La casa del árbol Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Antes de subir ya se había fijado en que la boca de la chimenea estaba rematada por unos gruesos bloques de cemento, cuatro o cinco por lo menos, como inmensos anillos cuadrados apilados unos sobre otros.

Pero también se había percatado de que entre esos bloques existían unas rendijas de unos cinco centímetros de anchura por lo menos, diseñado así, sin duda, para que el humo de la chimenea pudiese salir .

«O también, por qué no, para que una madre desesperada pudiese introducir un calcetín atado a una cadena, no tengas duda. Ya sabes que Julio piensa en todo».

Temiendo escurrirse e irse finalmente abajo, Erika pasó de caminar encorvada a hacerlo a cuatro patas.

Hasta que, por fin, alcanzó la altura de la chimenea.

En efecto era alta, pero aprovechando la pendiente del tejado, que continuaba por su otro lado , y estirando bien los brazos, esperaba poder alcanzar su primera rendija sin mayor problema.

Se abrazó a la chimenea con ambos brazos, como había hecho hacía solo un rato con el poste de la terraza, y comenzó a rodearla poco a poco, sintiendo oleadas de vacío en el estómago.

Por algún motivo, el hecho de aferrarse a algo «terrestre» incrementaba su impresión de vértigo.

En cuanto alcanzó su extremo opuesto se sintió mucho mejor, casi a salvo, amparada por el ángulo de unos cuarenta y cinco grados que se formaba entre el tejado de Walden y la propia chimenea.

Se medio sentó sobre ese ángulo y comenzó a desenrollarse la cadena, extremando sus precauciones más que nunca.

«Mira que si se me cae ahora hasta abajo…».

Aseguró la cadena con cuidado a sus pies y se incorporó lentamente a inspeccionar la chimenea.

Eran cinco los bloques de cemento que remataban la chimenea, encajados unos sobre otros como en el juego de construcciones de Dani, y las rendijas que se formaban entre ellos eran aún mayores de lo que le había parecido desde abajo, de unos siete centímetros de anchura al menos , espacio más que suficiente para poder introducir y extraer su saquito sin mayor problema.

«Perfecto».

Se agachó de nuevo como una convaleciente, tomó el extremo de la cadena con el calcetín colgando, lo revisó por enésima vez y, sin entretenerse más, comenzó a introducirlo con emoción por la rendija que se formaba entre los dos primeros bloques, estirando los brazos sobre su cabeza.

Su corazón volvía a latir con fuerza , pero esta vez de pura emoción.

La cadena cumplía su misión a la perfección, traqueteando ligeramente sobre el cemento y devolviéndole tintineantes sonidos metálicos al rozar con el tubo interior de la chimenea, que también debía de ser de metal.

Casi podía visualizar a Dani, unos metros más abajo, preparado para cumplir con su misión como un agente secreto.

Entonces solo restaría volver a tirar con cuidado y…

El descenso de la cadena se interrumpió de golpe.

Erika tragó saliva.

«Mierda …, joder».

«¿Qué pasa?».

Era como si la cadena hubiese topado con algo sólido, como si hubiese llegado ya al fondo de la chimenea.

«Imposible. No he soltado más que cuatro o cinco brazadas de cadena. Se ha debido atascar con algo».

«¿Una abrazadera? ¿Un saliente de la chimenea?».

Se imaginaba su interior como algo roñoso, lleno de accidentes y protuberancias . Erika trató de mover la cadena a un lado y al otro, pero, cada vez que intentaba hacerla descen der, la cadena se interrumpía en el mismo lugar.

«Esto es absurdo . El conducto tiene que estar abierto por fuerza. De lo contrario no saldría el humo. Se ha tenido que atascar con algún estúpido saliente».

Lo intentó varias veces más, tirando de la cadena y balanceándola suavemente a un lado y a otro mediante el escaso margen que le permitía la rendija. Probó también a subirla hasta arriba del todo y soltarla después al vacío. Pero la cadena se detenía siempre a la misma altura.

«Mierda, joder, MIERDA . LA PUTÍSIMA MIERDA . ¿Tiene que ser todo así? ¿No puedes ponérmelo fácil alguna vez? ¡¿ NO ME VAS A DEJAR RESPIRAR UN MALDITO MINUTO ?!».

Armándose de infinita paciencia, Erika extrajo del todo el calcetín por la rendija, poniendo buen cuidado en que no se enganchase al sacarlo.

Entonces se le ocurrió probar por alguna rendija superior, cosa que a ella misma le pareció absurda , pero a veces las cosas absurdas funcionaban.

Solo que en esta ocasión no fue así. El descenso de la cadena volvía a interrumpirse en el mismo lugar.

Volvió a tirar de la cadena hasta extraerla del todo, probó en otra rendija, esta vez del lateral de la chimenea, con algo más de esperanza, pero el resultado era siempre el mismo : a las cuatro brazadas y media exactas, la cadena se detenía.

Finalmente, extrajo la cadena y el calcetín de la chimenea, y, con ellas en la mano, se preguntó qué demonios iba a hacer ahora.

