Capítulo 15 #3
Erika caminaba cada vez más deprisa sobre el suelo de la terraza, sintiendo que su angustia volvía a descontrolarse.
Contempló una de las enormes vigas de madera que unían el suelo de la terraza con el tejado y cuya función , según Julio, era tan solo decorativa, y pensó histéricamente: «¿Y si las arrancase y las utilizase como ariete?
». Pero enseguida pasaba a otra cosa. Sus ideas entraban y salían a toda velocidad de su cabeza sin permanecer lo suficiente como para profundizar en ellas, y, por eso mismo, estaba segura de estar pasando muchas cosas por alto.
Se encontraba en ese estado de ansiedad en el que se desea tanto hacer algo que finalmente no se hace nada, y era consciente de no estar avanzando en realidad.
Todo vaguedades, pero ni una sola idea buena. Y el tiempo seguía pasando.
A su alrededor el bosque había comenzado ya su sinfonía nocturna habitual , sin que ella se hubiese dado ni siquiera cuenta de ello.
Croar de ranas, ulular de búhos, y, sobre todo, el estridente canto de las chicharras.
¿Cuántas cosas no se le estarían escurriendo sobre ese maldito manto de angustia que sentía?
Solo pensaba en cosas rebuscadas, y estaba segura de que, cuanto más se obcecase en encontrar la solución, más se alejaría de ella.
Volvió a alcanzar el telescopio de la esquina y, tras valorar de nuevo su inutilidad, continuó recorriendo la media luna que conformaba el balcón de Walden, acariciando con su mano la superficie irregular de la barandilla de ramas de madroño.
Era noche cerrada, y ni siquiera se alcanzaba a ver el suelo, sino solo el contorno de los árboles a su alrededor .
Se sentía como un astronauta en su nave, deambulando por el espacio infinito, o el navegante en mitad del océano , rodeado de abismos, y, no por primera vez, se encontró pensando en lo claustrofóbico que era realmente ese lugar.
Entonces se topó con algo en lo que no había reparado hasta entonces: el columpio.
Nunca le había gustado aquel trasto, por mucho que a Alonso le apasionase, seguro que también por eso no había caído antes en él. Un mamotreto hortera y descomunal, con forma de huevo prehistórico, pendiendo flojo desde su grotesco soporte, sujeto por una cadena.
«Una cadena».
La idea zigzagueó por un momento sobre su cabeza como una caprichosa mariposa, amenazando con desaparecer con la misma facilidad con la que había surgido, pero esta vez Erika tuvo la paciencia de esperar a que se posase. Como recompensa, obtuvo un chispazo.
Una idea.
Hasta ese momento solo había valorado la posibilidad de entrar ella. ¿Por qué no tratar de hacer justo lo contrario, sacar de allí a Dani? Dani era mucho más pequeño, eso era evidente . Si pudiese atarlo de algún modo a esa cadena…, quizá podría intentar sacarlo por el hueco de la chimenea.
«¿Y de qué te serviría reunir contigo a Dani?».
De nada . Seguirían sin poder bajar. Los dos atrapados en la terraza en lugar de ella sola.
Pero se estaba acercando a algo, y se daba cuenta.
«¿Y si le pidiese a Dani que se echase las llaves de Walden al bolsillo ?».
El rostro de Erika se iluminó.
Dani llevaba puesto su pijama favorito, el de la Patrulla Canina, con su capucha de orejitas y todo.
Pero no tenía bolsillos. Casi ningún pijama de niño los tenía en realidad.
Pero es que ni siquiera era un pijama como tal, sino uno de esos monos de cuerpo entero, con pies incluidos, que llamaban «buzos».
¿Y si le pidiese que se echase las llaves dentro del buzo, por la abertura del cuello…?
«¿El hueco de la chimenea, Eri…? Tienes que estar de broma. Te sigue cegando el deseo de reunir a Dani contigo. Además , por ahí no entra Dani».
De inmediato, casi solapándose con aquel último pensamiento, un nuevo chispazo, esta vez deslumbrante.
«¿Y por qué sacar a Dani, pudiendo sacar solo las llaves ?».
«No podría ser más fácil. Bastaría con pedirle que pusiese las llaves en algún recipiente pequeño, una cesta o algo así. Y luego pedirle que anudase de algún modo la cadena con la cesta… ¡No! ¡Se la mandas ya atada ! Le mandas la cadena con la cesta ya anudada».
Lo tenía. Ahora sí, lo tenía.
El corazón comenzó a retumbarle de nuevo en el pecho, pero esta vez de pura alegría .
Lo tenía. Estaba segura.
Bastaría un recipiente pequeño, cualquier cosa .
Un trapo atado con un poco de habilidad, un pañuelo …
El hueco de la chimenea era real, y la cadena también lo era.
Estaba justo ahí, frente a ella. Solo había que introducirla por el hueco de la chimenea, con la cesta ya atada.
Y pedirle a Dani que pusiera ahí las llaves.
Un juego de niños.
Por primera vez en muchas horas Erika sintió eclosionar en su pecho un sentimiento de verdadera alegría.
Pero ni siquiera entonces se permitió disfrutarla.
Había pasado demasiado miedo. Lo que sí hizo fue respirar profundo, y una impresión aún más intensa que la anterior se impuso, con maravillosa calidez.
Esta vez la reconoció enseguida: alivio.
Lo había pasado realmente mal. Pero lo tenía, vaya si lo tenía.
Ahora había que subir ahí arriba para poder materializarlo.