La casa del árbol Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

¿Sería una utopía tratar que un niño de su edad desprote giese el móvil y pulsase el botón de rellamada?

Seguramen te sí. Pero algo le decía que debía actuar sin pensar demasiado.

Dani era muy obediente, y Alonso siempre llevaba el móvil encima.

En cuanto lo cogiese no tenía más que desgañitarse a llamarle…

«Esto es una locura. No puede estar pasando».

—¡ MA - MÁÁÁÁÁÁ !

Con cada llamada de Dani, Erika sentía que sus nervios se tensaban una vuelta más.

—Dani, cariño. —Sentía tal nudo en la garganta que apenas podía hablar. Pero además debía alzar mucho la voz para que Dani pudiese oírla a través del grueso cristal—. Escúchame, mi niño. Vamos a hacer un juego. Vamos a hacer un juego superdivertido.

Aquello era absurdo. Dani ni siquiera la estaba mirando, y se mostraba cada vez más enfadado.

«Por favor, por favor, Dios mío. Que no coja ahora una rabieta».

—Dani, escúchame. ¡Dani! ¡Te digo que te va a encantar! Y te voy a dar un premio si me haces caso. ¿Qué me dices? ¿Quieres un premio o no? Un juguete PRECIOSO . Solo tienes que hacer una cosa. ¡ DANI ! ¡ ESCÚCHAME , POR FAVOR !

Erika golpeó el cristal sin poder contenerse, lo que tuvo la virtud de cortar en seco el incipiente llanto del niño, quien no estaba acostumbrado a la violencia de su madre. Erika aprovechó el desconcierto de Dani para insuflarle su plan atropelladamente:

—Mira, Dani, el juego es así: tienes que ir a la cocina, allí, a la mesa de la cocina, y coger el móvil de mamá. Solo eso. Luego me lo traes y te digo cómo sigue el juego. ¿Qué te parece?

La aflicción regresaba al rostro de Dani, y en ese instante Erika estuvo segura de que sus nervios finalmente fallarían. La noche se le echaba ya encima. En quince o veinte minutos no se vería nada en absoluto.

Erika ya gritaba:

—¡Si lo haces, tengo un juguete para ti, mi niño! ¡¿Te acuerdas del caballo que me dijiste ayer que querías?! ¡¿Cómo se llamaba, Dani?! ¡¿ CÓMO SE LLAMABA AQUEL CABALLO ?!

—¡¡¡ PÍ … RÍÍÍÍÍÍT !!! —exclamó Dani, enfadado y agotado al mismo tiempo.

—¡¡¡Ese!!! ¡¡¡Ese, mi príncipe!!! ¡¡¡Spirit!!! ¡Te daré un Spirit! ¡Tengo un Spirit para ti! ¿Qué me dices? ¡¿Lo quieres o no?!

— CHÍÍÍÍÍÍ — gritó Dani.

—¡¡¡Bien, mi niño, muy bien!!! Pero tienes que hacer justo lo que te voy a decir, ¿vale? Vas allí, a la cocina, y coges mi móvil que está encima de la mesa. Solo eso. Y lo traes. ¿Sí, mi niño? ¿Sí?

—¿… china?

Su voz era apenas un murmullo a través del cristal, y Erika debía aguzar el oído al máximo.

—¡Sí! A la cocina. Eso es.

Dani por fin se encaminó hacia donde su madre le decía, obediente, como siempre, a pesar del enfado y de lo cansado que debía estar.

Erika casi no podía creer que hubiese logrado contener una rabieta de su hijo, algo que solía ser imposible una vez que empezaba.

Aún tenía «lengua de trapo» como decía Alonso, pero lo entendía todo y, de hecho, le solía gustar que le encomendasen «misiones».

Y cada vez que le decían: «Dani, cariño, ¿a que no vas a la cocina y me traes un plátano?

», «Dan, ¿podrías recoger tus juguetes solito?

» o «Príncipe, ¿me ayudarías a poner la mesa?

», la respuesta solía ser invariablemente «sí», cuando Erika había observado en otros niños de su edad, o incluso más mayores, mucha mayor apatía, sobre todo a la hora de recoger sus juguetes.

Pero en ese momento, cuando lo vio dirigirse a la cocina subiendo y bajando los hombros por el disgusto, con su oscilante pañal bajo el pijama de la Patrulla Canina, ilusionado por el caballo que no le iba a poder dar…

, Erika, de nuevo, estuvo a un paso de venirse abajo.

