Capítulo 16
No había razón alguna para precipitarse, pues tenía por delante muchas horas. Se sentía relativamente bien, y la temperatura era buena, una apacible noche de finales de junio. Pero, sobre todo, se alegraba de tener por fin algo que hacer hasta que llegase el nuevo día.
De hecho tenía bastante trabajo: en primer lugar debía extraer toda la cadena del columpio, lo que quizá no fuese tan fácil como esperaba; luego comprobar que su longitud fuese la adecuada o añadir extensiones en caso necesario.
«Las hamacas podrían valer para eso, aunque cuanto más estrecha sea la “cuerda” mejor, menos posibilidades tendrás de que se te enganche por el camino».
Finalmente tendría que unir de un modo funcional la cadena con la «cesta», que aún tenía que decidir cuál iba a ser.
Y lo más difícil de todo: explicar a Dani lo que tenía que hac er.
Ah, sí, y subir ahí arriba sin matarse, eso también, demasiadas variables como para que no surgiesen dificultades en el camino, así que más le valía estar preparada para todo.
Pero se sentía optimista, y algo le decía que debía aprovechar ese impulso antes de que el viento volviese a cambiar de dirección.
Lo conseguiría. Estaba segura.
¿Por dónde empezar?
«¿Qué tal por las llaves?».
Erika pegó un respingo y se acercó de inmediato a la puerta corredera para mirar a través del cristal.
Como era de esperar no se veía absolutamente nada, un agujero de silenciosa oscuridad en el que, a duras penas, lograba distinguir la sombra informe de Dani sobre la alfombra.
Pero se tranquilizó enseguida. Recordaba a la perfección haber dejado las llaves donde siempre, en el cenicerito de madera con forma de hoja de roble, al lado de la chimenea.
Y lo recordaba porque, justo antes de cenar, Dani se había puesto pesado con que le sacase el delfín transparente del llavero para ju gar con él.
¿Había vuelto a dejar el manojo de llaves en el mismo sitio?
Sí, lo había hecho.
Así que dejó de mirar y se dedicó a valorar cuál podría ser la cesta que ataría al extremo de la cuerda.
«Y qué más da, cualquier cosa, siempre que sea pequeña y maleable para que no se enganche con nada por el interior de la chimenea.
Un trozo de tela valdría, una prenda cualquiera …
Haces con ella un saquito, y listo. Pero tiene que estar bien hecho, para que las llaves no se salgan .
Un calcetín quizá… ¡Eso es! ¡Un calcetín! ».
Una nueva oleada de alegría la inundó, y esta vez Erika se dejó invadir por ella sin reservas.
De pronto todo encajaba con maravillosa naturalidad: chimenea, cadena, calcetín; como un conjunto de piezas aisladas que, combinadas entre sí, daban lugar a un puzle completo .
Se sentía ya dentro, esa era la verdad, y hasta se permitió sonreír al imaginar la cara que pondría Alonso cuando le contase la aventura.
«Desde luego puedes dormir tranquilo, cariño —le diría—. Walden es inexpugnable, vaya si lo es. Tanto como esas antiguas fortalezas medievales que requerían la voluntad del monarca para poder acceder a ellas. Solo que , en este caso, el monarca no ha cumplido aún los tres años».
La idea amplió su sonrisa todavía más.
«Sacar a Dani por la chimenea… Dios, qué ocurrencia.
Definitivamente debía estar trastornada.
Pero un calcetín entra por cualquier sitio.
Eso no puede fallar. Tienes la cadena, tienes el saquito, estás dentro .
Si lograste que un niño de pañales desbloquease un móvil , conseguirás que introduzca unas simples llaves en un calcetín.
Y no necesitas más. Solo tienes que tener cuidado al subir ahí arriba.
Pero ahora venga, tienes que espabilar. Hay mucho que hacer».
Se palpó los calcetines para confirmar su existencia, y, ante aquel gesto involuntario, Erika sonrió por tercera vez en la oscuridad.
Debía cuidarse de un exceso de euforia, pensó.
No hacía ni una hora que había pasado más miedo que en el resto de su vida, y ese terror, de hecho, había debido quedar registrado en algún lugar de sí misma, para siempre.
Puede que su instinto primario se hubiese desarrollado más en ese breve lapso de tiempo que desde que permaneciese durante un tiempo indefinido mirando atónita aquel predictor, con las bragas por los tobillos.
Desde entonces, sus preocupaciones no habían debido ser muy diferentes a las de cualquier otra madre, ese común «tratar de hacerlo bien» que, de algún modo, las emparentaba a todas.
Pero la cotidianidad del día a día, tan ausente de verdaderos peligros, relajaba su función más importante: la de la supervivencia .
