Capítulo 12
Alonso Urbizu estaba satisfecho.
Una vez tomada su difícil decisión, los frutos no se estaban haciendo esperar.
En el transcurso de unos pocos meses las salas más prestigiosas del mundo volvían a reclamar su rutilante presencia.
El mundo no se había olvidado de él, y su agente volvía a tener más ofertas de las que realmente podía gestionar.
Pero había una diferencia fundamental, y es que ahora se trataba de conciertos mucho más importantes que los de antes.
Pues, para su sorpresa, resultó que su inesperada ausencia de los escenarios había funcionado como una especie de acicate para todos aquellos que habían seguido su fulgurante carrera desde el principio (y que también eran bastantes más de los que pensaba), y, sin él mismo saberlo, su regreso había provocado un encendido debate.
Se decía de todo , y casi todo inventado: que si, tras ganar el prestigioso Reina Elisabeth de Bélgica, teniendo el mundo musical a sus pies por así decir, Alonso Urbizu, no sintiéndose aún satisfecho consigo mismo, había decidido encerrarse para seguir estudiando; que si no había sido capaz de encajar su refulgente éxito y había optado por desaparecer durante un tiempo; que si había caído en una profunda depresión de la que le había costado recuperarse…
; todo ello sencillamente motivado por haberse negado a dar explicaciones sobre el abandono de su actividad concertística.
Y, como ahora tampoco se había molestado en confirmar ni desmentir nada, aquellos rumores y muchos otros se avivaban por sí solos.
A la crítica, en cambio, no le quedaba más remedio que hablar de él, a pesar de saltarse todos y cada uno de los protocolos habituales y demostrar una desconcertante indiferencia hacia su importante influencia.
Incluso los artistas más consolidados dedicaban su tiempo y su dinero a obtener el favor de la prensa especializada.
Pero Alonso Urbizu, para horror de su agente, se mantenía decididamente al margen.
Lo único que le interesaba era tocar.
Lo demás le traía sin cuidado.
En realidad, para él no había diferencia.
Ya desde el inicio de su carrera, cuando ganó todos aquellos importantes concursos , había tomado la decisión de mantenerse al margen del inevitable ruido mediático para poder concentrarse de lleno en su actividad .
Rara vez leía las críticas de sus conciertos (salvo cuando alguna persona de su entorno cercano, habitualmente Erika, se las señalaba expresamente), pues, en las contadas ocasiones en las que lo había hecho, solo le había servido para sentirse desazonado e incomprendido, sin aportarle nada a cambio.
Si la crítica era mala, se preocupaba; si era buena, se lamentaba: «¡No entienden nada!
», decía, así que le parecía que siempre salía perdiendo.
Además, consideraba que aquella gente no tenía nada que enseñarle.
Pero ahora el mundo comenzaba a hablar de él de verdad.
Recluido en Walden, concentrado sobre sí mismo y sobre su piano, el potencial artístico de Alonso se desataba .
Un dominio absoluto del instrumento, en combinación con un ingobernable deseo de llegar siempre al fondo de la obra, y una imaginación de niño, todo ello tamizado y dirigido por una mente independiente y del todo original que nunca daba nada por sentado.
Parecía capaz de hacer todo lo que se podía hacer frente a un piano y algunas cosas más todavía.
Pues allí donde otros encumbrados pianistas se mostraban invariablemente cautos, en aquellos pasajes en los que sus límites técnicos —y, por lo tanto, su prestigio— más se comprometían , ya fuese por su latente dificultad o por su riesgo acrobático, instándolos a frenar, Alonso aceleraba todavía más, lo que generaba una terrible inquietud entre todos los presentes, que comenzaban a revolverse, incómodos, sobre sus butacas.
No obstante, y de un modo casi milagroso, Alonso no solo salía siempre airoso de todos ellos, sino que transmitía la inequívoca impresión de que justo así era como debía interpretarse .
Tocaba minuto a minuto, nota a nota por así decir, decantando un fascinante Edén que parecía encontrar su razón de ser en el preciso momento de su creación .
En esos sublimes momentos, el públi co se sentía rebajado al nivel de furtivo voyeur que no tuviese más derecho que el de sentirse sencillamente agradecidos de estar allí.
La misma presencia de ese público era algo a todas luces secundario para el artista, o insignificante más bien, quien parecía tan absorbido por su instrumento como para reparar siquiera en su anodina presencia.
También en eso el contraste de Alonso respecto a otros pianistas de renombre era enorme, siempre atentos y complacientes con su público y prestos a conceder todas las propinas que fuesen necesarias, estableciendo así un asombroso paradigma propio: Alonso podía ignorar al respetable.
Pero ellos no podían ignorarle a él.
El resultado era que ese público agotaba las entradas de sus conciertos mucho antes de que estos se celebrasen.
De hecho, el mismo día que salían a la venta, largas colas en torno a los auditorios anunciaban sus próximos recitales con bastante precisión, algo insólito en el mundo de la música clásica.
Además, y a diferencia de lo que sucedía con otros famosos artistas, en sus conciertos apenas había reventa .
Nadie quería perderse al gran Alonso Urbizu.
Muy en parte , ese público se componía de un número creciente de pianistas que trataban de averiguar cómo hacía Alonso lo que hacía , y a muchos de ellos se los podía ver estirando el cuello desde sus butacas.
