La casa del árbol Capítulo 18 #2
47%

Capítulo 18 #2

Tenía la cabecita apoyada contra el cristal, con infinita desidia, las manos colgando a los lados… y el pijama de la Patrulla Canina completamente empapado.

El ánimo de Erika descendió a las catacumbas.

Resultaba bastante evidente que el pañal se había desbordado.

Igualmente, Dani se encendió como una bombilla nada más verla, y aquello fue lo que más la entristeció de todo.

Estaba despeinadito, como lo estaba siempre cuando se acababa de despertar, con los finos ricillos ensortijados como un nido, y en ese momento Erika hubiese dado media vida por poder abrazarlo.

Después dirigió su vista a su lado y, en parte, lo que sintió fue alivio, aunque desde luego tampoco era la mejor señal: la viscosa sustancia sobre la que había apoyado su mano no era sangre, sino vómito.

Había vomitado, pero no lo recordaba .

«Lleva-llévame…, sí, por favor, llévame donde sea».

Dani le estaba diciendo algo , pero ella no quería oírle. Ella solo quería irse en su bicicleta.

«Otra vez no, por favor. De verdad que no puedo empezar otra vez con esto».

—… á… pa…

Convencida de que el globo palpitante de su cabeza estallaría en cualquier momento y desparramaría todo su contenido sobre la terraza, Erika trató de forzar la voz y logró preguntarle:

—¿ Qué…, mi niño…?

—¿… amá pupa…?

Le señalaba la frente. Claro. Ni siquiera se le había ocurrido taparse la herida.

En el mundo normal, ese en el que una abría la puerta y se reunía con su hijo para darle el desayuno, cada vez que se había hecho el más mínimo corte se lo había ocultado, para no asustarlo.

En cambio ahora Dani debía estar contemplando la viva imagen de Frankenstein ensangrentado, y ella ni siquiera había caído en ello.

Pero ya daba igual. Ya daba todo igual. Ya irían al psicólogo los dos. Después de ir al neurocirujano, claro .

En realidad su objetivo no había cambiado lo más mínimo: subir al tejado de Walden.

Porque aún tenía que subir.

En algún lejano lugar, la Erika prudente y recalcitrante, tan henchida de sentido común como siempre, volvía a insistir en que aquello era una locura y que la única alternativa lógica y razonable, la única alternativa madura no era otra que la de aguardar a que Alonso regresase y no jugarse el tipo por los tejados.

Pero ahora todavía mucho más, con un traumatismo cuyas consecuencias ni siquiera podía conocer.

Pero, de pronto, sentía que surgía otra Erika, una Erika a la que comenzaba a darle todo igual, subversiva, rebelde, que no solo no estaba de acuerdo con la frígida, sino que además le resultaba bastante repelente.

Esa Erika se indignaba ante la mera idea de permanecer un minuto más sin hacer nada.

Hasta aquel estúpido golpe, ella tenía un plan.

Era un buen plan, recordaba todos sus detalles y le seguía pareciendo que no podía fallar.

Y lo único que se interponía entre su plan y ella era su propio miedo.

Ya estaba casi todo hecho, y le había supuesto un enorme esfuerzo.

Lo único que tenía que hacer ahora era subir de una vez, tomar las llaves y entrar a su casa.

No, claro que no iba a dejar a Dani empapado, sin agua y sin comida hasta el día siguiente.

La nueva Erika se incorporó, o más bien se irguió, fortalecida por esa nueva oleada de determinación, y, mirando fijamente a Dani, alzó la voz tanto que se sorprendió incluso a sí misma:

—Escúchame, Dani, escúchame bien. Tienes que hacer una cosa más por mí. Tienes que ir allí, a la mesita de la entrada, y coger las llaves del delfín. Solo eso. Si lo haces bien, mamá po drá entrar y curarse la pupa. ¿ Lo entiendes? Y también podré darte tu biberón…

Nada más decirlo se dio cuenta del error, pero ya era tarde.

Le había traicionado el subconsciente. Hasta ese momento Dani la estaba escuchando con expectante atención, ya fuese porque finalmente había comprendido que tenían un verdadero problema o porque, de algún modo, percibía esa nueva aura de autoridad de su madre, nacida de la desesperación en realidad.

Pero, al escuchar la palabra «biberón», el rostro de Dani se contrajo y, sin dejarla terminar, comenzó a gritar contra el cristal como el niño que de hecho era:

—¡ NOOO ! Berón ¡ YAAA !

La prensa hidráulica de su cabeza dio una vuelta más, algo que un minuto antes Erika no hubiese creído posible, y, durante unos abominables instantes, estuvo convencida de que vomitaría de nuevo, pero logró controlarse.

—Por favor, Dani… —Erika se sentía a punto de comenzar a llorar a su vez. Si Dani no cogía las llaves, ella no podría hacer nada. Su voz volvía a convertirse en un susurro inaudible, como en una pesadilla recurrente, y no era capaz de hacer nada por evitarlo. Nada.

«Lo único que quiere es su biberón. Pero yo no se lo puedo dar, sencillamente. Igual que con lo del caballo».

—Hazlo por mí, cariño… Necesito que ahora hagas esto por mí…

La frígida aprovechó la coyuntura para arremeter de nuevo:

«¿Por qué te empeñas en pasar por esto? No tiene sentido.

Has hecho todo lo que estaba en tu mano, no puedes reprocharte nada.

Lo que sí puedes hacer es matarte intentándolo.

Entonces ¿de qué te serviría? No solo dejarías solo a Dani un rato más, le dejarías sin madre.

Es mejor esperar, no hacer nada. Hacerle compañía, solo eso».

Su mirada descendió de nuevo al buzo empapado de Dani… y sintió que una rabia irracional la invadía.

«No es justo».

«Cuando estoy débil es cuando estoy fuerte».

Sintió llegar una nueva náusea, pero esta vez la arrinconó sin miramientos.

Su cuerpo respondería, por el sencillo motivo de que no consentiría ninguna otra cosa.

Y, por primera vez en su vida, Erika dio la espalda a su hijo y se dispuso a ejecutar la última parte de su plan .