Y acababa de recibir un curso acelerado en la materia, vaya si lo había hecho, y más eficaz que todas las recomendaciones juntas de su pediatra.
Tampoco debía olvidar que la Erika descontrolada de hacía solo un rato aún debía seguir por ahí…
, al acecho, agazapada en cualquier lugar.
Esa perturbada, cuyo solo recuerdo le infundía pavor , esa Erika desconocida e impotente, que casi había sentido odio hacia su hijo por no hacer lo que le pedía .
«Ya habrá tiempo de encajar todo eso. Ahora tu prioridad ha de ser la de no cometer ningún error más . Si lo consigues, podrás abrazar a Dani cuanto antes. Concéntrate en esa imagen».
Erika se acercó al columpio prácticamente a tientas, pues la oscuridad de la noche parecía haber alcanzado su punto álgido, y comenzó a explorarlo con sus manos , a lo alto y a lo ancho.
No hacía más de cuatro o cinco meses que Alonso y ella habían montado aquel trasto allí mismo, sobre la terraza de Walden , y esperaba que no le costase demasiado esfuerzo recordar los detalles, a pesar de su patológica incompetencia en la materia .
Aquel armatoste no solo era inmenso y tosco, sino también incómodo.
Uno se sentaba en su interior a medias, ni tumbado ni sentado, lo que lo hacía tan fastidioso para leer como para echar una siesta.
La prueba era que no lo usaban nunca, y, a cambio, ocupaba una buena porción de la terraza.
Pero estaba claro que no lo habían sabido valorar con justicia, pensó.
De aquel trasto iba a depender la vida de su hijo, nada menos.
El «huevo» en sí, el asiento, le resultaba del todo inútil. Pero justo encima del huevo se encontraba la cadena del columpio, y hacia allí debía dirigir toda su atención.
Recorrió con sus dedos su soporte en forma de grúa, áspero y sinuoso, en forma de signo de interrogación , y, estirando los brazos tanto como pudo, lo inclinó con cuidado sobre un lateral, tratando de no hacer el menor ruido .
A pesar de su tamaño resultaba sorprendentemente ligero, al estar construido con mimbre y aluminio.
Volvió a dejar el columpio de pie y continuó descendiendo por el cuerpo del soporte hasta que su mano derecha se topó con la manivela , encargada de subir o bajar el huevo a gusto del usuario, otra función cuya utilidad tampoco había logrado comprender nunca .
Entonces le asaltó un pensamiento terrible:
«¿Y cómo voy a sacar la cadena del columpio si no tengo herramientas?».
La caja de herramientas de Alonso estaba en el cobertizo, por supuesto, lo que para ella suponía lo mismo que si se encontrase en la misma luna.
Pero enseguida recordó que aquel trasto no las necesitaba, y hasta se apareció en su imaginación el pintoresco vendedor del Leroy Merlín que les endosó el mamotreto, un tipo alto y encorvado, que al hablar miraba alternativamente a un ojo y al otro a una velocidad desconcertante.
«Estos chismes son todos “autosuficientes”. Solo necesitáis espacio, eso sí. Hay que unir los tubos entre sí hasta que hagan clic, manteniendo siempre la cadena en el interior de ellos. Y ya está. No os llevará ni quince minutos. P ero, si lo hacéis entre dos, mejor».
Ese nuevo sobresalto volvió a recordarle que tenía que espabilar. Aún no había hecho nada, nada de nada, y lo que tenía por delante no parecía sencillo.
Accionó la manivela en su dirección , esforzándose de nuevo en hacer el menor ruido posible.
Sería terrible despertar ahora a Dani y que comenzase a llamarla a gritos en mitad de la noche.
La manivela extraía la cadena del soporte poco a poco, y el huevo comenzó a descender con lentitud, hasta quedar oscilando suavemente a unos veinte centímetros del suelo, el límite de su recorrido.
Erika miró hacia arriba tratando de calcular la longitud de la cadena con la que podría contar, aunque apenas lograba distinguir el extremo del columpio en la oscuridad.
Dos metros largos, dos y medio quizá… contando con la cadena que pudiese quedar en el interior del so porte; menos, en cualquier caso, de lo que necesitaba.
Inclu so alargando el brazo todo lo que le permitiese la boca de la chimenea, requeriría al menos metro y medio más de cuerda.
«Parece que sí que tendrás que echar mano de esas hamacas al final».
Por lo visto sí, pero con una sola bastaría.
Uniría la hamaca con la cadena del columpio, para prolongar la longitud de su cuerda, y luego se quedaría ella con el extremo de tela.
