Capítulo 19 #2
Dani se había agachado con aquella actitud tan propia de los niños de su edad, en cuclillas y con las manos en las rodillas, como si estuviese contemplando un hormiguero, y la escuchaba atentamente . Cuando le terminó de explicar, levantó las llaves con su puñito y apuntó con ellas al calcetín.
—Defín… ¿ahí?
—Sí , mi niño…, aquí dentro.
Erika tragó un segundo nudo casi indigerible y abrió un poco más el calcetín, para que su hijo pudiese verlo bien. El elástico funcionaba a la perfección.
—Dime, Dani, ¿lo entiendes? ¿Lo harás por mí?
—Chí .
Había comprendido.
Ahora tenía que subir lo más rápido posible.
Erika introdujo el extremo de su cuerda, es decir, el calcetín, por la parte baja de su camiseta y la extrajo de nuevo por la abertura del cuello .
Fue tirando de la cuerda y reliándosela en torno al torso y a la cintura por debajo de la camiseta , e ntremetiendo finalmente la parte de arriba del pijama lo más profundo que pudo dentro del pantalón.
Aseguró todo el conjunto , apretando el cinturón de tela del pijama —«aquí tengo un poco más de cuerda»—, y se dirigió directamente al vértice de la terraza.
«Cuando estoy débil es cuando estoy fuerte ».
«Puedo hacerlo».
La silla aún reposaba junto a la barandilla , pero al verla Erika comprendió cuántas cosas habían cambiado desde entonces.
También recordó haber pensado en llevarse la otra hamaca para atarla al vértice del tejado y poder utilizarla más veces como «escala», pero eso ya había quedado muy atrás .
Tenía que salir bien a la primera, sin más, así que no tenía ningún sentido cargar con más peso.
Y estaba convencida de que lo lograría. En pocos minutos estaría cambiando a su hijo, casi como si no hubiese pasado nada.
Para Dani, la mayor novedad habría sido la de haber dormido sobre la alfombra, como un perrillo. Para ella …, una lección inolvidable.
Se obligaba en todo momento a mirar únicamente a los objetos implicados, como si aguardase cola para subir a una atracción vertiginosa y se concentrase solo en la persona que tenía delante, decidida a montar, sí, pero impermeable a todo lo demás.
Por un instante se imaginó a sí misma vista desde abajo, envuelta en una cadena de columpio de la que colgaba un calcetín de Kukuxumusu a un lado de su cuello, como un estrafalario complemento ; desaliñada, ojerosa, ensangrentada…
y dispuesta a trepar como fuese al tejado de una cabaña a nueve metros de altura.
Y , de nuevo, se sintió invadida por una vertiginosa oleada de irrealidad.
Era sencillamente imposible que la noche anterior hubiese estado allí mismo comiendo pizza con su hijo, riéndose por los mordiscos que Dani le daba a su porción «como los del Rey León», y planificando la excursión que harían al día siguiente al Otzarreta.
«Nada de divagar».
Erika apoyó con firmeza su pie izquierdo sobre la silla y se agarró con la mano derecha al saliente de madera de la esquina de la cabaña, en una posición forzada pero que , esperaba, favoreciese su siguiente paso.
Y, de un solo impulso , alzó su pie derecho hasta la barandilla de la terraza , con plástica naturalidad, quedándose por un momento más o menos estable sobre ella.
El peso de la cadena no era excesivo y, de algún modo, contribuía a afianzarla mejor sobre sus pies.
Aun así tragó saliva. Desde esa nueva perspectiva la altura sobre el bosque resultaba realmente impresionante.
La idea era hacer una especie de zigzag sobre la pared de Walden, como si de una salamanquesa se tratase, aprovechar la elevación de la argolla más cercana, que ya había demostrado de sobra su consistencia, e impulsarse sobre la propia pared de la cabaña alzándose finalmente —así lo esperaba— sobre el tejado de Walden. Así que el siguiente paso era clave .
Erika apoyó el pie izquierdo descalzo sobre la argolla de la hamaca y, dispuesta a no pensar demasiado en lo que hacía, trató de aprovechar su inercia para impulsarse hacia el lado contrario, como si tratase de ejecutar una extravagante coreografía sobre la vertical de la cabaña.
Pero cuando basculaba hacia la derecha la argolla giró sobre sí misma bajo su pie, desequilibrándola y haciéndola pisar de nuevo sobre la baran dilla desmañadamente.
El gesto fue tan violento que la hamaca se le desató de la cintura, y, por puro acto reflejo, Erika sol tó la mano izquierda sobre la que se apoyaba echándosela hacia atrás en un involuntario intento por aferrar la hamaca, haciendo que el lado izquierdo de su cuerpo pivotase sobre su pie derecho, es decir, desde la barandilla hacia fuera, hacia el exterior de la cabaña, como una enorme bisagra humana.
Durante unos instantes eternos su cuerpo entero osciló sobre el vacío del bosque, como una bailarina o una acróbata que estuviese realizando un arriesgado ejercicio, y en ese intervalo de tiempo Erika estuvo segura de que ya no regresaría de nuevo a la terraza.
