Capítulo 9 #3
Aquí, la mirada ajena perturba más que la propia.
La opinión privada no tiene tanto peso como la opinión pública .
El concepto conyugal es menos relevante que el juicio del vecino que más se desprecia.
Lo valioso, así, es sacrificado en aras de lo superficial, de lo mezquino.
Las conversaciones durante las comidas giran en torno a temas ajenos, y los temas propios se evitan deliberadamente.
Es más, si a uno se le ocurre sacar un tema personal en la mesa, los demás se sentirán confundidos, así que se toman todo tipo de medidas para preservar esa intimidad, por ejemplo, no hablar jamás de ello en familia.
Y nada provoca tanta inquietud como esa nube que siempre amenaza sobre una casa honrada: ser despreciado por aquellos a los que más se desprecia.
La consecuencia de todo ello es la hipocresía y el aislamiento que prevalece en los pueblos.
A Micaela le angustiaban mucho menos los golpes de su marido que la sola idea de que pudiesen hablar de ella.
Tam poco tuvo nunca el supuesto paliativo de recibir una discul pa por parte de Basilio, ni nada que se le pareciese .
Se lavaba con agua fría antes del amanecer, cumplía con sus cotidianas labores y, a las dos de la tarde en punto, tenía el plato de comida para su marido , hubiese pasado lo que hubiese pasado la noche anterior. Y pobre de ella si no lo tenía.
El control de Basilio sobre Micaela era absoluto.
No se ama mientras se menosprecia.
Basilio despreciaba profundamente a su mujer.
La despreciaba por su ignorancia, por su silencio y por su sosez .
Le parecía que cargaba con un muerto. Además, se consideraba estafado.
No había encontrado bajo sus faldas lo que había imaginado, y, como si se tratase de una vaca tudanca , estaba seguro de haber hecho una mala compra.
Para él , Micaela no era tanto una persona como un recipiente en el que vaciar sus instintos y sus desdenes.
El respeto , la estima, la consideración, todo aquello que no podía tomar con su mano le resultaba inexistente, y no tenía para él mayor valor que lo que escuchaba en misa las pocas veces que iba.
Y tenía otro motivo de peso para detestarla.
Antes de casarse, Basilio había contado con que Idelfonso cedería buena parte de su bien nutrido patrimonio como dote, teniendo en cuenta que Micaela llevaba trabajando gratis para él toda la vida.
Pero Idelfonso, persuadido de que la manutención de Micaela había compensado ampliamente sus años de trabajo , no solo no había dado cuenta alguna de ello, sino que su regalo a los recién casados había sido el más pobre de todos.
También en eso el señor Basilio se sentía engañado.
Para compensarlo la golpeaba, y estaba convencido de obrar con justicia.
Físicamente era terrible: enorme, pesado como una viga de hierro, colosal.
Un animal, un tarugo que una vez había reventado de una patada un testículo a su perro por alejarse demasiado jugando por el campo.
Un borrico injertado en un gorila. Cerrado en todos los sentidos posibles y quisquilloso al mismo tiempo, aquel bruto tenía visos de dama ofendida, y, una vez que el tosco polígrafo de su resentimiento registraba una actividad indeseable por parte de Micaela, era implacable.
Entonces no había espectáculo más penoso : ella, diminuta, de huesos frágiles como los de un pajarito; él, inmenso, descomunal… y cruel.
Por lo demás, carecía por completo de sentido del humor, gruñía en lugar de hablar y no hablaba si no era absolutamente necesario.
El hombre reserva para la mujer lo mejor y lo peor de sí mismo.
Es el resultado de la confianza conyugal, donde se relajan todas las cadenas y aflora lo que realmente habita en cada uno.
Pero bajo aquel grueso manto de respetabilidad de Basilio lo único que habitaba era lo abyecto.
Su naturaleza acomplejada había hecho de él una especie de oso amaestrado por sus instintos, peligrosa mezcla de la que solo podía salir el engendro.
El efecto del alcohol, amalgamado con la ferocidad que habitaba en su interior, hacían de Basilio un ser ingobernable y despiadado.
Cuando estaba sobrio no era más que apático, inerte.
Nunca, ni siquiera de novios, llevó a Micaela a bailar, al cine de Torrelavega ni nada que se le pareciese.
Se limitaba a plantarse delante de la televisión y apurar cerveza tras cerveza, viendo el deporte que fuera.
Rara vez reía, y en las es casas ocasiones en las que lo hacía era terrible, pues lo hacía breve y violentamente , frunciendo el entrecejo al mismo tiempo, con la nariz arrugada como la de una fiera.
Tenía dos rostros bien diferenciados : el público y el privado.
No había hombre más solidario en Carmona , vecino más atento ni ganadero más honrado.
No conocía el regateo. «Mi trabajo tiene un precio, yo no », solía decir; tampoco la envidia o el rencor, y no miraba nunca hacia otro lado cuando un vecino lo necesitaba, como hacían muchos otros.
Era recto y tolerante al mismo tiempo, y sabía tratar a Micaela en público.
Ni una sola vez le levantó la voz delante de nadie , y aún menos la mano.
Dejaba su desenfreno para la intimidad, como si todo ese pesado traje de probidad se aflojase y cayese al suelo de puertas para adentro, poniendo al descubierto su verdadera naturaleza. Y solo Micaela era testigo de ello.
En el pueblo todos le tenían por un buen hombre.
Con el tiempo sus palizas fueron siendo cada vez peores, hasta que, temiendo quedar inválida en una de ellas y dejar a su hija sola con su padre , Micaela al fin se decidió a denunciar.
Desde entonces, no había vuelto a saber nada de él.