La casa del árbol Capítulo 11
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Capítulo 11

El teléfono sonó en el preciso momento en que Erika terminaba de prepararse para regresar al hospital y Dani apuraba sus últimas cucharadas de puré.

Tenía prisa, siempre tenía prisa cuando recogía a Dani, pero se había propuesto hacerlo al menos dos días por semana, aunque ello le supusiese tener que comer cualquier cosa de pie y llegar al trabajo de los nervios y con el tiempo justo para cambiarse.

El deseo de autonomía de Dani era cada día mayor, lo que hacía que se empeñase en comer él solito «como un mayor», demorándola todavía más.

Lo cierto es que no tenía necesidad alguna de andar así, al tener contratado en la guardería el servicio del comedor, pero era como si, desde que Alonso había vuelto a tocar, sintiese un permanente exceso de responsabilidad respecto a Dani, como si tratase de compensarle de algún modo…

dedicándole todo el tiempo que era posible, «por los dos», aunque incluso a ella misma aquel razonamiento le pareciese bastante absurdo.

«Absurdo e injusto», pensó .

Y, aun así, no conseguía sentirse enojada con Alonso, sino solo triste y un tanto desamparada, como si sobre su ánimo sobrevolase una permanente impresión de pérdida.

Por muy justificados que fuesen sus motivos…, lo único cierto es que Alonso se estaba perdiendo a Dani.

Y Dani se estaba perdiendo a su padre.

Al ver que se trataba de un número desconocido optó por no coger el teléfono, pero luego recordó que esperaba una llamada del hospital para confirmar la cita de las vacunas de Dani, así que, al tiempo que terminaba de ajustarse las botas y limpiar la boca a Dani, se las apañó como pudo para descolgar.

—¿Diga ?

—Hola, Eriuca. ¿Sabes quién soy?

El deje recogido y como fatigado de Carmona era inconfundible. Y la forma directa de hablar, casi grosera, también.

—Pues… no —respondió Erika, pero nada más terminar de decirlo ya sabía quién era.

—Pues que soy el Idelfonso, el tío de tu madre, la Micaela .

Se produjo un expectante silencio en el que Erika trató de visualizar el rostro de su interlocutor, sin conseguirlo.

Sabía perfectamente quién era Idelfonso, y, de hecho, le sorprendió no ser capaz de ponerle cara en ese momento, teniendo en cuenta que el pueblo en el que se había criado no superaba los doscientos habitantes.

Pero no era la primera vez que le pasaba.

Era como si su subconsciente hubiese decidido borrar por su cuenta todo lo referente a Carmona y su traumática infancia, con todos sus protagonistas incluidos, y las escasísimas ocasiones que había hecho algún esfuerzo por recordar algo más le habían provocado la abominable impresión de que le deslizasen un pañuelo lleno de inmundicias por el cuerpo .

En algún lugar remoto de sí misma Carmona seguía ocupando un sustrato tenebroso y sombrío, acechado por tormentosos nubarrones y habitado por seres peligrosos y furtivos. Incluso su mismo nombre le seguía produciendo escalofríos, una retorcida impresión de soledad, de frío

(«un laberinto, un laberinto de hielo»),

y la inquietante certeza de que podía suceder algo terrible en cualquier momento .

En todos aquellos años apenas había regresado a Carmona, salvo para ver a su madre alguna vez (bastante menos de lo que debía, se recriminaba a menudo) o realizar algún que otro trámite puntual.

Y, desde luego, no mantenía el menor con tacto con ninguno de sus antiguos vecinos, y aún menos con su padre, de quien, de hecho, nadie había vuelto a saber nada.

Solo le quedaba su madre… y la difusa certeza de querer dejar atrás una infancia que era mejor olvidar.

En cambio, al parecer, todo ello permanecía intacto en algún lugar profundo de su interior, una cueva recóndita y siniestra en la que nunca penetraba el aire fresco ni la luz del día, y en cuya gruesa compuerta un cartel medio caído rezaba: mejor no entrar .

Y ahora, de pronto, esa voz gutural, familiar y ajena al mismo tiempo, esa voz ignorada hacía solo un minuto, volvía a abrir de par en par esa puerta atrancada y llena de telarañas, infiltrándose con facilidad entre sus arraigados cimientos adultos para hacerla consciente de un intervalo de tiempo que parecía haberse dilatado en su ausencia de un modo inconcebible.

¿Era posible que llevase más de… quince años sin escuchar esa voz?

Y tanto que lo era. Y más todavía.

Pero había algo más…, algo aún más inquietante y que, de algún modo, apelaba a esa región intermedia entre la niña que fue y la niña que, al parecer , seguía siendo; como si, a pesar de la edad que figurase en su DNI , prevaleciese una suerte de jerarquía inamovible e ilógica, un orden paralelo que la ubicase una y otra vez en el lugar que realmente le correspondía, y donde desempeñaba el mismo papel de siempre.

Así, ese difuso proyecto llamado «Erika» al que había dedicado tanto tiempo y que , hasta hacía un momento le parecía más o menos fiable , se tambaleaba ahora volviendo a hacerla sentir exactamente eso, una niña, una niña insegura, vulnerable, que acababa de descubrir algo sorprendente: bastaba un guijarro para que el fantasma del tiempo se desvaneciese en tenues ondas.

O una llamada de teléfono .

Tras un rato de espera, Erika finalmente contestó, y, al percibir su propio tono de voz, inseguro, cándido, infantil , su estupor se incrementó todavía más.

—Idelfonso…, sí, claro que sé quién eres. ¿Sucede algo?

Pero su desconcierto duró poco , pues las palabras de Idelfonso barrieron de un plumazo todas aquellas novedades sobre sí misma.

—Pues sí que sucede, Eriuca . Que tu padre ha matadu a tu madre. Eso es lo que sucede.