Tenía que ser una tontería. L o más seguro es que hubiese algún tipo de cerco bordeando el tubo de la chimenea, una arandela de refuerzo , alguna mierda así.

El tubo tenía que estar hueco por fuerza, eso estaba claro.

Puede que un saliente, una argolla …, podía ser cualquier cosa, algo que bordease el tubo y que ella no pudiese salvar balanceando únicamente la cadena a un lado y a otro.

«¿Y si el tubo hace alguna curva?».

No. El tubo no hacía ninguna maldita curva , y lo sabía porque cuando estaba abajo ya se le había ocurrido esa idea y se había fijado expresamente en que el casete de la chimenea comparecía en perfecta línea recta respecto al tubo del tejado.

«Si quieres averiguarlo , no te queda otra que mirar en su interior».

La ansiedad volvía a corroerla. Dani llevaba ya demasiado rato esperando , y si se marchaba de la chimenea ya no podría hacer nada.

Igualmente, dejó la cadena a sus pies y se incorporó de nuevo con el fin de palpar con sus propias manos aquellos enormes bloques de cemento.

¿Qué función tendrían aque llos estúpidos mamotretos?

Ninguna, seguramente solo estética. No parecían estar pegados entre sí, sino solo apilados, encajados y afianzados por su propio peso, que, eso sí, debía ser enorme .

Estiró los dos brazos cuanto pudo y tanteó el más alto de ellos, el que hacía de tapadera.

Era de cemento, como los demás, pero tenía el doble de grosor , y su forma era muy similar al taburete que usaba Dani para alcanzar a lavarse las manos en el lavabo .

Tampoco estaba encajado como los otros, sino únicamente apoyado sobre la base plana del bloque sobre el que reposaba.

Quizá podría empujarlo y tratar de hacerlo caer…

El problema era que apenas alcanzaba, y aún menos podía hacer fuerza.

Probó dando unos breves pasitos hacia atrás, en busca del punto más alto posible.

Se medio recostó contra la chimenea sobre su hombro izquierdo y empujó como pudo el bloque más alto con el canto de su mano.

Ligeramente, apenas un par de centímetros, la tapadera se desplazó.

«Bien. Es posible moverlo. Aún puedes hacer algo».

Eso sí, pesaba una barbaridad . ¿Cómo los habrían subido hasta allí arriba? Pero es que apenas alcanzaba, incluso de puntillas y con el brazo completamente estirado.

«Podrías bajar de nuevo y traer una silla».

No , no iba a bajar de nuevo y traer una maldita silla.

Casi no había podido subir ella sola, como para hacerlo cargada de un mueble.

Y había otra cuestión: volvía a sentirse mareada, aunque ya no sabía si era por el vértigo, el golpe en la cabeza, la sed o el esfuerzo que acababa de realizar.

El caso es que, por primera vez desde que diese comienzo aquella Odisea, sentía que las fuerzas comenzaban a fallarle.

Tenía que ser ahora.

Trató de colocarse ligeramente mejor, afianzó como pudo los dos pies sobre el tejado y volvió a empujar con todas sus fuerzas, tratando de volcar sobre su brazo derecho algo del peso de su cuerpo. Renqueante, como de mala gana, la tapadera se movió un poquito más, quizá dos o tres centímetros.

«Hará un ruido espantoso contra el tejado al caer. Dani se asustará».

«¿Y qué demonios importa eso ahora? El problema no es ese. El problema es que aún te queda bastante para tirar la tapa, y ya casi no llegas».

Descansó un momento, se intentó colocar un poquito mejor y repitió la operación, pero esta vez no logró moverlo ni una sola pulgada. El mismo hecho de haberlo desplazado hacía que ahora alcanzase peor y que no pudiese ejercer fuerza alguna. De hecho, apenas lo rozaba ya con la punta de los dedos.

La ansiedad le impedía de nuevo pensar con claridad, lo que, unido al terrible esfuerzo que acababa de realizar, hacía que se sintiese cada vez más mareada.

«Si te desmayas, ya puedes olvidarte de todo. Y Dani también se puede olvidar. Ni siquiera estás atada».

Si pudiese empujarlo más, solo un poquito más…, su propio peso haría que se desequilibrase del todo. Pero no podía, sencillamente no alcanzaba. Y llevaba ya un buen rato sin avanzar. Dani ya había debido abandonar el casete de la chimenea, decepcionado por una nueva mentira de su madre…

En un arrebato de rabia, pero también de inspiración, Erika se agarró al hueco de la chimenea que acababa de formar y, sin pensar en lo que hacía, saltó hacia arriba con todas sus fuerzas. Sus piernas vacilaron un instante, pero de algún modo logró apoyar los pies sobre el cuerpo de la chimenea.

«¿ QUÉ ESTÁS HACIENDO ? LOS BLOQUES NO ESTÁN PEGADOS , SE TE VAN A CAER TODOS ENCIMA ».

Pero no se cayeron. Y, pataleando desesperadamente como un gato que hubiese caído en una piscina, Erika logró encaramarse a la boca de la chimenea.