Capítulo 13
Dos horas más tarde Alonso y Erika aparcaban a los pies de la casona de Micaela, que comparecía en ese momento —borrosa y difuminada a través de una llovizna fina y persistente— rodeada por la práctica totalidad de los vecinos de Carmona.
El perímetro de la vivienda estaba acordonado por una cinta de plástico de color amarillo y negro —«Igual igual que en las películas», pensó Erika— y un coche de policía se encontra ba negligentemente aparcado en la cuneta.
Descendieron de su vehículo entre un sordo murmullo y se dirigieron directamente a la puerta de entrada.
Erika trataba de no mirar a ningún lado, pues reconocía casi todos los rostros allí reunidos, pero no pudo evitar que su vista se cruzase por un momento con el de la Gregoria, situada en primera fila como era de esperar, en actitud expectante, casi reconcentrada.
«Solo le faltan las palomitas», pensó, y tuvo que contener una sonrisa que, dadas las circunstancias, habría resultado del todo inapropiada.
Pero es que no se sentía mal…, al menos por el momento; no se sentía alterada ni descompuesta , casi ni triste, lo que en realidad tampoco la sorprendía .
Sabía que más tarde sí lo estaría y que toda esa acumulación de nervios encontraría su puerta de salida, como lo hacía siempre, previsiblemente en forma de lágrimas.
Pero por el momento se sentía bastante bien, y esa era una de las razones por las que era un buen médico, pensó, pues su ánimo era capaz de aplazar sus emociones para el momento más oportuno.
Además, a su lado tenía a Alonso, y su firmeza e impasibilidad habituales la arropaban como una cálida manta.
Un policía alto y demacrado , una variedad poco frecuente en Cantabria, los acompañó al interior de la vivienda, rogándoles que no tocasen absolutamente nada.
El murmullo se incrementó por un momento, hasta que el agente volvió a cerrar la puerta a sus espaldas.
Erika volvió a mirarlo de reojo, admirada de que un desconocido se encontrase en el interior de su casa.
«Parece un espárrago con uniforme», pensó ahora, y esta vez tuvo que hacer un auténtico esfuerzo por no reírse.
Solo entonces se dio cuenta de lo nerviosa que en realidad estaba.
Todo estaba igual que siempre, y, al mismo tiempo, completamente diferente .
Era como si la distancia temporal o, mucho más probablemente , la prolongada ausencia paterna le hubiesen otorgado a la vivienda una indefinible cualidad humana.
No dejaba de ser el clásico déjà vu , pero tamizado por una novedosa impresión de luminosidad , de suave alegría.
Y adivinaba a su madre con facilidad en esa tenue claridad, tan tenue como ella misma, pero llena de dulce significado: un discreto visillo, embelleciendo una mesita que llevaba ahí desde mucho antes de que ella naciera ; flores hechas con miga de pan y coloreadas a mano ; pequeños trabajos de carpintería…
, hasta los diminutos ramilletes de hojas secas diseminados con buen gusto por diferentes lugares de la estancia llevaban el inconfundible sello de su madre.
Le parecía que no había un rincón descuidado, un estante sin ordenar o un mueble colocado sin esmero, y, de un modo pueril, se sintió orgullosa de que todos aquellos desconocidos deambulasen por una casa tan acogedora.
¿Cuánto hacía que no visitaba a su madre?
Ni siquiera podía recordarlo. Demasiado tiempo en cualquier caso, y, en ese momento, también supo cuánto se lo reprocharía a sí misma más tarde.
Por mucho que, durante todos aquellos terribles años, la una hubiese sido el único sostén de la otra, su madre y ella nunca habían estado tan cerca como habrían debido.
Era como si todas las barbaridades vividas juntas las hubiesen uni do y separado al mismo tiempo, furtivas pasajeras de un barco caótico que se topasen en cubierta de cuando en cuando, entre las olas y el viento, mirándose de reojo, compadeciéndose la una de la otra…
, pero solas, en definitiva, cada una resistiendo el temporal como buenamente podía.
