Capítulo 17
¡Se había quedado dormida!
Erika sintió tal descarga de adrenalina que todas sus extremidades se expandieron al mismo tiempo, como un resorte.
«Joderjoderjoder…».
Le parecía del todo imposible que hubiese pasado ya toda la noche, pero así era.
Se precipitó sobre el columpio, aún muy desorientada, y a medio camino se arrepintió y regresó de nuevo hacia la puerta corredera.
Dani seguía dormido, prácticamente en la misma posición del día anterior, solo que ahora le podía ver a la perfección.
En ese preciso momento decidió que la segunda hamaca podía esperar. Tenía que subir cuanto antes. Dani se despertaría en cualquier momento, y aún ni siquiera había extraído la cadena del columpio.
«Cómo he podido ser tan estúpida. En cuanto se despierte me reclamará, y se suponía que debía tenerlo todo resuelto para entonces. Corre, no te lamentes, acelera, acelera todo lo que puedas».
Erika tardó menos de un minuto en separar el huevo de su soporte, extremando sus precauciones para no hacer ruido.
Era tan ligero que ni siquiera necesitó tumbar el columpio sobre el suelo como pensaba hacer, sino que simplemente lo alzó a pulso con ambas manos y, con una mezcla de suerte y habilidad, logró desengancharlo del muelle que lo unía con su soporte en pocos instantes.
Dejó el huevo sobre el suelo, junto a la barandilla de la terraza, y se dispuso a abordar el soporte.
Su estructura se componía de tres gruesos tubos unidos entre sí mediante un sistema que Erika conocía bien y que asociaba inconscientemente a los asientos de las bicicletas an tiguas o los carritos de la compra: unos diminutos botoncitos de metal, accionados por un muelle, que se introducían en los pe queños agujeros del tubo.
Volvió a accionar la manivela del soporte en su dirección para asegurarse de haber extraído todo su contenido, tomó la cadena en sus brazos como si se tratase de una culebra metálica y, ahora sí, tumbó el columpio sobre su lateral para poder maniobrar mejor.
Aunque todavía se notaba bastante aturdida, sentía que se iba centrando poco a poco.
Quizá ese sueñecito no le había venido mal después de todo.
Además, ya tenía mucho avanzado. Recordó el tiempo que le llevó desanudar la hamaca y se alegró de haberlo hecho antes de quedarse dormida, pues ahora no tendría tanta paciencia.
Estaba helada, eso sí. Tenía las manos entumecidas y la ropa húmeda le incomodaba, pero casi que se alegraba de ello.
El frío contribuiría a espabilarla del todo.
Comenzó por el primero de los tubos, el más alto de los tres con forma de U invertida, presionando el botoncito de metal y deslizando suavemente.
Era el tramo más difícil debido a su curvatura y tardó un buen rato en realizar esa simple operación en su afán por no hacer ruido, pues el roce del metal contra el tubo le parecía estrepitoso.
A continuación procedió del mismo modo con el segundo tubo y luego con el tercero, hasta lograr liberar la cadena casi del todo, que ya solo permanecía unida con el pie de su soporte y su manivela.
El conjunto esparcido sobre el entarimado parecía una especie de caña de pescar primitiva.
Separó las carcasas del tambor de la manivela con facilidad, dejando al descubierto el rudimentario sistema que accionaba la cadena y que, por cierto, era idéntico al que unía su otro extremo con el huevo, solo que en pequeña escala: un muelle con ganchos en sus extremos, que hacía de unión entre ambos.
No tuvo más que desengancharlo y separar la cadena de la manivela. Un instante después, ya tenía la cadena completa en su poder.
Ante el éxito de la operación que presuponía más compli cada, Erika volvió a experimentar una cálida oleada de eufo ria.
Pero esta vez, en lugar de confiarse, lo que hizo fue acudir a la puerta corredera a echar un nuevo vistazo.
Dani seguía exactamente igual, en el mismo sitio y en la misma postura, lo que, por primera vez, la inquietó un poco.
Quizá estaba un poco más encogido, un poco más encorvado…
«¿Tendrá frío?».
Lo dudaba. Dani era más bien caluroso, y en el interior de la cabaña la temperatura solía ser agradable a esas horas.
N o era el momento de buscar fantasmas. Estaba resultando más sencillo de lo que había imaginado, y ahora, a la luz del día, le seguía pareciendo que el plan, en su conjunto, no podía fallar.
Se sentía bastante bien, serena y despejada, y casi había terminado con los preparativos.