De esa forma lo único que recorrería el interior de la chimenea sería la cadena de metal, lo que además facilitaría su descenso debido a su propio peso.
«Perfecto».
Pues ya tenía algo más que hacer: desanudar una de las hamacas de su soporte.
Dejó el columpio donde estaba y se aproximó de nuevo a la esquina más cercana a la puerta corredera, a su derecha, donde reposaban las dos hamacas.
Estaban anudadas a dos gruesas argollas negras que, a su vez, parecían soldadas a un soporte de metal clavado a la pared de Walden.
Las hamacas partían en paralelo desde sus argollas hacia el bosque, separándose entre sí a medida que avanzaban: la de Alonso —pintada a mano con gruesas rayas verdes y rojas que ahora apenas se adivinaban— terminaba apuntando al garaje de madroños de Walden, sobre la barandilla de la terraza, mientras que la suya —r ayas azules y amarillas— concluía sobre uno de los postes que unían el suelo de la terraza de Walden con su tejado.
El tramo de cuerda que las ataba a su argolla tendría unos treinta centímetros en cada extremo y también podría serle de utilidad, aunque sus nudos parecían realmente fuertes.
Comenzó por la hamaca de Alonso, cuyo primer nudo le pareció al tacto un poco más accesible que los otros tres, pero le supuso auténticos esfuerzos conseguir aflojarlo mínimamente.
Tras un buen rato de forcejeos y tirones cada vez más desesperados, por fin, consiguió desatarla de su argolla.
Dejó el extremo de la hamaca con cuidado sobre el suelo de la terraza y trató de hacer lo mismo con el nudo del otro lado, pero le resultó sencillamente inabordable, incluso ayudándose de los dientes.
Entonces probó con su propia hamaca, pero el resultado resultó todavía más frustrante que con la de Alonso.
Estaba segura de que solo con la cadena no bastaría, así que regresó de nuevo a la primera, sintiendo que la ansiedad volvía a corroerla por dentro. Se rompió dos uñas, se rasgó las encías hasta hacerlas sangrar, pero, al fin, logró liberar del todo la hamaca de Alonso de su soporte.
Entonces se sentó allí mismo con ella, se recostó contra la pared y comenzó a enrollarla tratando de hacer algo parecido a un tubo de lona.
Pensó que, al tratarse del extremo que sostendría ella, en principio no penetraría demasiado en la propia chimenea, pero podría ser importante que ese extremo tuviese cierta consistencia para «empujar» la cadena en caso de necesidad, por si se quedaba trabada en su recorrido debido al hollín, por ejemplo.
Enrolló varias veces la hamaca sobre sí misma hasta conseguir darle la forma cilíndrica deseada, colocó la rodilla sobre ella y la anudó utilizando los preciosos flecos que la adornaban, no sin sentir cierta lástima por maltratarla de aquella manera.
Arrinconó su «tubo» junto a la puerta corredera y se dispuso a desatar la otra hamaca del modo que fuese, pues de pronto le parecía que una sola sería insuficiente.
El problema era lo cansada que estaba. Y la sed que tenía.
Ocho de cada diez noches que pasaban en Walden cenaba ensalada.
Ensalada de pasta, ensalada mixta, ensalada César…
Pero esa noche no. Justo esa noche tenían que haber cenado una estúpida pizza, cogida a última hora en el Eroski mientras se decía a sí misma que por ese día ya no haría absolutamente nada.
Menos mal que Dani había apurado su vaso de agua durante la cena.
«Así tendrá el pañal cuando se despierte…».
Ahora no debía pensar en eso. Ni tampoco en la sed que tenía. Ya bebería después, bebería hasta hartarse.
«Es psicosomático, Eri, y lo sabes. Tienes sed porque no puedes acceder al agua, así de sencillo. Así que concéntrate en el verdadero problema».
Con la segunda hamaca tardó mucho más, pues su sopor iba en aumento.
Se sentía mentalmente extenuada, como le pasaba siempre tras una gran emoción o una prolongada discusión, y esa tarde había tenido de ambas cosas en dosis más que generosas.
También percibía, con vaga preocupación, que, desde que había dado con la supuesta solución, su ánimo se había relajado mucho, y su cuerpo le pasaba ahora factura por las emociones vividas.
Sus dedos seguían trabajando en la oscuridad, palpando, presionando, tratando de aflojar mínimamente…, pero los ojos se le cerraban solos.
Quizá rendiría mejor si descansaba un poco. Además, se lo había ganado.
Un instante después despertaba sobresaltada, sintiendo el pelo incómodamente húmedo y el bullicio de los pájaros sobre su cabeza.
Principiaba a amanecer.