Todo ello, de algún modo, las había aislado para siempre.
«Aisladas»… Esa era la palabra.
No obstante, ella sí había creído estar unida a su madre, y, durante un tiempo, la fuerza de esas ligaduras incluso le había llegado a parecer consistente.
Pero cuando el temporal no cesa… las ataduras se aflojan, o, más bien, se afloja la persona entera.
El sufrimiento tiene sus estrategias: retiene los recuerdos aprovechables, pero se deshace a cambio de aquellos que le perjudica, como hace el estómago con los alimentos.
Las vivencias positivas también alimentan, los recuerdos felices también son un nutrimento…
, pero ese paraíso está negado a los que viven aterrorizados ante la inminencia de una llave que se introduce en la puerta.
Sin alegría, el recuerdo se desvanece.
Tantas veces había pensado que el miedo podía ser peor que la realidad, incluso aunque la realidad fuese ya de por sí aterra dora.
Mucha gente se cerraba puertas a sí misma de antema no, ya fuese por limitaciones verdaderas o imaginarias, incapacidades o complejos, pero, a cambio, se les abrían muchas otras.
El temeroso se encontraba todas cerradas a cal y canto.
O, mejor dicho, él mismo era una puerta cerrada, y no podía haber nada más triste que aquel a quien no cerró la naturaleza, sino el influjo de otro ser humano.
Y mientras avanzaba por ese opresivo pasillo que tantas veces recorriera de niña, esa impresión de desdoblamiento, que había dado comienzo con la llamada de Idelfonso, parecía incrementarse con cada paso.
Era como avanzar somnolienta por el escenario vacío de una película de terror, entrevista hace muchos años, antes de quedarse dormida.
Una pesadilla, la pesadilla de una niña escuálida, ojerosa, demasiado encorvada y retraída para su edad…
Hasta que comenzaban a retumbar los golpes en la cocina…
¿ Cómo había soportado todo aquello? No tenía ni idea.
Pero había algo que sí sabía: ya nunca escaparía de ello.
Por mucho tiempo que transcurriese, por muy civilizada que se volviese su vida, su influjo perduraría .
Porque aquello había sucedido de verdad, y lo que sucedía de verdad la acompañaba a una para siempre.
Sus cicatrices permanecerían tan frescas como el primer día, inherentes a ella, como el color de su piel.
Pues nada determina el devenir de una vida como las vivencias de la infancia.
Y esa película tan mala se había rodado precisamente allí…, entre aquellas paredes que, ahora, parecían haber sido despojadas de una apretada mortaja.
Solo que esta vez su verdugo la había vuelto a ceñir para siempre.
En el camino de vuelta a casa sí lloró, y lo hizo durante la mayor parte de las dos horas de trayecto que separaba Carmona de Bilbao mientras Alonso conducía silencioso a su lado y Dani dormía en su sillita.
Su vida entera se desplazaba en ese coche.
Pero no solo lloró por la muerte de su madre, sino, sobre todo, por aquello que su padre les había arrebatado a las dos, ese vínculo sagrado que se establece entre una madre y una hija, y que ella apenas había tenido ocasión de intuir.
También tuvo tiempo de maldecir a su madre por permitir que una niña se criase en semejante lugar.
Luego evocó su recogida figura, apocada, autonegada de antemano, un fantasma desteñido arrastrando siempre unas cadenas demasiado pesadas para ella…
y solo sintió lástima ante una vida que concluía sin haber comenzado.
A su lado Alonso permanecía tan impasible como siempre, lo que Erika le agradecía de corazón. Su rostro, tenuemente iluminado por el resplandor verdoso de las luces del tablero del coche, solo reflejaba ese aire de estar pensando en sus cosas que nunca le abandonaba.
Pero en cuanto ella se tranquilizó mínimamente, poco antes de llegar a Bilbao, Alonso le susurró:
—Oye, Eri, me gustaría decirte algo si estás mejor.
Erika asintió con la cabeza.
