La casa del árbol Capítulo 18
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Capítulo 18

«Queda-quédate tu bicicleeeta…».

No…, no era así.

«Deja-déjame tu bicicleta, óyeme y déjame tu bicicleeeta…» .

Tampoco.

… tum, tum, tum…

Dios…, cómo le dolía la cabeza…

«Sube-súbete a tu bicicleeta…».

… tum, tum, tum, tum…

Esos golpes, o pálpitos más bien, ahogados, urgentes, parecían cuñas que se abriesen paso hasta ella a través de las aguas agradables que la envolvían, introduciéndose, a la fuerza, entre las rendijas de su cabeza.

Quería reaccionar a ellos, evitarlos de algún modo, pero algo le decía que era mejor ignorarlos, mejor pensar en cosas más importantes.

Por ejemplo, en recordar la letra de aquella estúpida canción.

«¿Lleva-llévate tu bicicleta…?».

… tum, tum, tum…, mááá…

Cada pálpito tiraba un poco más de ella inevitablemente, hacia la superficie, hacia esa sábana brillante que tanto se asemejaba a una mortaja.

¿Qué le aguardaba allí arriba? No tenía ni idea.

Pero seguía ascendiendo, ascendiendo… hasta que las tibias aguas se fueron haciendo cada vez más claras, y también más frías.

«¿Dónde estoy?».

«Estás en Walden ».

«Y necesitas ayuda».

«Estás… atrapada. Y Dani también».

El nombre de su hijo rasgó definitivamente la superficie de aquel onírico mar con la pulcritud de un escalpelo, como en esas pesadillas en las que uno se despierta casi indignado ante la magnitud de un detalle que luego resulta insignificante.

Estaba despierta, sí, pero le resultaba imposible abrir los ojos.

Aquella luz blanca era el problema, la sábana rutilante.

Le parecía que, si se forzaba a abrir los ojos, los calcinaría ante la intensidad de esa luz.

Así que optó por no hacer nada por el momento.

Permaneció sencillamente inmóvil, con la peregrina esperanza de que aquella absurda situación se resolviese por sí sola.

—¡Ma-mááá!

Pero la voz de Dani la angustiaba cada vez más, y volvía a disparar sus pulsaciones, que se concentraban ahora en un lugar muy concreto : su frente.

Era como si cada bombeo de su corazón se atorase al pasar justo por ahí, como si alguien estuviese pisando su manguera interna precisamente en ese tramo, provocándole un dolor pulsante y angustioso.

Aunque no podía ver, al parecer sí podía moverse. Así que se atrevió a adelantar su mano derecha hacia el doblez de la manguera, lentamente , temiendo con toda el alma lo que se pudiese encontrar allí.

Lo que al final palparon sus dedos no fue tan malo. Fue peor.

Un desnivel picudo, un escalón grotesco de carne, hueso y pelo deformaba el inicio de su cuero cabelludo hasta hacerlo irreconocible al tacto, sobre el ángulo izquierdo de su cabeza.

Una depresión palpitante, chillona, grosera…

, como si le hubiesen aplicado sobre la frente una de aquellas prensas que usaba Julio y se la hubiesen apretado sin piedad , hasta que el cráneo había cedido.

Erika comenzó a gemir , y la doblez le devolvió un latido feroz a cambio .

Retiró la mano de la frente y sintió que sus dedos se trababan entre sí, pegajosos.

«Joder…, ahora sí tengo un problema».

El pánico estaba otra vez allí, implacable, inmanejable , una especie de vértigo en la boca del estómago y en la mente, como en esos sueños en los que una se precipitaba al vacío, pero sin despertar; como si unas manos invisibles le agitasen la cabeza violentamente, a un lado y a otro.

Al mismo tiempo, los golpes y las voces de Dani volvían a ser tan angustiosos como en la jornada anterior, todos los demonios desatados al mismo tiempo.

… TUM , TUM , TUM … MA - MÁÁÁÁÁÁ …

«Esta agonía no va a terminar nunca. Se prolongará indefinidamente hasta que reviente , o hasta que me tire por la terraza».

El cruel trinomio —voces -pulsación-frente— parecía conectado entre sí de algún modo, y con cada nueva vuelta Erika sentía como si recibiese una inyección de adrenalina.

En cam bio, seguía sin poder ver , y su ansiedad no hacía más que aumentar.

Además ignoraba el tiempo que llevaba inconsciente, aunque empezaba a sospechar que bastante, a tenor de la laxitud que sentía en las extremidades.

Trató de apretar los puños y los sintió sin fuerza, impotentes.

Tenía que moverse, tenía que activarse del modo que fuera, pero era sencillamente incapaz de abrir los ojos.

«¿Y si me he quedado ciega?».

A veces pasaba, por eso los golpes en la cabeza eran tan peligrosos.

¿Cómo se llamaba aquel paciente? Benavente.

Como su primer jefe. Carlos Benavente. Sordomudo de nacimiento, portero semiprofesional de fútbol…

Buen chico, muy humilde. Entró inconsciente a la UCI tras golpearse la cabeza contra el poste de la portería , y por mucho empeño que puso el cirujano fue imposible devolverle la vista, adquiriendo desde entonces la inusual condición de sordomudociego…

«Basta, Eri. Nada de divagaciones. Dani te necesita. Dani te necesita siempre».