Sentía lejanamente su corazón bombeando como los pistones de un trasatlántico, y por un fugaz momento valoró sencillamente la posibilidad de soltarse, sin más, y acabar de una vez con aquel suplicio.
Pero no se soltó… y poco a poco, casi de mala gana, su centro de gravedad fue regresando de nuevo hacia el interior de la terraza, con angustiosa lentitud.
Cuando lo hizo del todo Erika se aferró al poste de la terraza como lo haría un náufrago con su tabla de salvación, y permaneció asida a él durante un buen rato , con los ojos cerrados y sintiendo vagamente que se había orinado encima.
Hasta que la apagada vocecita de Dani la sacudió de nuevo, como una descarga eléctrica:
—¡Ma-mááá!
Sin soltar su poste Erika gritó con todas sus fuerzas, sintiéndose otra vez próxima a sufrir un ataque de histeria:
—¡¡¡ YA VOY , DANI , YA VOY, YA VOY, YA VOY !!!
Pero sucedió algo nuevo a cambio. Hasta ese momento Erika había sobrellevado su pánico como una especie de rama doblada al límite que estuviese siempre a punto de romperse.
No obstante, ante el terror que acababa de experimentar, Erika sintió que esa rama finalmente se rompía, lo que, de algún modo, la liberó .
La fanática retomó definitivamente el mando como si no hubiese sufrido más que un brusco bandazo, recordándola, con frío pragmatismo , que si se demoraba más Dani sencillamente perdería el interés y se iría.
Sin darse tiempo a reflexionar nada más , Erika se entremetió de nuevo el extremo de la hamaca en el pantalón, reforzándola esta vez con el elástico de las bragas — «Mis malditas bragas mojadas»—, se agarró con más fuerza todavía al ángulo de la terraza y, apoyando de nuevo el pie izquierdo sobre la argolla —y asegurándose esta vez de que esta se encontrase perfectamente recta—, se desplazó hacia el lateral derecho justo igual que lo había hecho antes, pero asegurándose esta vez de no soltar sus puntos de apoyo por nada del mundo.
De un solo pero firme impulso sobre la pared, Erika se encaramó sobre el tejado de Walden con solvente eficacia.
Estaba arriba. Casi no podía creerlo, pero estaba arriba.
No habían debido transcurrir más de unos pocos minutos desde que Dani recibiera sus instrucciones, y, por tercera vez en las últimas horas, Erika experimentó una violenta explosión de euforia y el casi incontenible deseo de ponerse a gritar a pleno pulmón .
En cambio afianzó aún más sus piernas sobre el tejado de Walden y se dispuso a emprender su ascenso con toda la concentración de la que fuese capaz.
El tiempo de disfrutar de las cosas había quedado atrás hacía mucho tiempo.
«Continúa. Espabila, so estúpida. Dani te está esperando. No te distraigas por nada del mundo. Ya casi lo tienes . Vamos, Eri. Ya casi lo tienes».
Comenzó a ascender sobre las tejas de Walden, sintiéndose bastante desconcertada al notar tan cerca las ramas de los árboles.
El tejado entero estaba tapizado por una especie de líquenes negros, pequeñas porciones de musgo, a modo de islas, y grama seca diseminada por todos lados.
Pero ella veía todo eso de reojo, como un funambulista contemplaría las cabezas de la gente desde las alturas.
Caminaba encorvada, como si cargase con un peso enorme , pues temía con toda el alma poder escurrirse o que alguna teja se soltase, y se prevenía constantemente de la posibilidad de que cualquier cosa la asustase y la hiciese tropezar, por ejemplo una ardilla.
A pesar de su esfuerzo de concentración, era incapaz de evitar desdoblarse, y volvía a contemplarse a sí misma avanzando sobre un tejado a nueve metros del suelo, una mujer de treinta y dos años que nunca se había atrevido a montar ni en la noria de la feria.
Se sentía al mismo tiempo piloto y pasajero de su propio cuerpo, equilibrista y público, y esa doble ubicación la hacía sentir aún más intrépida.
A medio camino sintió algo de humedad en su frente. Al palparse comprobó que era sangre. Se limpió la mano distraídamente sobre el pijama y continuó ascendiendo.
A medida que se aproximaba a la parte alta del tejado se fue atreviendo a levantar la cabeza, comenzando a fijarse ahora en los detalles de la propia chimenea.
Estaba construida íntegramente en ladrillo, rematada y sellada en su base por una especie de goma o de plástico duro de color gris azulado, y parecía mucho más grande y ancha que vista desde abajo.
Pero la base de la chimenea daba igual. Lo único que importaba era su otro extremo, la salida del humo , que en principio parecía bastante alta, aunque también podía tratarse de un efecto óptico debido a la posición de inferioridad en la que se encontraba.
En cualquier caso no estaría del todo segura hasta no encontrarse junto a ella.