Capítulo 10
Micaela seguía acudiendo todos los jueves, de ocho de la mañana a tres de la tarde, al mercadillo de Torrelavega, donde vendía , o intentaba vender, los productos que elaboraba el resto de la semana en su casona.
Desde la marcha de Basilio , Micaela había tenido que asumir el gasto únicamente con su huerto, sus cabras y sus gallinas, cosa que en realidad le había resultado fácil, teniendo en cuenta que su consumo de luz y de calefacción eran mínimos y que ella misma se nutría como un pajarito.
Su huerto la alimentaba , sus cabras y sus gallinas la vestían, y la excedencia de ambos le daba para cubrir sus pequeños gastos diarios y hasta para alterar su habitual menú de verduras con alguna trucha del Saja de vez en cuando .
Además, su hija le enviaba dinero con regularidad.
Erika había insistido muchas veces en que se fuese a pasar alguna temporada con ellos, pero Micaela siempre se negaba. Sus animales y su huerto la necesitaban, decía, y la mera idea de vivir en una ciudad moderna bastaba para hacerla sentir angustiada.
Pese a su frugal alimentación, Micaela contaba con una reserva de energías casi ilimitada. Mantenía sus dieciséis horas de trabajo al día y se desempeñaba al mismo tiempo como ama de casa, granjera, modista, maestra quesera y tendera competente .
Sus ratos de ocio los dedicaba a la fabricación de sus albarcas .
Las albarcas son el calzado cántabro tradicional de los ganaderos y los agricultores desde tiempos inmemoriales, muy útiles para aislar los pies del frío, la humedad y el barro, y habituales en todo el valle de Cabuérniga.
No por nada Carmona era conocida como «la flor de los albarqueros».
Pero son laboriosas, difíciles de fabricar y caras.
Su popularidad había decaído mucho en los últimos tiempos, y, de hecho, Micaela pocas veces lograba vender un par en el mercado de Torrelavega, pero, cuando lo hacía, el beneficio que le reportaba su venta equivalía a una semana de trabajo en la casona.
Para su fabricación solía hacer uso de los árboles de los alrededores, ya que las albarcas se elaboran íntegramente con madera.
Empleaba el abedul siempre que podía, pero tampoco le hacía ascos a la alisa, al avellano, al nogal, al arce o a la haya, y cuando salía por la puerta de la casona, armada con un hacha que era casi más grande que ella, seguía entonando el tradicional «¡voy por tajos!
», aunque ya no hubiese nadie que lo escuchase.
Como muchas personas que han vivido siempre acompañadas, Micaela tenía la costumbre de hablar sola habitualmente.
Ponía mucho cuidado en cortar la leña en cuarto menguante, cuando la savia del árbol iba hacia las raíces, lo que disminuía la humedad en la madera y la hacía mucho más resistente , y tenía una habilidad especial para dar al primer tajo una forma favorable.
Ya en la casona lo trabajaba con la azuela, lo vaciaba con un viejo barreno y, por último, lo pasaba a la legra, donde seguía trabajando con él sin descanso, lijando, desastillando, desbastando, hasta dejarlo a su gusto.
Le gustaba trabajar las albarcas «en verde», incluso cuando las decoraba.
Tras su barnizado final, las dejaba secar de pie y a la sombra du rante varias semanas, tal y como establecía la tradición más purista, e introducía en su interior algunos tacos de madera para que no se deformasen.
F inalmente añadía los tres tarugos del tacón, y las albarcas quedaban terminadas.
Como las fabricaba sin prisa y con cariño , sus albarcas eran muy apreciadas. Ella misma también las usaba , y tenía un par para diario y otro, mucho más nuevo y bonito, para los días festivos.
Ahí concluía la coquetería de Micaela.
Un ventoso jueves del mes de abril, más o menos al tiempo que Erika se cambiaba de ropa en el vestuario de su hospital tras una jornada agotadora y llena de imprevistos, Dani terminaba de colorear una de sus fichas en el colegio y Alonso se sumergía más y más en su piano al amparo de Walden, Micaela regresaba del mercadillo mucho antes de lo acostumbrado .
El motivo no era habitual: antes del mediodía ya había conseguido vender todos sus productos.
De haber estado la Tina , con quien había vuelto a establecer relación, se ha bría quedado haciéndole compañía hasta las tres de la tarde y habrían regresado juntas.
Pero ese día, cosa rara, la Tina no había acudido al mercadillo.
Comprendiendo que ya no tenía ningún sentido permanecer allí, Micaela recogió su tenderete en pocos minutos , compró allí mismo algunas pocas cosas de las que tenía necesidad —harina, pienso para los animales y algo de fruta — y se encaminó de regreso a casa.
Tomó el autobús hasta el barrio del Sotozoo, como hacía siempre, cruzó el pequeño puente del río Quivierda (o el Merdero, como lo llaman allí), que corría ese año casi seco por encima de sus guijarros, y comenzó el empinado ascenso hacia el barrio del Pirujo.
