Capítulo 15
Dani, por fin, se había quedado dormido.
El intervalo de tiempo entre que el móvil se apagase y a Dani le venciese el sueño había sido, sin duda , el más largo y penoso de su vida.
También ella se había serenado bastante, aunque aún sentía muy desconfigurado su propio cuadro emocional.
Estaba muy decepcionada consigo misma, y hasta le costaba reconocerse.
En el hospital siempre se había sentido orgullosa de su autocontrol y serenidad durante las situaciones de mayor tensión, pero ahora reconocía haber estado al borde del colapso nervioso, y eso sin que a Dani le hubiese pasado realmente nada.
Dani no se merecía el modo en que le había tratado, y, en algún lugar de su conciencia, le había quedado una abominable impresión de vacío, casi de pérdida, como de haber ensuciado algo que, hasta entonces , se mantenía impoluto.
Y también creía haber entrevisto esa misma impresión en los ojos de su hijo.
Su deber, su obligación más ineludible, era la de transmitirle serenidad, confianza.
En cambio, había perdido completamente los papeles.
Por si fuera poco no había servido para nada, y ella se consideraba sobre todo una mujer práctica.
Pero ya habría tiempo de acomodar todo eso. Ahora la prioridad era otra.
La prioridad era entrar.
Lo bueno es que tenía toda la noche por delante. No debían de ser más de las diez o las once, y , por fin, podía pensar con cierta serenidad, algo que con Dani llamándola a gritos al otro lado de la puerta le resultaba inviable.
Le parecía imposible invertir toda la noche en ello y no dar con la solución.
Lo primero que debía hacer era evaluar la situación con objetividad «clínica ». Pues, más que confundida, se sentía desorganizada, sobrepasada por la situación . Por un momento se le vino a la cabeza Paco Pantín, su profesor de Microbiología de segundo, que siempre repetía :
«Primero análisis objetivo; segundo, interpretación. Pero la clave siempre está en el repaso».
Repasaría, las veces que fuese necesario.
Tenía dos días por delante, quizá uno y medio si Alonso se decidía a regresar el domingo por la mañana, cosa poco probable.
Debía hacerse a la idea de no contar con él hasta el domingo por la tarde-noche.
¿Cómo iba a estar dos días así? Imposible.
El simple hecho de no poder ir a darle agua a Dani si se la pedía dentro de unos minutos le parecía inconcebible .
Tenía que atender a Dani. Así que sentarse a esperar a que Alonso regresase quedaba del todo descartado.
Se lamentó de no ser como esas parejas que se llamaban cada quince minutos. Ellos podían estar dos días sin llamarse perfectamente, y los fines de semana en los que Alonso tenía concierto, todavía más.
Se encontraba a nueve metros del suelo, ese era otro dato bastante objetivo, ni uno más ni uno menos, y por allí no pasaba un alma, así que desgañitarse a dar voces tampoco tenía demasiado sentido.
«¿Y si encontrase el modo de bajar hasta el suelo?».
Eso quizá sí sería posible. Al fin y al cabo estaba rodeada de árboles, vías de comunicación directa con la tierra. Y no era lo mismo bajar que subir.
«¿Y de qué te serviría llegar al suelo? Seguirías sin tener las llaves . Solo que, en lugar de una puerta impidiéndote el acceso a Walden, pasarías a tener dos».
Cierto también.
Pero podría ir en busca de ayuda.
No obstante…, la sola idea de dejar solo a Dani y marcharse de allí también le parecía inconcebible.
Si no le quedase más remedio, lo haría, por supuesto que lo haría.
Aunque, bien pen sado, ¿cómo se marcharía?
Al no tener las llaves de Walden tam poco tendría acceso al cobertizo donde estaba la scooter.
Ni siquiera tenía las llaves de la propia scooter.
Aquella idea era absurda. Su supuesto seguro de vida le resultaba tan inaccesible como el resto de Walden.
La única opción era marcharse andando. Y, teniendo en cuenta que se encontraban en lo más recóndito del Gorbeia, podría pasar horas caminando sin encontrarse con nadie.
Todo ello sin contar con que podría perderse, claro…
Erika parpadeó repetidamente, asombrada.
Por primera vez desde que llevaban yendo a Walden se daba cuenta de no estar para nada segura de conocer el camino de regreso a la civilización.
Siempre conducía Alonso, pues ella aprovechaba los trayectos entre Bilbao y Walden para repasar informes del hospital, para hacer llamadas o para dormir.
Los viajes en cualquier medio de transporte le producían una somnolencia casi invencible desde siempre.
Y solo ahora comprendía que no tenía la menor idea de hacia dónde debía caminar en caso de lograr bajar.
Lo que sí sabía era que el camino de vuelta estaba lleno de recodos, de marcas inventadas por ellos, de curvas, y lo único que recordaba desde su ventana de copiloto era ver árboles y más árboles.
Si incluso el propio Alonso , el paradigma de la previsión y el método, se desorientaba a menudo, sobre todo en el trayecto de vuelta.