La prensa especializada, de hecho, se refería a él como «el pianista de los pianistas», ya que muchos de los milagros que realizaba frente a su piano solo resultaban apreciables para los pianistas profesionales.
Ninguno de ellos se marchaba defraudado a casa, sino todavía más intrigados.
Mientras que el gran público se sentía sencillamente apabullado y seguro de estar presenciando algo único, histórico.
Solo más tarde, aún exhaustos tras haberse enfrentado a una fuerza de la naturaleza , trataban de comprender la magnitud de lo que acababan de escuchar, pues, durante el concierto, se sentían siempre a merced del artista, inmersos en una suerte de sesión de hipnosis colectiva.
Esos sonidos imposibles permanecían en su ánimo hasta mucho más tarde, como si de un narcótico se tratase , un veneno cuyo antídoto se encontrase precisamente allí, bajo las manos de aquel hombre.
Y todos tenían la sensación de regresar de estrambóticos lugares en los que sus baremos hubiesen sido trastocados de algún modo.
Sin ellos saberlo, Alonso ponía a su alcance lo que tanto necesitaban. Les ofrecía la verdad…, pero no se la resolvía.
De eso ya se encargaban ellos solitos.
Ese mundo apenas entrevisto cobraba forma en el interior de cada uno de ellos, dando lugar, en cada caso, a un universo exclusivo, orgánico…
, único , un universo que, de algún modo, todos ellos ya habían intuido antes.
Y no había manera de penetrar en tan recóndito lugar que no fuese el artístico; no existía atajo para eso.
En cambio ahí estaba, como un imposible milagro .
La música, la más abstracta de todas las artes —sin imágenes, sin palabras—, tenía mayor influencia sobre sus vidas en ese momento que cualquier otra, excitando aquello de lo que rara vez tenían constancia en el mundo ordinario.
Su insospechado potencial.
Todos lo sentían, pero ninguno lo entendía, lo que excitaba todavía más su curiosidad.
Y todos estaban convencidos de que aquel hombre era precisamente quien les ofrecía su acceso.
Pero no era así. Alonso se limitaba a señalarles la puerta, como mucho los acompañaba hasta su entrada. Pero accedían ellos por su cuenta.
Accedían a sus conciencias.
¿Cómo había conseguido Alonso hacer todo eso?
Trabajando.
Sus días transcurrían idénticos unos a otros . Amanecía en Walden y anochecía en Walden. Entretanto, tocaba. N o había nada más.
Pero después de sus conciertos, cuando dejaba de sentir el tumultuoso hormigueo en los aledaños del auditorio y un silencio sordo y pesado descendía como un telón de acero sobre el escenario…
, Alonso encaraba de nuevo su piano y seguía tocando hasta altas horas de la madrugada: arreglando, corrigiendo, puliendo incansablemente.
De hecho tenía esti pulado por contrato poder hacer uso de las instalaciones hasta el día siguiente de sus recitales, y, más de una mañana, el personal de limpieza se llevaba una sorpresa al acceder al recinto y encontrarse con un hombre tocando en mangas de camisa, exhausto.
El propio Alonso estaba convencido de que su desme surado trabajo adquiría todo su sentido frente a su público .
Su ideal consistía en poder convertirse él mismo en un instrumento, un medio, y, si en algún momento sentía que lo lograba, le parecía que ya no eran sus manos las que tocaban, sino que algo tocaba a través de él, proyectándolo hacia fascinantes lugares de los que ni él mismo tenía conocimiento alguno.
En esos sublimes momentos se convertía en un espectador más mientras la música fluía, inédita y hermosa frente a su vista y la de los demás , como una fuente inagotable de luz y de belleza.
Su mayor aspiración siempre había consistido en tratar de ser digno de la música, y, en efecto, había encontrado el modo de lograrlo.
No estando.
Alonso había hecho de esa desaparición el fundamento mismo de su interpretación, sus cimientos y su ideal . Los medios técnicos ya no atañían tanto al público ni tampoco a él, y cuando no conservaba recuerdo alguno de su concierto podía estar seguro de haber tocado bastante bien .
Y Alonso Urbizu rara vez recordaba nada.
Pero tantas veces , mientras trabajaba sin descanso frente a un auditorio abarrotado o una habitación vacía, en Walden o en el Carnegie Hall de Nueva York, y sentía todo su ser en ebullición , como si se hubiese aproximado tanto a su ideal que pudiese comenzar a arder en cualquier momento, se admiraba tanto ante lo que acontecía que se deslumbraba a sí mismo , como si un foco descomunal lo apuntase directamente a la cara.
La grandeza que intuía tras ese deslumbramiento impulsaba su ambición artística hasta lo desmesurado.
Ignoraba hasta dónde podía llegar , y, al mismo tiempo, anhelaba saberlo. Un vigor desconocido, primitivo , lo impulsaba cada día. Su concentración tenía el diámetro y la intensidad de un rayo láser. Fuera de ese reducido haz de luz, nada existía.
¿Qué pretendía alcanzar?
Ni él mismo habría sabido decirlo, pero intuía su proximidad, y se estremecía.
Su aspiración carecía de expectativas y, por lo tanto , de meta de llegada, lo que la impulsaba todavía más .
Cuanto más bebía de ese salado mar, más sed padecía .
Todos creían que su carrera alcanzaba su cénit, pero solo él conocía la verdad: aquello no había hecho más que empezar.
Entonces sonó el teléfono.
Era Erika.