Capítulo 14
Estaba terminando de recoger las migas del mantel y los restos de la cena
(«… que no se me olvide mañana podar un poco las ramas de la escalera, que nos van a comer, y bajarlas luego a la trituradora; la maldita puerta corredera sigue chirriando, menos mal que ya se desliza mejor; hice bien en insistir a Alonso en que la engrasara antes de irse, que ya casi ni podía moverla; quedan pocas bolsas de basura, acuérdate también de que hay que comprar sin falta… »)
cuando oyó el clic de la puerta corredera.
Al principio se sobresaltó un poco, a pesar de haber oído ese sonido infinidad de veces, habitualmente después de cenar y haber acostado ya a Dani; un chasquido preciso y hermético, que asociaba inconscientemente a una de tres cosas, las tres muy placenteras: el inicio de una buena película, la continuación de un buen libro o relaciones íntimas con Alonso; un sonido seco y quedo a la vez, similar al de una astilla que saltase en la chimenea, precedido de un breve rumor deslizante, como de pista de bolos.
Erika levantó la cabeza y se encontró con el rostro de Dani al otro lado del cristal, cómicamente manchado de yogur, mirándola con esa expresión socarrona de haber hecho una gracia que a ella tanto le gustaba.
Dani había empujado la puerta, la bien engrasada puerta corredera. Y la había cerrado.
La había cerrado.
Por un momento no reaccionó. Se quedó inmóvil donde estaba, con los platos de la cena todavía en las manos, y permitiendo que aquellas dos ideas tan pintorescas se fuesen aproximando poco a poco.
Dani había cerrado la puerta.
Y ella estaba en el lado que no debía estar.
Su sonrisa se fue diluyendo gradualmente, al tiempo que las palabras de Alonso volvían a cobrar vida en su cabeza, como si de pronto se encontrase allí mismo, junto a ella.
En realidad hacía solo un rato que lo estaba, con su ropa habitual de ir a Walden —vaqueros y jersey grueso de lana, invariablemente—, agachado junto a la puerta y armado con un frasco de 3 en 1 comprado una hora antes en la gasolinera.
«Ahora mucho cuidado, Eri. El seguro de la puerta siempre levantado si salimos a la terraza».
Dani también debió notar algo, porque su pícara expresión se fue transformando en una mirada llena de curiosidad hacia ella. Pero enseguida volvió a sonreír y comenzó a golpear alegremente el grueso cristal blindado con su manita regordeta.
Tum, tum, tum.
El cristal apenas vibró con sus manotazos.
«Espera, espera un maldito segundo. Esto no puede ir en serio».
La había encerrado.
Y estaba sola .
Sin apartar la vista del cristal, Erika retrocedió sobre sus pasos como si lo hiciese ante una fiera dormida, dejó los platos sobre la mesa de la terraza y se aproximó de nuevo a la puerta corredera.
Sentía la cabeza vacía, en blanco, y un vago malestar comenzando a ascender desde la boca del estómago, acompañado de un aleteo inquieto y desigual en el pecho. Los ojos de Dani —los soñolientos ojos de Dani— seguían clavados en ella, tratando de comprender en qué consistía el nuevo juego.
Igualmente Erika se tomó su tiempo, como si pretendiese crear expectación ante un público imaginario.
Sentía que necesitaba un mínimo margen psicológico antes de intentar abrir esa puerta.
Afianzó sus pies descalzos sobre el suelo de madera al tiempo que una súplica interna y silenciosa comenzó a repetirse una y otra vez en su cabeza, como un estribillo desquiciado:
«Por favor, por favor, por favor…».
Y empujó con todas sus fuerzas.
La puerta ni se inmutó. Ni siquiera concedió ese medio centímetro que solían conceder todas las puertas correderas. Permaneció impasible, sin más, un imperturbable muro transparente.
El estribillo cambió radicalmente de letra:
«Joderjoderjoder…».
Aquello tenía que ser una estupidez. Una cosa tan nimia no podía trastornarla tanto.
Dani llevaba ya un rato bailando sobre una pierna y otra —Dani seguía llevando pañal, pero siempre que podían lo sentaban «a hacer pis como los mayores», tratando, de momento en vano, de que se fuese acostumbrando poco a poco—, y ella misma estaba deseando cepillarse los dientes y tumbarse un rato en el sofá.
La sangre había comenzado a acumularse en su estómago y sentía esa cálida modorra que siempre la invadía después de cenar.
Su único deseo era acostar ya a Dani y relajarse un poco frente a la tele.
En cambio, Dani seguía mirándola cándidamente desde el otro lado de la puerta.
«Esto es una tontería. No tengo más que pedirle que me vuelva a abrir, igual que me ha cerrado».
Imposible. Ese cerrojo especial «para niños», que Alonso se empeñó en poner. «Por si nos descuidamos, Eri, y a Dani se le ocurre salir a la terraza. No olvides que estaremos a nueve metros del suelo». La razón de ser de ese seguro era preci samente la de impedir que Dani pudiese abrirlo.
