La casa del árbol Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Junto a la puerta corredera se encontraba el armario de madera, lleno hasta los topes de juguetes de Dani, algo de leña en su balda inferior y utensilios para la chimenea. Y poco más. O nada más, mejor dicho.

Descartó su contenido y continuó revisando .

En la esquina más alejada de donde ella se encontraba , a su derecha mirando hacia el exterior, vislumbró la silueta de su venerado telescopio: un Zeiss Harpia 95 que le había costado una auténtica fortuna y que descansaba sobre su trípode bajo una gruesa funda de lona azul.

«¿Y qué demonios vas a hacer con un maldito telescopio?».

Absolutamente nada .

Desechó el telescopio y siguió adelante, sintiendo que su desesperación aumentaba un poco más a cada minuto.

«Qué voy a hacer, Dios mío… No tengo ni idea de qué voy a hacer…».

Con el sofá pasaba lo mismo que con la mesa, era grandote y pesado, pero imposible de manejar por sí misma.

«Y si pudiese hacer algún tipo de rampa con la mesa y proy ectar después el sofá contra la puerta…

¿Y cómo se supone que vas a subir el sofá a esa supuesta rampa, si casi no puedes empujarlo por el suelo?».

Justo a la derecha de la puerta corredera vislumbró las dos hamacas de tela, regalo de Solange, su compañera peruana de prácticas, oscilando suavemente con la brisa nocturna.

Aquellas hamacas siempre le habían parecido una auténti ca maravilla, trenzadas a mano, rematadas con aquellos preciosos flecos…

, pero , en su actual situación, las auténticas maravillas carentes de utilidad habían perdido todo su encanto para ella .

Y eso era más o menos todo.

Entretanto, la noche seguía avanzando.

«Una rampa… ¿Has dicho de hacer una rampa? ¿Por qué no fabricas un globo aerostático, ya que estás?

»Se te tiene que estar escapando algo…, algo básico. Las mejores soluciones siempre son las más sencillas».

Comenzaba a sentir algo de frío. Con la caída de la noche y el torbellino de emociones se había destemplado.

Entonces se le ocurrió revisarse a sí misma.

Llevaba puesto su pijama azul de franela, su favorito cuando estaban en Walden, con la cara de Snoopy ocupándole todo el pecho y el número 1978 debajo, que, casualmente, era su año de nacimiento.

«¿ Pulseras, collares?».

Nada de nada, se lo quitaba todo en cuanto llegaba a Walden, aunque resultaba bastante ridículo imaginarse forzando aquella puerta inexpugnable con sus pendientes de plata.

En unas horas se despertaría Dani, esa era la única realidad, un niño con pañal que aún no sabía sonarse los mocos solo , y, cuando eso ocurriera, ella seguiría allí, aislada, incapaz de darle ni una sola de las muchas cosas que iba a necesitar.

Tendría el pañal a reventar, de pis o de algo más, reclamaría su biberón matutino, ese que se tomaba siempre con tanto gusto; si es que no la llamaba antes para pedirle agua, claro…

, y ella no podría darle nada de todo eso ni tantas otras cosas que iba a necesitar.

Ni siquiera podría tocarle. Solo mirarle, eso sí, porque el sádico cósmico que la había encerrado allí se había ocupado de disponer entre ellos una puerta transparente, para no perderse detalle.

Era increíble, intolerable, pero era exactamente lo que iba a pasar si no se le ocurría algo antes.

Y eso no estaba sucediendo.

Quizá había descartado demasiado rápido la posibilidad de descender y buscar ayuda…

En ese caso, ahora estaría perdiendo unas horas preciosas .

Pero es que se imaginaba en tierra, caminando y caminando hasta desfallecer, internándose cada vez más en el bosque…

Se le vino a la cabeza lo que les sucedía a algunos buceadores descuidados que, al profundizar en su inmersión y dejar atrás las aguas claras, llegaban a encontrarse envueltos por la más completa oscuridad, un abismo líquido de tinieblas, para comprender, aterrorizados, que ignoraban completamente la ubicación de la superficie , pues esta podía encontrarse hacia su cabeza o hacia el lado contrario…

«Basta, no te puedes permitir también el lujo de divagar. Puede que aquí tampoco sepas dónde está la superficie, pero te vas a tener que decidir igual».

Lograr descender de algún modo y encontrar un camino, o a una persona, desde luego parecía la opción más razonable. Y quizá eso era exactamente lo que debía hacer .

El problema era…

«Que no me quiero marchar».

Exacto. No quería marcharse. Incluso dejando a un lado que no tuviese la menor idea de cómo bajar del árbol o el camino que debía tomar después, sencillamente no veía posible marcharse y dejar allí solo a Dani.

El mero hecho de imaginar que Dani se despertase y comenzase a llamarla a voces y ella no estuviese allí…

le resultaba demasiado insoportable. Estando allí al menos podría hablarle, acompañarle o tratar de darle instrucciones básicas.

No, desde luego que marcharse no era una opción. De ningún modo.

« OK . Entonces ¿qué?».

Esperar .