La casa del árbol Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

Eso sí, el dique que contenía la presión sobre su cabeza final mente cedió desparramando su contenido de exquisito dolor, y en ese momento Erika estuvo segura de que se desmayaría.

Antes de que eso sucediese, se aferró con todas sus fuerzas a la chimenea tratando de encontrar un lugar de re lativo equilibrio, situó su centro de gravedad en la boca de esta, incrustándose el cemento entre las costillas, y, cerrando los ojos, se dispuso a resistir del modo que fuese.

Y así permaneció durante un tiempo indefinido mientras diminutas motas brillantes desfilaban frente a sus ojos , como si estuviese en el interior de un demencial caleidoscopio.

Apenas podía respirar, y sus manos aullaban en el extremo de sus brazos como si se las hubiese desollado y descoyun tado al mismo tiempo, cosa que era posible que hubiese sucedido. La presión del cemento sobre sus costillas era sencillamente insoportable.

Cuando estimó que no podría aguantar ni un segundo más, varió ligeramente de posición y, para su sorpresa, comprobó que no solo no se había desmayado, sino que aquella náusea de caballo parecía remitir de mala gana, como una abominable ola que ya comenzase a alejarse.

Solo entonces se atrevió a abrir los ojos de nuevo.

Desde aquella nueva perspectiva el tejado resultaba sorprendentemente inclinado. Trató de enfocar mejor la vista, a través de una nube de lucecitas brillantes, y lo primero que vio, junto al lateral de la chimenea, fue la ovejita blanca de su calcetín de Kukuxumusu.

Se había dejado la cadena abajo.

Trató de gritar, pero solo consiguió que su aliento se escapase flojamente entre sus costillas, como un globo desinflado.

No podría repetir aquella hazaña, de eso estaba segura. Lo pensó mejor y comprendió que tampoco hubiese logrado subir de haber tenido que cargar con la cadena.

Se acomodó como pudo sobre el escaso medio metro cuadrado que la sustentaba y empezó a empujar la tapadera de cemento como si estuviera descubriendo una misteriosa cripta, sujetándose con la mano libre al canto de la chimenea.

Y así, poco a poco, fue desplazándola hasta más o menos la mitad de su recorrido.

Tomó aire y, con un último y derrengado empujón, la losa de cemento se precipitó por fin sobre el tejado de Walden.

El ruido no fue tan fuerte como esperaba, y resultó relativamente amortiguado entre la entusiasta algarabía del bosque.

Un sordo «trunk», que rompió un par de tejas al caer a plomo junto al pie de la chimenea, seguido de un deslizante siseo de fricción de piedra.

Por último, tras unos instantes de expectante silencio, un discreto « suish» penetrando más abajo, entre la maleza del bosque.

Mucho más abajo.

Le pareció oír la voz de Dani en el momento en que el bloque se deslizaba por el tejado, pero no estaba segura.

Entonces apoyó las manos sobre el cerco de cemento de la chimenea, acomodó las rodillas en sus laterales y fue retrocediendo poco a poco, a cuatro patas, como un perrito que tratase de olisquear una madriguera. Hasta que, por fin, pudo mirar en el interior de la chimenea.

Al principio no vio nada, y un olor desvencijado a piedra vieja, resina y ceniza la inundó. Se le vino a la cabeza el protagonista de «El testimonio de Randolph Carter», de Lovecraft, que había leído hacía poco.

«¡¡¡Warren!!! ¡¡¡No creerás lo que estoy viendo!!! ¡¡¡Coge tus cosas y huye!!! ¡¡¡Huye ahora que todavía puedes!!!».

Se inclinó un poco más sobre sus brazos delanteros, dos ascuas palpitantes unidas a su cuerpo, e introdujo la cabeza en aquel agujero de acre oscuridad, ladeándola ligeramente para permitir que entrase algo más de luz.

Y así, con los ojos muy abiertos, extrayendo a duras penas ocasionales bocanadas de aire entre aquel pozo angustioso y sombrío, forzó la vista todo lo que pudo, aguardando con paciencia a que sus ojos se fuesen acostumbrando a la oscuridad.

La sensación no podía ser más extraña ni más opresiva, un abismo subterráneo ubicado a nueve metros de altura. La cualidad de la luz parecía convertirse ahí abajo en algo mucho más revelador…, en algo casi sobrenatural.

Ahí abajo estaba su hijo…

Su hijo.

Y ella estaba dispuesta a llegar hasta él a dentelladas si era preciso.

Pero quizá no hiciera falta tanto. Bastaría con deslizar un ridículo calcetín de Kukuxumusu hasta sus manitas.

La Providencia tenía caminos misteriosos, desde luego.

Por fin, poco a poco, como emergiendo de aquella oscuridad ponzoñosa y enrarecida, comenzaron a dibujarse los perfiles del tenebroso conducto: un tubo de metal, en efecto, completamente cubierto de hollín, numerosas abrazaderas rematadas por una especie de alambres retorcidos en sus extremos, descollando en la fétida gruta como una especie de vegetación metálica, y… algo más.

Erika retiró un poco más la cabeza, lo justo para permitir que entrase algo más de luz en aquella cueva de Aladino, has ta que pudo ver el motivo por el que la cadena se detenía en su descenso: a menos de dos metros de oscuridad comparecía la silueta de algo sólido, cubierto de una espesa capa de hollín, con estática indiferencia.

«¿Una tapa?».

«Imposible… El humo…».

No, no era una tapa. Sino una rejilla.

Una rejilla con unos barrotes tan gruesos como los dedos de su mano.

«No…, por favor…».

Los barrotes estaban entrecruzados entre sí como una inmutable red de hierro, y entre ellos no entraría ni una chapa de Coca-Cola, cuanto menos un manojo de llaves.

Erika permaneció mirando la rejilla como si hubiese sido hipnotizada, incapaz de pensar en nada, de sentir nada. Hasta que la vocecita ahogada de Dani ascendió suavemente desde el corazón de las tinieblas.

—¿Yaaa, mami? ¿ Yaaa?

La rejilla comenzó a desdibujarse entre sus lágrimas con la misma precariedad con la que había surgido, como si todo aquello no hubiese sido más que un espejismo.

«No es justo».

Cerró los ojos sin poder contestar a su hijo, y una lágrima ácida le devolvió un apagado «plink» más abajo.

«No es justo…, no lo es».

Sin abrirlos, Erika comenzó a golpearse la frente con el dorso de la mano.

Una y otra vez, una y otra vez.