La casa del árbol Capítulo 19
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Capítulo 19

«Qué poderosa es la mente humana, y qué poco se ha estudiado su influencia sobre el cuerpo físico en realidad, a pesar de las evidencias.

Hay pacientes que mejoran de un día para otro de un modo inexplicable ante una buena noticia, ante una promesa sin cumplir, ante un hijo al que no se piensa dejar solo; ante un estímulo poderoso, en definitiva, como si nuestra naturaleza fuese capaz de decidir cuándo abandonar este mundo, al menos en ciertos casos, y redefinir su propio itinerario más allá de razonamientos lógicos o evaluaciones ajenas.

Metástasis que remiten de un modo incomprensible, desconcertando a sus oncólogos, pacientes a los que se “desenchufa” y, sin embargo, terminan saliendo adelante…

Y al revés, al revés también sucede, siendo la más común encontrar personas sanas que enferman hasta morir ante la pérdida de un ser queri do.

Una vez leí acerca de un paciente diagnosticado con un cánc er terminal que se recuperó milagrosamente al conocer que había ganado el Euromillón.

Cuando la lógica se agota comienza la especulación interna de cada uno, que es inescrutable .

Esa especulación tiene fuerza…, tiene una fuerza asombrosa.

Todos esos pacientes que se niegan a aceptar las evidencias y que, en cambio, terminan “ganando” están ahí, existen, y quizá tengan mucho que enseñarnos.

Sin hablar de los curanderos, acupunturistas o iluminatis de todo tipo.

Y no hay un solo paradigma científico que sea capaz de explicar esto, ni uno solo.

Para “el gran público”, como diría Alonso, no hay medias tintas: lo que no pertenece al mundo de la ciencia lo hace al de lo milagroso, y quizá sea en esa simpleza donde radica su fuerza.

Al fin y al cabo, lo que nosotros llamamos “regresiones espontáneas” ellos lo llaman “curaciones milagrosas”, otra palabreja más.

Pero es que funciona, incomprensiblemente funciona, al menos en un elevado número de casos.

Y, por más que la ciencia continúe destruyendo “milagros” cada día —las cifras están ahí, la religión y las supersticiones han destruido más vidas a lo largo de la historia que el cáncer y la guerra juntos—, eso no quita que siga habiendo demasiados casos inexplicables por resolver.

Los pacientes imponen sus reglas, por mucho que los médicos meneemos la cabeza a un lado y a otro con condescendencia.

»¿ Acaso no tienen los enfermos de cáncer su propio santo, s an Ezequiel Moreno, decorando sus habitaciones cuando reciben terapia?

Muchos se aferran a esa fe con una intensidad que asusta, y dan lugar a una incontestable evidencia científica, por cierto: la fe y la sugestión son capaces de sanar el cuerpo físico.

»Qué poco se ha estudiado todo esto con cifras reales, estadísticas, curvas exponenciales…, todos esos casos se archivan sin más, y nadie parece tener nunca tiempo, ni interés, para investigar un poco más sobre ello.

Si salgo de esta, quizá pueda hacerlo yo misma».

Había decidido que primero resolvería su parte y dejaría el papel de Dani para el último momento.

Aún tenía que unir el calcetín con la cuerda y terminar de preparar bien todo el material, lo que todavía podría llevarle un buen rato, y le parecía mejor invertir ese tiempo ahí abajo, acompañando a Dani, que haciéndole esperar indefinidamente junto a la chimenea.

Su cabeza volvía a funcionar con cierta fluidez y se alegraba por ello, pero también se sentía bastante incapaz de dejar de divagar.

«Aquí te tienes a ti misma, con tu carrera y tu doctorado, toda tu vida convencida de no poder dar un solo paso sin tomar un café, y resulta que lo único que necesitabas para ponerte a trepar por los tejados era que la vida de tu hijo dependiese de ello.

Estímulos, estímulos, los seres humanos funcionamos gracias a ellos.

Voy a subir, vaya que si voy a subir, aunque sea lo último que haga en esta vida.

Solo tengo que mantener la moral alta y las manos ocupadas. Esa es la clave».

Erika se descalzó los dos pies, tomó la cadena y se dispuso a dar comienzo a la última parte de su trabajo.

Se sentía más segura caminando descalza que con los calcetines puestos, y con aquel solazo sobre su cabeza ya no sentía frío alguno, sino más bien al revés.

Dani había comenzado a golpear el cristal de nuevo hacía un rato, pero ella se negaba tercamente a mirarlo.

Le afectaba demasiado hacerlo, y sabía que iba a necesitar hasta la última partícula de sus energías, unas energías que, tarde o temprano, se agotarían.

Hasta la fecha, nunca había tenido que hacer mayor acopio de voluntad como la que necesitó para dedicarse a trabajar con minuciosidad mientras su hijo la reclamaba literalmente a gol pes.