A esas horas ya no se aguantaba ni él, y, de hecho, hacía ya un buen rato que debía estar dormido.

Dani alcanzó la cocina, estiró su manita sobre la encimera y tomó el móvil con facilidad, y, ya con él en la mano, regresó de nuevo hacia la puerta corredera.

Los pensamientos seguían entrando y saliendo de la cabeza de Erika de forma más o menos arbitraria.

«Hace unos minutos tu mayor preocupación era decidir qué película ibas a ver cuando acostases a Dani.

Ahora, tu vida en tera depende de que un niño que aún come potitos sea capaz de hacer una llamada por teléfono.

Es más que increíble. Es de mencial. ¿Qué se supone que vas a hacer si no lo consigues?

Estamos en peligro, en peligro real. Es viernes.

Alonso todavía tardará dos días en regresar.

Su concierto es el sábado por la tarde, así que mañana también hará noche en Oviedo.

Y la mañana del domingo se la pasará tocando su piano, lo sabes de sobra, pues no se salta su estudio matutino por nada del mundo.

Eso significa que no volverá hasta el domingo por la tarde…

por lo me nos. Si esto no funciona, no sé qué vas a hacer, de verdad que no lo sé.

No puedes estar dos días enteros así, eso está claro.

Dani no puede estar dos días enteros así.

Tienes que atenderle, darle de comer, cambiarle el pañal…

, pero mejor no pienses en eso ahora, o te volverás loca. Concéntrate solo en ese teléfono».

Dani regresó a la puerta corredera y se la quedó mirando muy serio, dejando bien claro que ya no quería jugar más.

Lo que quería era su caballo.

Y Erika, haciendo un esfuerzo extraordinario, alzó la voz todo lo que pudo y trató de explicar a Dani con las palabras más simples posibles lo que tenía que hacer:

—Lo has hecho genial, cariño, ya casi lo tenemos. Lo que tienes que hacer ahora es muy fácil: solo tienes que apretar el botón del móvil, ese grandote que está en el medio.

Dani ejecutó lo que su madre le pedía, aunque de mala gana. La pantalla se iluminó.

—¡Muy bien! Ahora un poco más difícil. Tienes que pasar tu dedito por encima de la pantalla.

Como si lo acariciases. ¿Entiendes? —Gracias a Dios su móvil no requería de clave alguna, sino que se trataba únicamente de deslizar el dedo.

Aun así estaba claro que aquello no iba a ser fácil—.

Pero por el lado del cristal, mi niño, si no, no funciona.

Así no…, le tienes que dar la vuelta. —Dani le daba la vuelta, pero lo ponía bocabajo en lugar de por el lado de la pantalla, y Erika se n tía que su ansiedad aumentaba por momentos, haciéndola cada vez menos dueña de sus actos.

«Se supone que esta es la parte fácil…»—.

No, mi niño…, escúchame, por favor. Por el lado de la Torre Eiffel no.

Por el otro lado. El del cristal. Le tienes que dar la vuelta.

¡ Eso es! Bien, cariño. Ahora le tienes que dar otra vez al botón grandote de antes y lo acaricias enseguida.

Al móvil le gusta mucho que lo acaricien, Dani…

Un par de veces Dani logró que la pantalla se iluminase durante un par de segundos, pero enseguida volvía a apagar se al no deslizar el dedo con la velocidad suficiente.

Por si fue se poco, en una de las ocasiones en que consiguió iluminarlo Erika pudo entrever que apenas le quedaba batería, como casi siempre.

Pero es que Dani lo estaba haciendo de mala gana…, golpeando el cristal más que acariciándolo, y era evidente que en cualquier momento se negaría a seguir intentándolo.

—No tan fuerte, Dani…, con toda la mano no, mi niño…

, es pequeñito…, solo con el dedo… —Erika comenzaba a ver vidrioso a través de sus lágrimas, un prisma de Danis con el móvil en la mano, y sentía su propia voz apagándose cada vez más.

Dani ya ni siquiera la oía, aunque seguía palmoteando sobre el teléfono, como un chimpancé manipulando una tablet.

—… solo con el dedito, Dani…

Y, en el preciso momento en que Erika tiraba la toalla, Dani, de un manotazo casual, desprotegió el móvil.