A medio camino se cruzó con la Grego ria, matriarca de la casona más grande y más antigua de Carmona y ama y señora de cada uno de los movimientos de los vecinos del pueblo, que volvía en ese momento de buscar unos cuantos palus de avellano del prao en ese momento.
Comentaron lo raro que parecía que la Tina no hubiese acudido aquel día al mercadillo, y la Gregoria , con su habitual conocimiento de causa —que se podía cifrar con bastante precisión en un veinte por ciento de verdadera información y un ochenta por ciento de pura fantasía—, la informó detalladamente de que «la Tina había tenido que irse a la capi a hacerse unos análisis porque llevaba ya unas semanas encontrándose no muy bien y cada vez más cansada y eso también era porque echaba en falta al Genaro por mucho que dijese que no y porque viviendo ella sola ya se le estaba cayendo la casona encima además de que el Genaro tampoco levantaba cabeza desde entonces y que no había derecho después de toda una vida dedicada a su casa… ».
La interminable diatriba de la Gregoria podía haberse prolongado durante horas y, en circunstancias normales, Micaela la habría escuchado con gusto, pero llevaba todo el camino pensando que aún no había ordeñado a las cabras y que debían estar a punto de reventar.
Así que se deshizo de la Gregoria como pudo y continuó su andadura apretando el paso hacia su casona.
Además se orinaba, lo que hacía su paso aún más rápido del acostumbrado.
Fue dejando atrás el pequeño parquecito infantil, el barrio del Piruho (en el más genuino dialecto de Carmona) y los balcones atestados de coloridos geranios, hasta que llegó al punto más alto de Carmona, desde donde, tras hacerse llano durante unos cuantos metros, junto al bosque de eucaliptos (los ocálitos), el camino descendía de nuevo.
Su casona se encontraba algo más retirada de las demás, en la zona que allí llamaban la Huente de la Sierra, a orillas del Pirujo, justo donde ya comenzaban los verdes prados del valle del Nansa.
Los pasitos cortos y desiguales de Micaela , reconocibles desde lejos por su característica cojera, porfiaban con los mugidos ocasionales de las vacas tudanca y los ruidosos pájaros carpinteros sobre los eucaliptos.
Pocos metros antes de llegar a su casona, se sorprendió al encontrarse en el sendero a la Cani, su perrita, que comenzó a menear la cola deslavazadamente y a retorcerse sobre sí misma nada más verla , como hacía siempre.
Micaela levantó la vista y se recriminó en silencio por haberse vuelto a dejar entreabierta la puerta del corral, aunq ue también podía ser que la propia Canita la hubiese abierto con el hocico.
Ya la había visto hacerlo otras veces, aprovechando que la puerta del cercado encajaba mal.
Tomó nota mental para arreglarla en cuanto pudiese y se encaminó de nuevo hacia la entrada principal.
Nada más entrar dejó las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina y se dirigió directamente al baño. La casa estaba helada a pesar del mes en el que se encontraban, y se le ocurrió que, en cuanto diese de comer a las gallinas y ordeñase a las cabras , quizá pondría un rato la estufa.
Entonces reparó en que también se había dejado la luz del dormitorio encendida y el armario abierto de par en par, y, ahora sí , se recriminó con mayor severidad. La luz estaba cara en Carmona.
«¿Estaré ya perdiendo facultades?», se preguntó.
Así que, antes de ir al baño, se dirigió al dormitorio a apagar las luces , siempre seguida por Canita.
Las cabras ya habían notado su presencia y las sentía protestar a sus espaldas, reclamándola. A pagó la luz del dormitorio y fue a cerrar las puertas del armario cuando, a medio camino, sintió que la puerta del dormitorio se cerraba suavemente a sus espaldas.
Por unos desconcertantes instantes Micaela se encontró completamente a oscuras, en mitad de la estancia. Hasta que una furibunda respiración, junto a la puerta de entrada al dormitorio, la hizo comprender que no estaba sola.
Una ráfaga de viento helado barrió todo su pensamiento, aunque, por el momento, no sucedió absolutamente nada.
El inesperado resuello tan solo estaba ahí, contrapunteando impaciente el tictac del reloj de la mesita de noche, al tiempo que las cabras seguían solicitándola con insistencia a un millón de kilómetros de distancia.
Hasta que el dueño de aquella respiración accionó de nuevo el interruptor de la luz, revelando aquello que Micaela más temía en el mundo.
El señor Basilio estaba allí.
Si Micaela no hubiese perdido el sentido del olfato en una de sus memorables palizas, quizá habría podido percibir el aroma dulzón de los Solano o el olor agrio de la cerveza que nunca lo abandonaba, como una nube que lo siguiera a todas partes.
Canita sí lo había olido, pero Canita no sabía hablar.
El señor Basilio llevaba una de sus albarcas de los domingos en la mano, con los tarugos hacia fuera. Al reparar en ello, el contenido de la vejiga de Micaela se derramó flojamente entre sus piernas, inundándola con una lejana sensación de calidez.
El pelo lacio, la mirada fija, la nariz amoratada…
El señor Basilio sonreía de oreja a oreja.