Como si se hubiese sentido aludido al pensar en él, la puerta volvió a retumbar a su lado, esta vez con desconcertante cercanía.

… ¡¡¡ TUM , TUM , TUM !!!…

«Ayuda …, necesito ayuda…».

De las incontables palizas que su padre le había propinado a su madre hubo una que se le quedó grabada para siempre, en la cual su madre había rodado literalmente por el suelo —«con el cuello flojo, igual que una gallina» — sin emitir un solo quejido, en su más genuino estilo habitual, golpeándose finalmente la cabeza contra una de las vastas losas de formica de la cocina .

Su madre era más dura que el granito, y se recuperó de aquello con relativa rapidez, pero Erika ya nunca olvidaría el ruido que hizo su cabeza al golpear contra el suelo.

Un espantoso «croook», sordo pero sustancioso, como si alguien fracturase el caparazón de una tortuga de un martillazo .

Ese era exactamente el sonido que había oído dentro de su cabeza justo antes de perder el conocimiento.

«Fractura de cráneo, mi niña, ese es su nombre técnico. Y sus consecuencias son imprevisibles, como ya sabes, siendo una de las más frecuentes precisamente la ceguera…».

«Por favor…».

Tenía que abrir los ojos, tenía que abrirlos del modo que fuera.

Lo intentó de nuevo, poco a poco esta vez, con idéntico resultado. Pero es que no se trataba de una cuestión de voluntad, sino que más bien parecía como si hubiese extraviado los controles que conectaban su cabeza con sus párpados, su itinerario neuronal.

Probó otra vez, y otra más , y otra. Hasta que, por fin, al cabo de muchos penosos intentos, un haz de luz, tenue, pero inconfundible, se filtró entre sus párpados abotagados, obligándola a entrecerrarlos enseguida de nuevo.

«Gracias a Dios…, gracias…, GRACIAS ».

Un instante después probó de nuevo, tratando de no «enfriarse», y, aunque no logró ampliar la esperanzadora rendija, esta tampoco se redujo.

La impresión no podía ser más opresiva. Era como si tuviese la cabeza en el interior de una bombilla y una escafandra puesta al mismo tiempo, demasiado ceñida a la altura de la frente.

Siguió intentándolo una y otra vez, y poco a poco, siempre poco a poco, la rendija de luz se fue haciendo cada vez más reveladora.

Con cada nuevo intento se obligaba a soportar la hiriente intensidad de la luz durante más tiempo, igual que cuando le pedía a sus pacientes que aguantaran un poco más el dolor , o cuando dio a luz a Dani y su matrona le instaba a resistir un poco más.

Y, gradualmente, como siempre pasaba, su tolerancia se fue haciendo mayor, aunque sin permitirle abrir todavía los ojos del todo.

Entretanto, los golpes y las voces de Dani habían cesado por completo, lo que la inquietaba mucho más.

Su mano regresaba constantemente al escalón de su frente, como si no terminase de dar crédito.

«Ya sabes dónde se te quedará atascado el cepillo a partir de ahora».

El caso era… que no se sentía mal del todo, aunque incluso a ella misma le resultase incomprensible.

«Cuando estoy débil es cuando estoy fuerte».

«¿De dónde era eso?».

«Concéntrate, Eri. Hazlo por mí y encontrarás la fuerza para salir de esta. ¿Crees que serás capaz ?».

—Sí…, seré capaz —se respondió a sí misma en voz alta. Y, aunque su propia voz le sonó forzada y ajena, la reafirmó todavía más en aquella insólita impresión: no se encontraba tan mal como creía.

Forzó todavía un poco más, y la sábana rutilante se fue transformando en algo reconocible gradualmente

(«el techo…, es el techo de la terraza…»)

y blanquecino en sus extremos, como una fotografía sobreexpuesta.

«Así es como debe sentirse un recién nacido».

En efecto, debía de ser tarde, incluso cabía la posibilidad de que fuese bastante tarde . El sol estaba ya muy alto, y la sensación era la de que el mediodía hubiese quedado atrás hacía ya un buen rato.

«Imposible…».

Desde luego se sentía como si llevase varias semanas convaleciente.

Aguardó aún un poco más mientras su objetivo visual interno terminaba de enfocarse y optimizar sus parámetros de luz y de color, apoyó la mano derecha al lado de su cuerpo con la idea de tratar de incorporarse , pero, al sentirla húmeda y tibia, la retiró de inmediato .

«Si esto es mi propia sangre…, entonces sí estoy jodida , por muy bien que me encuentre».

Buscó a tientas cualquier otro lugar que estuviera seco mientras sus ojos terminaban de adaptarse a su radiante realidad, hasta que finalmente lo encontró .

Tomó aire profundamente, se concentró e intentó incorporarse por segunda vez, pero a medio camino sintió tantas náuseas que tuvo que regresar otra vez a la misma posición.

«No estás tan mal, y lo sabes… Cuando estás débil es cuando estás fuerte… No estás tan mal, Eri».

«Salvo que sea la clásica euforia del accidentado, claro…».

Sin dejarse pensar a sí misma, Erika se impulsó de nuevo con todo su cuerpo, ayudándose esta vez también con la cabeza, y, de algún modo, consiguió quedarse más o menos sentada sobre el suelo de la terraza, frente a la puerta corredera.

Y allí estaba Dani.