Capítulo 9
Micaela Ceballos no había tenido tanta suerte en la vida.
Diminuta, mínima más bien , seca, más dura que la madera con la que fabricaba sus albarcas, más resistente que dura, la madre de Erika representaba uno de los últimos eslabones de una estirpe de mujeres históricamente maltratadas tanto por la naturaleza de sus trabajos como por la violencia de sus maridos.
Se había casado con Basilio Velasco en la minúscula ermita de San Antonio Abad, hacía ya casi treinta años, con el mismo vestido que llevara su madre otros treinta años atrás, y tres o cuatro conocidos como únicos testigos.
Ni convite ni cele bración ni nada que se le pareciese.
Una boda pobre y sin gracia, de trámite, en la que fuese entregada por su tío Idelfonso, su único familiar, quien la había criado desde niña ante la ausencia de sus padres, ambos fallecidos en un accidente de coche.
Ya por entonces Basilio tenía cierta fama en el pueblo de ser ganadero honrado y hombre serio, y tener cierta fama en un pueblo es lo mismo que serlo.
Micaela podía contar con los dedos de la mano las veces que había visto sonreír a su futuro marido, y, con la idealización propia de la edad, había tomado erróneamente aquella seriedad por timidez.
Así que se le ocurrió darle una sorpresa su noche de bodas.
Echó mano a los pocos ahorrillos que tenía —Micaela nunca había cobrado nada por trabajar en la casona de su tío Idelfonso, salvo alguna que otra propineja de vez en cuando— y se atrevió a comprarse un conjunto de noche, un pequeño picardías de encaje color berenjena que, además de bonito, le parecía que daba algo de gracia a su escasez de caderas y total ausencia de pecho.
Temerosa de que algún vecino pudiese reconocerla, tuvo que alejarse cuatro pueblos en autobús para poder comprarlo y lo llevó bajo el vestido de boda durante todo el día soportando estoicamente el picor que le producía, pero animada por la secreta alegría de hacer feliz a su marido.
Cuando el recién constituido matrimonio despidió a los cuatro invitados y entró por primera vez a la alcoba de la casona de Basilio, fría como un molusco, Micaela le pidió con un hilo de voz que aguardase en la cama para ir a cambiarse.
Aquello hizo visiblemente poca gracia a Basilio , ya de por sí poco aficionado a las sorpresas, pero se limitó a sentarse sobre el taburete de mimbre del dormitorio y aguardar.
Micaela tardó en regresar. Estaba tan nerviosa que no acer taba con la cremallera del amarillento vestido de novia, y, cuan do por fin consiguió desprenderse de él, volvió tan envarada que parecía que se le hubiese olvidado caminar .
Se plantó ante Basilio como pudo y, por el momento , no fue capaz de hacer nada más, mientras su marido la miró largamente de arriba abajo.
Micaela ya tenía alguna idea de la falta de tacto de los hombres del pueblo, pero, aun así, las palabras de Basilio la tomaron totalmente por sorpresa:
—Pues para esto ya tengu yo el prostíbulo de San Pedro.
Micaela sintió que se le subía toda la sangre a la cabeza con tanta violencia que , por un momento, temió desmayarse. La escasa dignidad que le quedaba se escurrió por un sumidero invisible, y lo único que acertó a responder fue:
—¡Ah!
Basilio farfulló algo más , algo incomprensible, volvió a vestirse y se marchó de casa sin dar más explicaciones, regresando cinco horas más tarde con tal borrachera que Micaela tuvo que guiarle para que pudiese llegar al dormitorio.
El señor Basilio, como ya comenzaban a llamarle en Carmona, se limitó a dirigirle una sonrisa estúpida mientras Micaela lo ayudaba a desvestirse, justo antes de caer redondo sobre la cama, de donde ya no se movió hasta la mañana siguiente.
Esa fue su noche de bodas .
Aquello tampoco perturbó en exceso a Micaela.
Los hombres del pueblo frecuentaban la tasca, eso era así, comenzando por su propio padre, quien, de hecho, y hasta el día de su muerte, había sido el más popular de casa Beltrán .
Como también frecuentaban, qué duda había, otros lugares mucho menos decorosos mientras la mujer honesta permanecía en casa.
Ya lo decía la sabiduría popular: «La mujer casada, la pierna quebrada y en casa».
O también: «A la mal casada, dela Dios placer, que la bien casada no lo ha menester».
Y hasta la famosa trova popular de Carmona hacía referencia al lugar de expansión de los hombres:
Ya entra el pastor en el pueblo,
al ganadu da un silbatu,
las vacas bajan muy gordas,
y muy lucidos los jatos.
Y se meten en la tasca,
a beber unos vasos,
el perru con sus carranclas,
se sienta al pie de su amo.