Y, cuando la vocecita apagada de Dani se fue convirtiendo de nuevo en llanto, Erika identificó algo deleznable en al gún lugar de sí misma, algo abominable, pero ni siquiera entonces vaciló, sino que continuó trabajando con la determinación de un fanático.

De cuando en cuando se repetía en voz alta:

—Cuando estoy débil es cuando estoy fuerte.

Y seguía confeccionando su saquito, con infinita paciencia.

Su cabeza parecía haberse convertido en un callejón de una sola dirección.

No sentía el cansancio, el hambre ni la sed; tampoco se detenía a valorar si se deshidrataría todavía más bajo aquel sol de justicia.

Si hubiese caído un rayo a su lado, no se habría inmutado.

El desprecio de las exigencias del cuerpo otorga una fuerza insondable.

Erika se sentía poderosa.

Cuando finalmente logró enganchar el calcetín con la cuerda, los lloros de Dani ya habían cesado por completo.

Era prácticamente una obra maestra de ingeniería.

Había logrado forrar la primera argolla de la cadena con parte del tejido elástico del calcetín, lo que le había resultado relativamente fácil y le había llevado poco tiempo.

Pero después había tenido que repetir la operación con las otras dos argollas, tratando de formar entre ellas una especie de triángulo elástico que serviría como abertura del saquito, lo que le dio mucho más trabajo del esperado.

Esa abertura tenía que ser lo más perfecta y funcional posible, pues, de no ser así, temía que Dani se frustrase y terminase abandonando.

De hecho, todo lo que estuviese en su mano debía ser perfecto, pues era plenamen te consciente de no tener ya margen de error.

Su saquito estaba tan bien hecho que el liviano peso del calcetín ya hacía que la abertura se cerrase ligeramente, aun siendo todavía accesible.

Con el peso de las llaves se cerraría del todo, lo que impediría que las llaves se perdiesen por el camino.

En algún momento mientras trabajaba se palpó la frente distraídamente, comprobando que la brecha ya había dejado de sangrar. Le seguía pareciendo sorprendente sentirse más o menos bien. Aquel escalón de carne y hueso era digno de figurar en la casa de los horrores.

Finalmente aseguró los elásticos sobre las argollas, cortó los sobrantes con los dientes, comprobó por enésima vez la maniobrabilidad del saquito y, solo entonces, se encaró de nuevo a la puerta corredera para llamar a Dani.

Era la parte que más temía, la de ponerse a explicarle cosas a Dani otra vez, un niño pequeño que debía estar tan sediento y hambriento como ella, irritado por el pañal y a saber cuántas cosas más.

Desde luego no iba a ser fácil. Además, el grado de atención de un niño de su edad era muy corto, y ella iba a necesitar explicarle varias cosas a la vez, comenzando por hacerle coger las llaves, algo que ya antes se había negado a ha cer.

Estaba comenzando a barajar mentalmente las diversas opciones de coacción de las que disponía, sintiéndose miserable por ello, cuando compareció Dani tras el cristal.

Tenía el pañal tan abultado que los corchetes del buzo se le habían desabrochado.

Parecía una especie de insecto de gran tamaño —«no tan grande, de hecho»— que arrastrase pesadamente su abdomen por el suelo.

Como no le quedaba otra, caminaba balanceándose a los lados como a caballo, y en una de aquellas oscilaciones Erika pudo entrever, con infinita angustia, la cruel irritación que le estaba provocando el roce del pañal en el interior de sus delicados muslos.

El mismo rostro de Dani era la viva imagen de la desolación, pero también del extravío, y en ese momento Erika supo, sencillamente supo, que la mayor carencia que su hijo estaba padeciendo era la del cariño de su madre.

De sus manitas pendían flojamente las llaves de Walden.

La había oído…, finalmente sí que la había oído, y había obedecido, como hacía siempre . Y mientras ella ignoraba sus voces y su llanto él se había encaminado a hacer lo que su mamá le había pedido, quizá persuadido de que el motivo por el que no le hacía caso era por no obedecerla.

«Un niño extraordinario…».

Engulló como pudo el nudo de esparto de su garganta, contuvo las lágrimas que pugnaban por salir , decidida a no desperdiciar ni una molécula de hidratación, y lo arrinconó todo en el mismo lugar siniestro de antes .

A cambio, el robot autómata que ahora la dirigía exhortó de nuevo a su hijo, con voz de hierro:

—Dani , escúchame bien. Lo has hecho genial, pero ahora vas a hacer otra cosa por mí.

Tienes que ir allí, a la chimenea —ahora sí, Dani miraba hacia donde ella le indicaba—, y te voy a echar por ahí este saquito .

—Erika le mostró el extremo de su cadena, agitándolo como unas campanillas—.

Entonces tendrás que meter esas llaves en este saquito, dentro del calcetín.

¿Lo entiendes? Si lo haces bien , podré entrar; si no, me quedo fuera.

¿Lo entiendes, Dani ? Dime si lo entiendes.