—He estado pensando… Creo que tú y Dani no debéis volver a quedaros solos, eso está claro, al menos por un tiempo.
Lo que pasa es que aún me quedan cuatro conciertos para terminar la temporada y, ya sabes, me gustaría cumplir mi contrato.
Los conciertos en sí me dan igual, pero hay muchas personas implicadas a las que haría una buena faena si ahora me quito de en medio.
—Claro…, lo entiendo —respondió Erika en un susurro, quien comenzaba a sentirse más cansada de lo que había estado en su vida.
Alonso cedió el paso a un tráiler enorme, y las luces intermitentes del camión parpadearon levemente sobre el rostro inescrutable de su marido. En ese momento Erika sintió un afecto tan grande por él que casi comenzó a llorar de nuevo, aunque logró controlarse.
El camión giró, inundándolos por un momento de un azul fantasmal, y regresaron de nuevo a su penumbra anterior.
Alonso continuó:
—Pero con tu padre por ahí suelto… no podéis quedaros solos.
¿Por qué no nos vamos los tres a Walden?
Allí podría seguir tocando, y, al mismo tiempo, estaríamos juntos.
Ya estamos casi en mayo. A Dani le queda poco de cole, y a ti te darán permiso por lo de tu m adre.
Y, si no, te lo pides igual. El 23 de junio es mi último concierto de la temporada, y los cuatro que me quedan hasta esa fecha son en España.
En Walden estaríamos seguros. Y estaríamos juntos.
Erika miraba a su marido mientras hablaba, tratando de descubrir alguna emoción en sus palabras, sin conseguirlo. Todo lo que decía era tan sensato y razonable como siempre. No obstante, ella le conocía lo suficiente como para intuir que había algo más. Pero estaba tan cansada…
Finalmente acertó a responder:
— OK , Alon… Claro, me parece bien. Decide tú por mí. Lo que decidas me va a parecer bien.
Calló por un momento y añadió con un hilo de voz:
—¿Y después qué?
—Después… se acabó.
Incluso a pesar de su agotamiento, el tono tajante de Alonso impresionó a Erika.
—Dejo los conciertos —añadió—. Retomaré mis clases y volveré a casa. Seremos otra vez una familia normal, nada más. Y nada menos.
La miró fugazmente y añadió:
—No se puede hacer dos cosas bien al mismo tiempo, Eri.
—¿A casa?
—A casa. Donde debo estar.
Alonso imprimió un énfasis especial a la palabra «debo», pero solo lo exteriorizó con una mayor tensión en las manos que sostenían el volante. Y no dijo nada más.
El resto del camino lo hicieron en silencio mientras una lluvia triste y monótona repiqueteaba sobre los cristales, adormeciéndola cada vez más.
Sus pensamientos y sensaciones entraban y salían confusamente de esa región intermedia que separa el sueño de la vigilia y en la que, tan a menudo, parece posible resolver los problemas más complejos.
Pero allí ya no había nada que resolver.
Y, solo cuando Alonso entró al garaje de su casa y la lluvia se interrumpió de golpe, Erika comprendió que se había quedado dormida.
Abrió los ojos sin variar de posición, recostada sobre su costado izquierdo en el asiento de copiloto, con las rodillas abrazadas contra el pecho, y su mirada se encontró de nuevo con las manos de su marido sobre el volante.
Esas manos hermosas, grandes, esas manos sabias , que tantos prodigios realizaban sobre un escenario…
sostenían el volante con tanta tensión que hacía resaltar la blancura de sus nudillos, incluso en la oscuridad.
Pero, cuando Erika dirigió su mirada hacia el rostro de su marido, no detectó cambio alguno.
Su propio recuerdo parecía haberse desleído durante el sueño, como pasaba siempre. En cambio, al despertar, este pareció solidificarse de nuevo, y Erika volvió a sentirse aplastada ante la escueta nota que habían encontrado sobre la cama de sus padres, al lado del cadáver de su madre descuartizada.
Solo tres palabras.
LUEGO VAS TÚ .