que se llevó él solito la cuchara de puré a la boca…

Todo nimiedades en realidad, tonterías, pero que él las convertía en acontecimientos únic os, inolvidables.

Los cumpleaños, la Navidad, los Reyes Magos, el Ratoncito Pérez…

, todo eso y mucho más pasaba a través de su mirada impoluta y llegaba a ella convertido en algo extraordinario, emocionante, como un viaje largamente aguardado en el que los acontecimientos superasen por mucho todo lo planificado.

Sus primeros pantalones de vestir tipo chinos, su gesto de infinito asombro la primera vez que Alonso le sacó una moneda de la oreja…

, pero también sus anhelos y sus pequeñas decepciones —pequeñas, porque también él era pe queño—, sus éxitos y sus fracasos diarios.

Todo eso lo experi mentaba ella a través de sus ojos, todo lo gozaba, y todo lo su fría.

Estaban todos equivocados. La maternidad no era para valientes, ni mucho menos para generosos.

La maternidad era para conscientes.