La algarabía del bosque, a su alrededor, la animaba como un público entregado, y Erika comprendió que su simpatía hacia el columpio también había variado mucho desde la jornada anterior.
Aquel trasto era su aliado en realidad, un gigante torpón pero de buen corazón, y casi sintió un poco de lástima de verlo así, desparramado por el suelo.
Entonces recordó lo que venía ahora y, de pronto, su montaña rusa interior se precipitó hasta alcanzar una velocidad vertiginosa, intolerable.
«No, amiga, no. Esto aún no ha terminado. De hecho lo realmente divertido está a punto de empezar. Es la actividad estrella del parque, ¿no lo sabías?: consiste en subir ahí arriba sin matarte».
Ante la inminencia del momento, Erika sintió cómo el estómago le ascendía bruscamente, como si de verdad se encontrase en una trepidante atracción de la feria.
Dejó la cadena donde estaba y se incorporó con lentitud , sintiendo ya un incipiente vértigo.
Con la luz del día todo parecía muy diferente, como pasaba siempre, pero esta vez no era para mejor.
Se alejó de la puerta corredera hasta alcanzar la barandilla de Walden y , al contemplar la altura a la que se encontraba, le pareció sencillamente absurda la mera idea de trepar a ningún sitio.
El barco en mitad del océano volvía a ser lo que en verdad era: una casita incongruentemente ubicada en la copa de un árbol, a nueve metros de altura.
«Es una locura».
Por un momento se sintió tan sobrepasada que barajó dejar todo como estaba, encogerse sobre sí misma y aguardar a que regresase Alonso.
Luego recordó a Dani … tambaleándose como un borrachito mientras se dirigía hacia la mesa de la cocina, con los hombros del pijama convulsionando arriba y abajo por el disgusto, y, sencillamente, supo que lo haría.
Y si tuviese que precipitarse desde esos nueve metros por ahorrarle un solo día de angustia también lo haría .
Porque aquello no tenía nada que ver con el sentido común en realidad, sino con un instinto que escapaba completamente de su control.
Al darse cuenta de ello, se sintió mucho más tranquila, casi en paz.
Decidió ponerse en marcha cuanto antes. Desde la barandilla, trató de contemplar el conjunto de su peculiar vivienda con cierta perspectiva, y le pareció que lo hacía por primera vez.
El tejado de Walden cubría buena parte de la terraza, con su forma tradicional en forma de flecha que apuntaba al cielo.
Pero, por más que miraba arriba y abajo, no encon traba la forma de abordarlo desde ese frontal.
En sus extremos, en cambio, allí donde los vértices remataban la forma de media luna de la terraza, el tejado parecía algo más accesi ble, a pesar del ligero retroceso que supondrían esos treinta o cuarenta centímetros respecto a las paredes de Walden.
Sí…, no había duda. Ese era el lugar por el que debía ascender. Podría aprovechar, además, la barandilla y hasta la propia pared de Walden para apoyarse y alzarse sobre el tejado. Incluso las argollas de las hamacas le podrían servir de puntos de apoyo.
Decidida a no perder ni un minuto más, Erika tomó una de las sillas de la terraza y se aproximó como una autómata al vértice derecho de la media luna, allí donde , hasta hacía solo unas horas, reposaban las dos hamacas en lugar de solo una.
Se aferró a la barandilla, obligándose en todo momento a no pensar en nada, pero el simple gesto de mirar hacia arriba tuvo la virtud de provocarle una aleteante estampida de pájaros en el estómago.
Con férrea disciplina, forzó a su pie derecho a alzarse sobre la silla y le pareció que se trataba de una extremidad completamente ajena a ella , ortopédica.
«Pero… ¿qué estás haciendo…? ¿Subir ahora mismo? No llevas la cadena contigo ni la has atado al saquito… ni le has explicado nada a Dani».
Erika volvió a retirar aquella pierna de palo de la silla y se aproximó de nuevo a la puerta corredera, temblando de arriba abajo. Y miró a través del cristal.
Dani no estaba.
Se quedó petrificada.
Pero un instante después, por puro acto reflejo, se precipitó contra el cristal olvidándose por completo de su existencia y estrellándose contra él con terrible violencia.
L e pareció como si una bomba hubiese estallado en el interior de su cabeza, seguido de un fuerte olor a rancio , como de frutos secos pasados.
Y aún tuvo tiempo de enfadarse consigo misma al pensar que aquel estruendo, sin duda, habría despertado a Dani .
Después todo se puso negro.