Máximas como estas siempre están vigentes en los pueblos, y todo el mundo les otorga gran importancia.
Su vida continuó más o menos como siempre, solo que en lugar de su tío ahora debía cuidar de su marido .
El tra bajo en una casona es duro, y deja poco o ningún espacio a los pensamientos inquietantes: sembrar, arar, ordeñar , separar la paja del grano, preparar la comida, mantener limpia la casona, planchar, zurcir, comprar, regatear, elaborar quesos, fabricar albarcas …
Micaela desayunaba cada mañana mojando pan duro en la leche sin hervir de sus propias cabras, y no había cogido un catarro en cuarenta años.
Después se pasaba las dieciséis horas siguientes trabajando (en invierno llegaban a ser veinte) sin quejarse nunca de nada, entre otras cosas porque no tenía a quién quejarse.
En realidad se consideraba afortunada de tener un marido casi tan trabajador como ella, en aquel pueblo en el que abundaban los borrachines y los holgazanes, tal y como le había advertido siempre su madre.
Su día de mayor expansión era los jueves, jornada de mercado en Torrelavega, donde se encontraba con la Tina, vecina del pueblo de San Pedro, el más cercano a Carmona, y veci na también de tenderete, con la que se pasaba el día hablando sin parar desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tar de.
La Tina era tristemente famosa en la comarca por ser una de las pocas mujeres que se había atrevido a separarse de su marido, y no había nadie en Carmona que no la hubiese mirado alguna vez con condescendencia, incluida Micaela.
En cambio, la propia Tina solía contar maravillas:
—Si lo llego a saber, me quito a ese inútil mucho antes de encima, Mica. No te haces a la idea, solo acordarme de lo que he aguantado a esa bestia, que olía igual que un buey… Etcétera, etcétera.
A Micaela las palabras de la Tina la escandalizaban y la distraían a partes iguales, y hasta la hacían sentir un poco aventurera por el simple hecho de escucharlas.
Aparte de eso, era su única amiga.
Pero cuando Basilio se enteró de la compañía que frecuentaba su mujer decidió que ya había llegado la hora de establecer ciertas pautas de comportamiento conyugales.
Aquello no era raro allí en Carmona ni en el resto de los pueblos de la comarca, y se llamaba «ocuparse de las cosas de casa», o también «poner a la mujer en su sitio », tarea imprescindible para cualquier hombre, y similar a la de reconducir a los críos o a los animales.
Incluso en la taberna, ese purgatorio de todos los pueblos, salía de vez en cuando el tema con naturalidad, y nadie alzaba una ceja ante comentarios del tipo: «Pues no llego ayer reventau del campo y me encuentro la cena fría.
Me tocó poner a la Berta en su sitio». En realidad todos ellos estaban convencidos de venerar a su mujer, y , salvo esos momentos puntuales —que, a su vez, eran aceptados por ellas como algo inevitable, desagradable pero necesario, como tantas otras obligaciones domésticas—, la mayoría de los matrimonios de Carmona se consideraban bien avenidos.
Lo malo fue que Basilio se enteró en la taberna y de boca de uno de sus más ilustres parroquianos, el Zacarías, un borrachín del todo echado a perder, que disfrutaba ya de una parca jubilación y que, literalmente, vivía en casa Beltrán, lo que empeoró todavía más las cosas.
—Yo que tú me andaría con ojo, que dicen que la Micaela y la Tina son íntimas.
Quince minutos más tarde Micaela era sacada a puntapiés de un sueño derrengado, recibiendo a continuación tantos golpes que ya no pudo salir de casa hasta tres días después .
Ahí concluyó su amistad con la Tina.
Hasta ese momento las palizas de su marido se habían li mitado a ocasiones muy puntuales, lo que no mitigaba su temor, pero al menos lo explicaba: un gasto de dinero excesivo, unas albarcas deformadas y, por lo tanto, invendibles, un comentario inadecuado en público…
Pero después de aquella memorable noche —que le dejaría para siempre su característica cojera—, y, tal y como suele suceder, se abrió la veda.
A Basilio se le soltó la mano cada vez más, y no solo en las ocasiones puntuales.
Esa terrible frontera, una vez traspasada, tiene un principio, pero no un final. Lo atroz no acostumbra a regresar a su redil. Para ciertas naturalezas, ser irrefrenable es ser libre.
Basilio era una de esas naturalezas.
Por si fuera poco, con esa tendencia de la simpleza a degenerar en obsesión, en la mente de Basilio se había introducido la idea de que la Tina y su mujer se burlaban de él a sus espaldas.
Y aquella idea se repetía una y otra vez en su men te, especialmente cuando bebía, es decir, con frecuencia.
Sus palizas se hicieron cada vez más frecuentes y sus motivos más nimios, hasta desembocar en ese pantano lúgubre y carente de fondo: sin motivo alguno.