Y el Gorbeia era inmenso, realmente inmenso.
Se internaría cada vez más en el interior del bosque, se extraviaría.
Podría tirarse días enteros por ahí perdida sin encontrarse con nadie.
Los tres habían hecho muchas excursiones al parque y siempre les había impresionado la absoluta soledad del lugar.
Lo raro, lo excepcional , era encontrarse allí con alguien.
De hecho, que ella recordase eso solo les había sucedido una vez, cuando se encontraron con aquellos dos senderistas a los que precisamente tuvieron que ayudar porque se habían perdido.
Erika no daba crédito. ¿Cómo podían haberse desentendido así de algo tan básico, tan primordial , con un niño pequeño? ¿Cómo podían ser tan irresponsables? Pero el motivo estaba bastante claro: nunca se habían imaginado que su vida y la de su hijo pudiese depender de ello.
Era terrible, era todo terrible. Marcharse era inviable; quedarse, imposible. Tenía que entrar, realmente era la única opción, tenía que encontrar el modo de entrar.
Pero Walden había sido diseñado expresamente para ser inexpugnable.
Sus pulsaciones volvían a acelerarse, pues era consciente de no estar dando con la solución. Miró a través del cristal, en busca de cualquier idea. Allí estaba Dani, en el clásico «tan cerca y tan lejos », profundamente dormido sobre la alfombra del salón, como un perrillo.
No debía despertarle por nada del mundo.
Pensar , eso era lo único que podría sacarla de allí antes de que tan estúpido imprevisto pudiese convertirse en una experiencia traumática para ambos.
Se volvió de espaldas a la puerta corredera y comenzó a buscar a su alrededor, aunque ya era noche cerrada.
Tenía que haber algo allí que pudiese usar para entrar.
La terraza abarcaba todo el frontal de Walden por su lado norte, una enorme plataforma de madera , en forma de media luna, de unos treinta metros cuadrados que, a su vez, servía para dar equilibrio a la cabaña, según el ingenioso diseño de Julio.
En principio, aparte de la puerta corredera, no existía ninguna otra forma de acceso al interior de la cabaña desde ese frontal.
Los grandes ventanales que tanta luz natural aportaban al interior se encontraban en el lateral izquierdo, absolutamente lejos de su alcance .
Pero, aunque hubiesen estado allí mismo, pensó, le habría dado lo mismo, pues estos también estaban insertos en la estructura de la cabaña y no tenían posibilidad alguna de apertura , ni siquiera desde dentro.
Walden se sostenía sobre dos inmensos abetos.
El primero de ellos estaba ahí mismo, atravesando el mismo suelo de la terraza y volviendo a proyectarse hacia las alturas a través del tejado de Walden.
Mientras que el segundo abeto se encontraba en el interior de la cabaña, junto al piano de cola de Alonso.
Ese segundo abeto… quizá fuese el único medio de acceso directo al interior la cabaña. El problema era que a Julio también se le había ocurrido, así que lo había aislado convenientemente con unos enormes paneles de policarbonato, desde el suelo hasta el mismo techo de Walden.
«Estáis metiendo lo mejor que hay, chavales».
Si esos paneles tuviesen algún punto débil, un resquicio cualquiera…, pero lo dudaba. Lo dudaba mucho . Sabía bien cómo trabajaba Julio, y sin duda se habría encargado de sellarlos a conciencia. Claro que tampoco perdería nada por asomarse ahí arriba y echar un ojo…
El mero hecho de imaginarlo ya le provocó un vacío en la boca del estómago .
Pero enseguida pensó que lo más probable es que tuviese que subir a inspeccionar antes o después, aunque por el momento no tuviera ningún sentido.
Era noche cerrada, y no se veía prácticamente nada, así que las posibilidades de caerse se multiplicarían por diez, por lo menos.
«Pero antes de todo eso … piensa, piensa un poco más. Tiene que haber alguna forma . ¿Alguna rendija? ¿Algún respiradero? ¿La chimenea?».
La chimenea.
Podría ser …, pero pasaba un poco lo mismo. Hasta que no subiese no podría hacerse una idea, y para eso necesitaba luz .
No le quedaba más remedio que esperar al día siguiente .
«¿Esperar hasta mañana sin hacer nada? Imposible. Antes de que amanezca tengo que tener ya perfectamente claro lo que voy a hacer, y no solo subir “a ver qué me encuentro ”. Tienes tiempo, joder, tienes tiempo de sobra. Tú solo piensa , piensa, piensa».
La mesa de la terraza, robusta y pesada , de madera buena y rematada en su base y en sus junturas con mucho hierro forjado. Pero apenas podía moverla sobre la terraza, cuanto menos utilizarla para cargar contra el cristal blindado. Además, aunque pudiera hacerlo, el resultado sería más que dudoso.
«… lo mejor que hay, chavales».
Las sillas, en cambio , parecían mucho más ligeras. Aunque, por eso mismo, también inútiles para cargar contra la puerta.