De pronto, Erika perdió la paciencia, agarró el pasador de la puerta con las dos manos y comenzó a tirar de ella con todas sus fuerzas y sin miramiento alguno, hacia un lado y hacia el otro, hacia dentro y hacia fuera, empujando no solo con los brazos, sino con todo el peso de su cuerpo.
Pero la puerta no solo no cedió lo más mínimo, sino que le dio una impresión de mayor robustez todavía, como si hubiese tratado de agitar una columna de mármol.
Apoyó su cabeza contra el cristal y trató de pensar en algo, lo que fuera.
Desde abajo, Dani la miró asombrado. Nunca había visto a su madre tan agitada.
«Por el amor de Dios, esto no puede estar pasando.
Estoy completamente sola con un niño pequeño , a nueve metros del suelo.
Y no tengo la menor idea de cómo volver a entrar.
Ni la más remota. Pero tiene que haber alguna forma, joder, tiene que haberla.
Es solo una puerta de cristal. Piensa. Solo eso. Piensa, piensa, piensa».
En ese momento fue Julio quien compareció inesperadamente en su cabeza, con su extraña entonación de polaco bilbaíno:
«Estáis metiendo lo mejor que hay, chavales. El cristal blindado penetra como diez centímetros en sus jambas. Para echar esa puerta abajo habría que tirar la cabaña entera».
Aquellos dos personajes, Julio y Alonso, parecían los protagonistas de los teatros infantiles que iba a ver con Dani los sábados por la mañana al centro cultural, aclarando con sus intervenciones los acontecimientos de la obra. Solo que en este caso no requería aclaración alguna.
«Tranquila, Eri, tienes que estar tranquila. Es solo una puerta. Tiene que haber una forma sencilla de entrar. Tiene que haberla. Solo que tienes que pensar un poco más. Pensar… un poco más».
« Estáis metiendo lo mejor que hay, chavales».
Dani seguía mirándola con curiosidad, pero comenzaba a impacientarse. Sus ojos preguntaban con claridad:
«¿Qué estás haciendo, mami?».
Erika le devolvió la mirada, sin verle, y Dani volvió a sonreír y a golpear el cristal, esta vez con menor intensidad.
Tum, tum.
El curso de sus pensamientos parecían haberse enrocado en una órbita inalterable.
«¿ Qué hago? Dios mío, ¿qué puedo hacer?».
Finalmente, desencantado por el retraso del juego, Dani comenzó a caminar hacia su derecha, hacia la otra puerta.
«¡La otra puerta!».
La idea surgió como un fogonazo, pero se desinfló por sí sola enseguida.
Rara vez usaban esa puerta, si es que la habían usado alguna vez.
Lo más normal es que ni siquiera se moviese.
Igualmente, Erika se desplazó a su izquierda y, tal y como hiciese con la primera puerta, apoyó ambas manos sobre el cristal, hizo acopio de la escasa fe que pudo reunir en ese momento y empujó con todo el peso de su cuerpo hacia el lado contrario.
La puerta permaneció inmutable, por supuesto, pero en este caso no solo le dio una impresión de imperturbabilidad, sino también de indiferencia.
—¡Mamáááááá!
La vocecita de Dani sonó terriblemente apagada a través del cristal, casi como si la llamase desde otra casa, y Erika sintió por primera vez cómo el pánico se aproximaba a ella a pasos agigantados .
Sus pensamientos comenzaban a atropellarse unos a otros, y cada vez le resultaban más difíciles de gobernar.
«Tienes que calmarte y pensar con frialdad, joder.
Dani está bien. Piensa en eso. Acaba de cenar, y no hace tanto que le has cambiado el pañal.
Tienes tiempo, tienes todo el tiempo del mundo.
No le va a pasar nada porque llore un poco, ¿no?
Cálmate y trata de valorar las opciones que tienes, igual que haces en el hospital.
Alonso estará llegando ahora a Oviedo, si es que no ha parado a comer algo.
Su concierto es mañana, creo que dijo que sobre las siete.
Solo tienes que llamarlo…, pero el móvil está dentro, por supuesto.
Dios, es una pesadilla, tiene que ser una pesadilla.
Entonces ¿qué? Se te tiene que estar escapando algo, algo esencial.
Si no, esto pasaría a menudo. Claro que no todo el mundo acostumbra a dormir sobre un maldito árbol a nueve metros del suelo.
Pero todo eso da igual, Eri. Tienes que buscar algo, una idea, lo que sea».
Erika levantó la cabeza y miró a través del cristal, tratando de ignorar las llamadas de Dani, que comenzaban a ser angustiosas. El sol comenzaba a declinar, y dentro se veía cada vez menos. En cuanto cayese la noche el interior quedaría completamente a oscuras.
«A Dani le da miedo la oscuridad».
Sacudió la cabeza con fuerza, como si pudiera apartar aquel pensamiento de un modo físico, ahuecó las dos manos para usarlas como pantalla y se apoyó contra el cristal, tratando de aguzar su vista todo lo posible.
Su mirada planeó desesperadamente sobre la mesa del comedor, el piano de Alonso, el sofá…
y aterrizó sobre la encimera de la cocina.
Allí estaba el maldito móvil, justo al lado de la caja de pizza congelada Di Mamma que acababan de cenar.