Capítulo 9 #2
La costumbre es algo vertiginoso, aplastante.
Justifica todo s los ánimos, normaliza todas las barbaridades.
Lo disparatado puede hacerse cotidiano; lo intolerable, rutina.
Su repetición, que el bruto convierte en hábito, es capaz de transformar esa tenebrosa montaña en una sombría llanura por la que resulta cada vez más fácil deambular .
El undécimo bofetón es el más desolador, pero es menos doloroso que el primero, y desvela menos.
La naturaleza humana es capaz de reponerse a casi todo, siempre que permanezca en movimiento.
Así, las personas más voluntariosas son también las primeras en levantar la cabeza que acaba de ser pisada .
Entonces se opta por el camino que parece más tolerable, el de la resignación, y la enfermedad se agrava.
Esa degeneración voluntaria, esa abominable inercia desemboca en insensibilidad, y es el sustrato más bajo al que puede llegar el ser humano .
Dejarse llevar, hacer como los demás; no hay nada más natural ni más peligroso. La historia rebosa de ejemplos sobre ello, y muchos se preguntan, con la subjetividad del tiempo , cómo tantas personas consintieron las atrocidades perpetradas por solo unos pocos.
La respuesta es unánime: porque lo hacían todos.
La primera paliza parece el fin del mundo, y así es como debería ser, pero, para sorpresa de quien la recibe , al día siguiente vuelve a amanecer, y las labores lo aguardan.
Entonces comparece el personaje más elocuente de todos, el de la razón, amparado por un recuerdo que al día siguiente resulta difuso, y el resto acontece solo: se barema lo aberrante, se sopesa lo inconcebible, se encaja la pieza del modo que sea y se continúa adelante.
Además, la conciencia también desea tomar ese atajo y tiene sus propios medios para hacer llegar su mezquina pregunta:
«¿De verdad vas a echar todo a perder por algo que tiene la magnitud de un instante?».
Cuando hay hijos de por medio , esa pregunta se formula en un tono mucho más escandalizado .
La introspección tampoco favorece la determinación.
Esa infernal noche de duermevela también es un digestivo ideal.
La voluntad pierde fuerza con la meditación, se descompone, se desin tegra.
A cambio, lo cotidiano ofrece el abrigo del refugio y da menos vértigo que lo desconocido, por espantoso que sea.
Además, a la luz del día todo resulta diferente, como si la noche incluyese algún tipo de matiz enajenado que desapareciese durante el día: se busca la falta propia y se encuentra, se sopesa el conjunto en una siniestra balanza y se conviene el precio, lo cual, sumado a las disculpas del día siguiente, ter mina por cerrar el negocio.
Pero, sobre todo , se valora no ser la única a la que le ha sucedido, y esa idea consuela mucho.
La conciencia de quien sufre y se humilla siempre es insegura; no resiste el consenso mayoritario.
Todo esto supone una actitud consolidada en los pueblos, donde muchas mujeres acostumbran a barrer y meter bajo su alfombra todo tipo de barbaridades, y a menudo sucede que tras un océano de atrocidades no habita mucho más que un «a Fulanita también le ha pasado».
Micaela conocía a muchas del pueblo que corrían la misma suerte , y Basilio también, y ese conocimiento tenía mucho peso para ambos. Esos dos extremos se reúnen con frecuencia: lo indeciso y lo inflexible.
Su conjunción, a menudo, da lugar a lo execrable.
Un día, según salía por la puerta de la tasca, Basilio oyó a un vecino decir a sus espaldas en tono de broma, sin mala intención: «Ahí va uno que tiene hora de llegada», y, al llegar a casa, según salía Micaela a recibirle con el delantal todavía puesto, le dio tal paliza que estuvo a punto de hacerla perder un ojo.
Había otro aspecto en el que se compenetraban a la perfección: ambos aborrecían ser señalados, así que cada cual se dedicaba a interpretar su papel.
Que la mujer del César sea honrada aquí es algo totalmente irrelevante —pues, de hecho, rara vez no lo es—.
Lo único que importa en los pueblos es parecerlo.
El modo de tratarse en público, la forma de pasear los domingos , si se va a misa o no, si se tiene algún trabajador a cargo…
, todo eso y mucho más se encuentra bajo inspección permanente, lo que da lugar a una suerte de intimidad pública que, al cabo de unos años , puede llegar a ser agotadora.
Igualmente se carga con ello , pues el instinto de acecho del pueblo es incansable, y su juicio es temido por todos.
Muchos comparan esa histérica convivencia con una «gran familia», lo que no deja de tener mucho de verdad.
Pero una familia que se detesta .