Capítulo 8
Con la consolidación de su particular Leteo , Alonso se sumergió en su piano con la ansiedad de un condenado a muerte al que hubiesen indultado inesperadamente.
Todos los días realizaba el trayecto de Bilbao hasta Walden en menos de una hora, nervioso, ansioso por llegar, y antes de las ocho de la mañana ya estaba allí.
Se tomaba el café en la terraza de la cabaña, siempre impresionado ante la belleza y la quietud del lugar, y se pasaba tocando las siguientes seis horas sin interrupción.
La acústica de Walden resultaba un tanto opaca, así que pronto se decidió a quitarle la tapa a su Steinway con el fin de obtener un sonido más limpio y directo.
La sensación se hizo envolvente de inmediato, mágica, como si se encontrase en el interior del tarro de las esencias.
A media mañana paraba unos minutos, tomaba un puñado de cereales o cualquier otra cosa como un autómata, mirando a través de las cristaleras de la cabaña sin ver nada , y enseguida retomaba su estudio, con una intensidad redoblada.
Sentía un vigor casi ingobernable, una percepción afilada como un bisturí y la cabeza llena de rayos.
Sobre las dos o las tres de la tarde volvía a parar para comer algo, lo que fuera, y después se obligaba a dar un paseo por el bosque de una hora, repasando una y otra vez en su cabeza todo aquello que, a su juicio, no terminaba de funcionar.
Sobre las cuatro de la tarde ya estaba otra vez frente a su piano , sediento como un náufrago, y ya no paraba de tocar hasta que caía la tarde.
No prestaba atención alguna a cuanto le rodeaba y todavía menos a los incontables asuntos que dejaba pendientes allí en Bilbao, y que cada día iban en aumento.
Tocaba, y nada más. Se vaciaba día tras día persiguiendo sombras, en una búsque da incansable e imposible por reproducir la interpretación perfecta, esa que siempre había tenido clara en su cabeza — a hora se daba cuenta—, pero no en sus dedos.
Entre otras cosas sentía una enorme curiosidad por saber hasta dónde podía llegar.
Nunca, ni siquiera cuando vivía solo , había trabajado con esa intensidad, con esa concentración hermética y perfecta.
En Walden no solo no había nada que pu diese distraerlo, sino que aquel sordo murmullo del bosque se le antojaba la caja de resonancia ideal, el lugar donde cada nota parecía reposar como la joya en su estuche de terciopelo.
Solicitó una excedencia en el conservatorio y descubrió que ya nada podía detenerlo.
Le sorprendió constatar el poco nivel que había perdido du rante esos abominables meses de travesía por el desierto.
Sus dedos quizá estaban algo más lentos, más torpes…
, pero los recuperó enseguida mediante su tiránica práctica.
Psicológicamente , en cambio, se sentía más fuerte que nunca, y le parecía que, en realidad, todo había sido oportuno, necesario.
Había tenido que verse privado de su piano para comprender su verdadera necesidad, y, ahora que, por fin, podía dedicarse de lleno a él, su concentración sin fisuras le permitía involucrarse de lleno en su interpretación, alcanzando por fin ese «algo más» que nunca había encontrado: su magnanimidad artística, la rutilante libertad de aquel a quien ya no ata convención alguna .
Tocaba, tocaba y, de cuando en cuando, vislumbraba su grandeza futura.
Sus logros pasados no eran nada comparados con lo que estaba por venir.
Alonso descubría un estadio aún más elevado que el de alcanzar sus más ambiciosas metas: saber que las alcanzaría.
Sentía con nitidez esas certezas que experimentan unos pocos elegidos, como rayos en una tormenta, y se estremecía.
Tenía un plan y se limitaba a cumplir con él: renunciar a todo y regresar a los escenarios.
Y nada podría detenerlo.
Alonso Urbizu se sentía invadido por una felicidad desconocida.
Lejos de la civilización, sumergido en su monomanía , Alonso daba rienda suelta a su infinito potencial.
Sentía que bullía y levitaba a cada minuto, se disolvía y finalmente se derramaba con la indescriptible impresión de vencerse a sí mismo, dirigido por ese narcótico capaz de convertir al más lúcido de los hombres en un sonámbulo, y al sonámbulo en un fluido.
El arte.
Era perfectamente consciente de estar haciendo algo extraordinario.
Pronto también lo sería el mundo.
Sobre las diez de la noche un hombre del todo derrengado regresaba a casa. Dani y Erika siempre dormían cuando él llegaba.
Y, al día siguiente, el proceso se repetía de forma idéntica. Día tras día, semana tras semana.
Pronto comenzó a contemplar aquellos desplazamientos como una inmensa pérdida de tiempo, así que se decidió a pernoctar también en Walden .
A pesar de su ensoñación, Alonso era vagamente consciente de estar abandonando a su familia, pero entendía que se trataba del consabido peaje que debía pagar . Ya les compensaría pasando más tiempo con ellos, los fines de semana por ejemplo.
Entonces comenzaron los conciertos, y Alonso empezó a ausentarse también los fines de semana.
Pero un inesperado suceso vino a interrumpir su perfecta felicidad de aquellos días.